Lo gótico en el «Cementerio prohibido», de Francois Villanueva Paravicino

Por: Cristhian Briceño Ángeles*

Texto de presentación del libro el pasado jueves 31 de octubre en la Casa de la Literatura Peruana (CasLit).

A primera vista, tras haber revisado la portada, la tipografía y los títulos que componen este volumen (Editorial Apogeo, 2019), podría considerarse que el nuevo de libro de Francois Villanueva Paravicino encaja en aquello que se considera literatura de terror. Una lectura atenta, sin embargo, nos revela que la intención del autor no ha sido originar miedo en el lector o, en el peor de los casos, despertar la sospecha de que estos relatos han sido concebidos con esa finalidad.

Pienso, por ejemplo, en El verdugo, primer cuento del conjunto. El narrador, a la vez personaje, huye mientras ensaya una crónica de los eventos inmediatos, de lo que acontece en tiempo real, tratando de evitar a una horda de demonios que lo persiguen para hacerlo pagar por sus faltas. De cierta forma, hallamos aquí ciertos puntos de convergencia con algunos relatos de Edgar Allan Poe, como en Un descenso al maelstrom, pero con la diferencia que, mientras la narración del Allan Poe confluye en el raciocinio, es decir, en aproximarse a una explicación lógica del infortunio o la maldad, haciendo que el narrador se detenga en lo inverosímil y lo estudie y verifique la posibilidad de un argumento que haga sentido con lo imposible, Francois Villanueva Paravicino elige formular un recuento que no busca nuestra aprobación, sino únicamente nuestra contemplación.

Con esto no quiero decir que el autor elija un camino fácil o que falle en la ejecución de sus relatos, sino que su camino es otro, su sensibilidad es diferente. Una cosa es enfrentarnos a un cuento como Los crímenes de la calle Morge y otra, muy distinta, es abordar un relato como La lotería de Shirley Jackson. En el primero, el autor no nos concede tregua en cuanto a sus pistas y observaciones milimétricas del crimen que se ha cometido, y, no contento con esto, él mismo formula las hipótesis y, finalmente, resuelve el caso con la maestría de Holmes o de monsieur Lecoq; por el contrario, Jackson nos sugiere un poblado y un culto y, también nos insinúa, además de la violencia del desenlace, el miedo y la turbación.

Más que del género del terror, la narrativa de Jackson asimila la influencia de la novela gótica de finales del siglo XVIII. La principal diferencia que podría señalar entre el terror y lo gótico es que lo gótico, más que propiciar una emoción en el lector a partir de lo que sucede con los personajes, busca recrear ambientes de deliberado claroscuro, una suerte de escenario que perturba y enrarece a los personajes inmersos en la ficción y, por extensión, estas sensaciones son transmitidas al lector.

En las descripciones que realiza Francois Villanueva Paravicino en sus relatos existe esta necesidad por ubicarnos en ambientes sofocantes, por momentos de un minimalismo malsano y, por otros, de una exuberancia que nos acosa. En Las heladas se puede apreciar este recurso, ya que, si bien nos sitúa en el inhóspito territorio de la puna, las descripciones son tan detalladas que nos sentimos atacados por la prosa del autor, por momentos despiadada en su detalle, y si a esto le agregamos la ausencia de personajes, nos sentiremos dentro de la escena, apremiados por huir. Una sensación que se parece a la que nos genera leer El castillo de Otranto de Walpole (quizá la novela que inaugura el género gótico), ya que el autor nos hace ir y venir tantas veces por galerías oscuras o ingresar en celdas donde la humedad escapa a su mención y nos hostiga, que, por un momento, la trama se anula y disfrutamos/sufrimos el diseño de la atmósfera.

Sin embargo, lo gótico en este libro de Francois Villanueva Paravicino, además de funcionar como utilería, o mero escenario de los hechos, se revierte hacia los personajes, a partir del discurso que cada uno ejerce y ofrece, por lo que lo gótico se convierte también en la decoración de la psiquis de cada uno de ellos; así, en cada soliloquio de los personajes es fácilmente reconocible ese camino de tenue iluminación, lleno de pasadizos estrechos por donde, más que ideas, transita la turbación de cada uno de ellos. No estamos, entonces, ante ese raciocinio luminoso de los relatos de Poe, sino más bien en la oscuridad de lo desconocido, en las tinieblas de la incertidumbre que, a su manera, incide en las reacciones de cada uno de los personajes de los cuentos de Francois Villanueva Paravicino.

Hay matices de estos rasgos, como en Las heladas, que ya he comentado, y también en La familia de un conocido, donde lo absurdo de la situación nos genera un extrañamiento genuino que se ve reforzado, una vez más, por la descripción de la escenografía narrativa que nos propone el autor; si a esto le agregamos ese temor a la inmortalidad (que ya ha sido explorado por otros autores como Swift o Borges), tendremos una muestra precisa de lo que persigue este libro en cuanto a sus propuestas estéticas.

Algo parecido, aunque con otros resultados, encontramos en el relato central y que da título al libro. En él asistimos a un retorno al lugar de origen, el cual encierra una serie de conflictos aún no resueltos, latentes, y con los cuales el narrador se ve enfrentado, algo bastante usual y que se ha explorado innumerables veces en la literatura (no quiero citar algo obvio como Pedro Páramo; prefiero mencionar La luna y las hogueras de Pavese). Nuevamente vemos el desconcierto del narrador, como en La lotería de Shirley Jackson, ese desfase con respecto a las formas originales, esa apariencia con que la realidad, dentro de la ficción, embiste a quien presencia los hechos. Aquí lo indescifrable o, mejor dicho, aquello para lo que no se encuentra una explicación oportuna y puntual, es también otra de las formas con que el legado de lo gótico decreta su presencia.

Recordemos las intrigas en El italiano de Ann Radcliffe o en La dama de blanco de Collins para hacernos una idea de cómo es que Francois Villanueva Paravicino establece los tiempos dentro de su relato, aunque su manera de presentar los hechos escape del sensacionalismo del dato escondido y se enfoque más en transmitir, con sensatez, sensibilidades y reacciones. Lo que podría ser una burda narración de muertos que acosan la cotidianeidad de los vivos se convierte, gracias a la pericia del autor, en una ocasión para develar cómo es que la personalidad de sus personajes hace frente a situaciones extravagantes; creo que el valor de estos relatos radica precisamente en ello, en cómo el lector puede asistir, desde la distancia benevolente de la ficción, a eventos excepcionales y que contradicen todo aquello que asumimos con nuestra normalidad. Con todo esto, y a pesar de la primera impresión que despierten estos relatos, Francois Villanueva Paravicino ha construido un conjunto que escapa de la convención del terror llano y se acercan, felizmente, a la estética privada del autor.

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*Cristhian Briceño Ángeles: Ha publicado el poemario Breve historia de la lírica inglesa y el conjunto de prosas La trama invisible. Ha sido antologizado en El fin de algo. Antología del nuevo cuento peruano 2001-2015.  En 2012 obtuvo el primer lugar de la XXV edición de El Cuento de las 1000 Palabras, organizado por el semanario Caretas, con el relato «Fiebre». Asimismo, en 2013 ganó el premio Copé de Plata de la XVI Bienal de Poesía con La comedia inmóvil (Petroperú Ediciones Copé, 2014). Sus textos han aparecido en revistas peruanas y extranjeras como Buensalvaje, El Hablador, Lucerna, Poesía (Venezuela) y Luvina (México). En 2018 fue incluido en la antología País imaginario. Poesía Latinoamericana 1980-1992 y, también, se reditó su primer libro de cuentos, La literatura en Alaska.

Portada de Cementerio prohibido de Francois Villanueva.

La fecundidad del canto en Semillas cósmicas de Julio Barco, por Francois Villanueva*

Por: Francois Villanueva Paravicino*

El poeta prolífico y desbordante, irreverente y cuestionador, Julio Barco, en su paso por Huamanga y Huanta, me obsequió un ejemplar de Semillas cósmicas (Mención Honrosa del XI Concurso Poeta Joven del Perú del 2020), una obra donde, creo yo, se define y moldea mejor su Ars Poética, tal vez con mayor originalidad y voz lírica propia que en sus entregas anteriores.

Si en aquellas obras se expresaba y rendía tributo con la mímesis o imitación de sus modelos poéticos (dígase Hora Zero, Kloaka, Neón, etcétera), explorando la ciudad urbana a través de una voz psicosomática o esquizoide, sus bordes y descentramientos, sus periferias y sus formas urbanísticas, en Semillas cósmicas encontramos un canto propio, sincero y honesto con sus ideales y su forma de entender la poesía.

“El poemario de Julio Barco podría considerarse como una obra que, tomando como motivo lo absurdo del hombre en su pluralidad, hurga en la inaprensible naturaleza del lenguaje”, afirmó el Jurado Calificador del certamen. Y es cierto. Tal vez en esta obrita se entienda que la principal preocupación de la poesía de Barco es el lenguaje: sus excesos-desbordamientos, su parquedad y sus límites, su potencia y su fuerza, su fuerza de procreación y su instinto destructor. He allí sus méritos.

Julio Barco, autor del poemario Semillas cósmicas.

“Todo lenguaje es simiente / Toda simiente es poesía / El poeta es madre de la luz”, afirman los versos finales del primer poema del libro. Y, como una advertencia o unas palabras liminares, el hablante lírico de los poemas desarrollará en su canto la idea central de que las palabras, el verbo y el lenguaje son fecundos, son vida, son la razón principal de la existencia humana.  

“Yo no soy el bosque. Yo soy apenas un hombre lleno de hombres. Un cuerpo lleno de señales y sentidos.  Abierto un instante a la vida: con cerebro y profundidad de ideas”, rezan los versos en prosa de la composición “Volcán de Agosto (balada de las semillas)”, donde metaforiza al ser humano como un ser “lleno de señales y sentidos”; es decir, como un cuerpo construido de lenguaje, de verbo y de significación.

“Y tu fuego será una semilla en una hoja. / Y la semilla multiplicará su sentido. / Resplandor, epígrafes, nubes: / me alejo por siempre de las bibliotecas”, se destacan en el poema “Me inquietan los caminos que toma la gloria”, donde de forma versista se conjuga la metáfora de la fecundidad de la cultura letrada, libresca y bibliográfica. Es decir, de la fertilidad de la hoja escrita, que, como enseñan los maestros, imita o supera a la vida.

“El alma viaja en la simiente, el ser en el lenguaje, y este lenguaje es pulido material del sueño”, se escribe en el poema “(El sueño y las semillas)”, que, como una fenomenología del espíritu, relaciona al lenguaje como la casa del espíritu y del ser. “La poesía es una semilla que repercute en el cuerpo (…): fecunda tu idioma y canta”, también afirma el hablante lírico del poema “(El destino de la semilla)”.

Por ello, el poeta Julio Barco destacó, en la ceremonia de la premiación, la idea que inspiró este poemario: “El arte de la poesía, en su belleza, surge de la necesidad de un rito antiguo: la fecundidad y el canto, la necesidad de manifestarnos, el hambre voraz de aclarar, entre las dudas, la interrogante sin medida que somos, la fiesta de nuestros nombres en la noche de origen”.

En ese sentido, la óptica que aprendemos de este nuevo libro de Julio Barco (autor de más de 10 libros pese a su joven edad) es que la poesía nos ayuda, cuando la escribimos, a conocer más un tema que nos inquieta o, como contraparte, nos sugiere más interrogantes, más dudas o problematiza de forma compleja algo que creíamos saber, pero cuya verdad tiene muchas más aristas y salidas de lo que se creía. Por ello, la poesía siempre es una forma de conocimiento, de nosotros mismos y de los otros.

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*Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en diversas antologías, páginas virtuales, revistas, diarios, plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). También, ha sido reconocido en otros certámenes literarios. 

Francois Villanueva, autor de la presente reseña literaria

ODA A LA GRATITUD POR EL AMOR Y LA VIDA: 55 ASOMBROS DE SOL, DE LAUREANO ALBÁN

Por Marta Rojas Porras

El libro 55 asombros de sol, de Laureano Albán, es publicado por Casa de Poesía en convenio con la Editorial de la Universidad de Costa Rica, debido a que fue el poeta costarricense a quien se le dedicó la edición n°18 del Festival Internacional de Poesía Costa Rica.

Laureano Albán es autor de numerosos libros, con una carrera poética nacional e internacional destacada y premiado tanto dentro como fuera del país. Muchos de sus libros se han hecho acreedores en Europa, América y Costa Rica de los más importantes galardones internacionales: El Adonáis, en España; el Premio de Cultura Hispana, Madrid; el Premio Hispanoamericano de Literatura Juan Ramón Jiménez, Huelva; el Premio Anual de Columbia University Transnation Center, Nueva York; el Premio Internacional de Poesía Religiosa, Burgos; el Premio Único de la VII Bienal de Poesía Walt Whitman; el Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo, Madrid; el Premio Nacional de Literatura Aquileo Echeverría en Poesía, Costa Rica, y el Premio Nacional de Cultura Magón. Su poesía, además, se ha traducida al francés, inglés, hebreo, italiano y alemán.

Por parte de la crítica nacional e internacional, sus obras han sido abarcadas por grandes estudiosos como Edmon Cros, Luis Rosales, Florencio Martínez, Leonardo Semkman, Pieragnolo, Isaac Felipe Azofeifa, Carlos Duverrán, Carlos Francisco Monge, Amparo Amarós, Ronald Campos, Peggi von Mayer y más. En algunos círculos, la simple mención de su nombre es motivo de polémica. Ronald Campos, a partir de sus rigurosas revisiones y estudios sobre la crítica con respecto a la producción poética de Albán, señala :

           Existen artículos y notas periodísticas sobre la producción poética albaniana; no obstante,       una cantidad considerable corresponde a juicios impresionistas o a invectivas, cuyos         comentarios se fundamentan en aspectos de la figura personal del poeta, antes que en            criterios meramente literarios y críticos de los textos poéticos en sí.

A continuación planteo una acercamiento a la obra de Albán, no desde una visión como especialista de la literatura  ̶ que no soy ̶ , sino desde una perspectiva de lectora-poeta.

La admiración es esa capacidad para apreciar las cosas, las acciones, los detalles y asombrarse ante su existir. Para ejercerla, no es suficiente con «mirar», sino que hay que «saber mirar». Según Jeannet Ugalde Quintana (2017) esta acción consiste en adoptar la actitud de quien abre los ojos por primera vez y se admira ante lo que ve. A esto agrego yo:  También lo que no vemos nos puede asombrar.

La admiración, como postura contemplativa, implica el reconocimiento del misterio y de la grandeza del ser humano y de toda realidad. El sujeto sale de sí mismo y se deja cautivar por el cielo y las estrellas, la belleza de una mirada, la complejidad del cerebro humano, la bondad de un gesto, la maldad, la fealdad, el amor, el ser amado…

El poeta Albán nos presenta un poemario con el nombre 55 asombros de sol, cuyo título propone mostrarnos “cosas” que lo maravillan, en un mundo de luz (sol). 

Yo fui testigo de cómo de 50 asombros -50 poemas- se pasó a 55, y como no creo en casualidades, y como me gusta el juego de números y palabras, intrigada por la búsqueda de sentido, le solicité a mi amigo y maestro, el Dr. Conrado Umaña, que me descifrara el significado cabalístico del número 55 y, para mi asombro, el 55 debía pasar por el 50, o sea, para explicar el 55 había que decodificar también el 50.

Esta fue la respuesta del Dr. Umaña: “Cábala es el pensamiento esotérico del judaísmo. En ella se usa mucho la guematria, método que utilicé para este análisis”. El número 50 corresponde a la letra נ (Nun), que significa “vida, salud, continuidad”; el número 5 corresponde a la letra ה (Hei), cuyo significado es “aliento, intervención de Dios, gratitud”, por tanto, el significado de 55 es “Gracias a Dios por Su intervención a favor de mi salud y del aliento de vida en mi ser”.

Ante esto, quienes conocemos del quebranto de salud del poeta Albán y de su renacer, podríamos sorprendernos por ese significado; pero, volviendo al título, queda claro, a mi opinión, que la adición de 5 asombros no fue casualidad, pues en esa suma es donde se concentra, oculto, el sema más englobante de este poemario, cuyo centro yace en la idea de gratitud, la gratitud por cada asombro de luz.

A su vez, en la página de la dedicatoria, se esbozan cinco hilos temáticos: amor, testimonio, perpetuidad, asombro y protección que brindan la poesía y la amada. Todo ello englobado por la gratitud planteada, de manera latente, en el título.

La mención, en esta dedicatoria, de una de las siete maravillas del mundo (Taj Mahal, resultado de una trágica historia de amor interrumpida por la muerte), instala en el género amoroso y declara la búsqueda de la perpetuidad (indeleble) en una estructura compacta de mármol (poesía), cuyo motor es el asombro por la irrupción de la mano solidaria de la amada, que es, a su vez, la mano de Dios.

En lo que sigue, cuando hago alusión al poeta, me refiero al yo lírico, inscrito en el poemario como “yo poeta”.

El acto escritural en cuanto proceso, atrapa el tiempo, la eternidad:

          Aquí estoy/ esperando una palabra, /yo que he sido /todas las palabras de amor…// Yo que           amé / todas las palabras. /Yo que he perdido /todas las palabras. /Y todo por vestirlas /con            una nueva desnudez… //Estoy aquí /buscando las palabras/ que necesitan otro corazón. / (…)            Aquí estoy esperando/ la primera palabra /de un poema que sueño /en cada poema nuevo: /             Algo así como / balbucear… con amor / la huidiza eternidad… (Asombro de volver)

El poema eterniza el amor:

           Cómo voy a esconder/ al mundo tu milagro, /si en cada poema pongo/este poema que eres           /al amarme… (…) // Te esconderé en mis /poemas: en su/ insondable    asombro…/ En esta caja          fuerte/ del tamaño de todo, /donde todo es asombro /para la eternidad... (Asombro de tu            ser)

Esta acción de eternizar no tiene escape

           No te pido perdón/ por inventarte en mí… /por inventarme en ti… / ¡y   en ambos la poesía           (Asombro del perdón)

Hay, en este poemario, una concepción de Dios como presencia cotidiana y, por lo tanto, realmente cercana. Este Dios inunda plenamente la vida del ser poeta y resulta en una suerte de comparación poeta-Dios, en tanto creadores (de la vida, del amor, de los poemas): Dios está tanto en el acto inventivo, como en el acto de soñar y en el acto de hacer el amor.

Este creador de poemas inventa con Dios:

…celajes/ que para ti inventamos/ Dios y yo           (Asombro de tu ausencia)

            Quiero hacerte poemas/ en que aparezcas/ tal como Dios te soñó/ cuando te envió a         salvarme (Asombro de la manzana)

El yo lírico, hacedor de mundos poéticos, quiere que la amada crea en él como se cree en Dios:

           Yo te quiero mentir…/ con la verdad entera de mi vida/ para que creas en mí/ como se cree            en Dios, / arduamente invisible… (Asombro de lo invisible)

Sus caricias son caricias de un Dios que es cómplice personal:

            Y un abrazo sea Dios/ casi abrazándote

            Dios sea mi cómplice/ cuando te estoy amando (Asombro de la culpa)

El poeta es dios con minúscula, pero en una relación tan cercana al Dios mayúsculo que a veces este se le impone:

           Te he amado tanto /que grabé en las estrellas /tu nombre de campana iluminada/ para que             Dios tuviera/ que mirarte en cada amanecer… (El asombro de)

Ese dios minúsculo se reconoce como tal, falso y débil, pero rearmado por el amor:

           Yo solo soy un dios/ que ha borrado la vida, /un dios de contrabando /en todos los espejos. //             (…) Pero llega tu amor /y me tira a la cama, /para armarme de nuevo / solamente con besos…

A lo largo del poemario se establece, claramente, el destino y propósito del acto escritural: proclamar la inmortalidad del amor y, por lo tanto, de la poesía y ese canto a la amada. El yo lírico se declara inmortal, rejuvenecido por el amor salvador, escribiendo desde ese mismo amor, su esperanza, para su amor. De este modo, explicita su decisión de entrega, de la poesía a su amada, como testimonio de su capacidad de amar:

            Me declaro inmortal / porque te amo, /insaciable de todo para ti, /el muchacho      invasivo/           que a los setenta y siete/ descubrió que existías/ y ha nacido contigo…// El   púber que te             escribe/ estos poemas confesos, /irresponsablemente azules/ para ti     (El asombro de tu             asombro)

            Esta es mi herencia:/ Todos los poemas-relámpagos/ que me traspasaron…//
            Esta es mi ofrenda:/ Todo iluminado para ti
(El asombro de mí)

         Aquí está el mar, amor, (…) // Te lo entrego esta tarde /de lluvia inmerecida,/ junto al perfil             transparente /del volcán en fuga/ en que nací…// Yo te lo entrego todo / porque el poeta es el            dueño/ de todo y nada, siempre…// La  palabra en el poema/ es la cadena azul/ que lo ata a          este mundo, /casi como el amor… //Y la luna invasiva/ no podría faltar/ en esta enardecida       ofrenda/ de cosas que no tengo, /pero que en la palabra /son mías por un instante…//       Quisiera homenajearte/ con todo lo que quepa /en la copa de un beso. //Porque soy el            fugaz /propietario del canto…/Y no hay nada / que se le niegue al canto…// … (El asombro de             la ofrenda)

Además de ofrendarle la poesía a la amada como testimonio íntimo, pretende acercarla a una concepción del Dios cotidiano, presente en todo su quehacer:

           Yo te voy a enseñar cosas prohibidas…/ Como que Dios está en tu cama siempre/ aun cuando            yespero un descuido/ de tus ojos de almendra pensativa/ para hacerte el amor (Asombro de            la  sorpresa)

La amada, en tanto presencia milagrosa y restauradora de vida, deviene, en este poemario, en una suerte de extensión de Dios:

       ¿Para qué estás aquí? // Para que algo de Dios/ duerma en mi cama (El asombro de tu            ausencia)

        Y apareciste tú/ con los dados/ abiertos en tus manos/ donde jugaba Dios (El asombro de             volver)

           Estoy tratando/ de existir de nuevo…/Un poco tú, un poco Dios…/ Y trocito a trocito/ la                        esperanza de ser (El asombro de existir)

           Yo soy un acertijo de tu amor. / Un juguete de Dios/ para que jugaras/ a ser Él… (El asombro            de viajar)

           Y trato de encontrar una fisura/ para huir de tu amor/ pero de nuevo/ un empujón de Dios/             me detiene en tus brazos… (El asombro del omniamor)

           El amor es posible/ solo mientras veamos/ el rostro de Dios/ en el rostro amado (El asombro            del amor)

           No sé si te inventé/ no sé si me inventaste// O ambos somos/ una invencible/ travesura de             Dios. (El asombro de buscarte)

El amor, la amada-Dios y la poesía son, en este poemario, la fuente de la vida, del renacimiento, del rescate de la muerte, la revitalidad. Este amor rescata de la muerte, negocia la vida:

           Y yo caí tres veces /cumplidas a la muerte/donde todos los ríos/callaban en mi frente// Y             apareciste tú… (El asombro de la muerte)

           Yo creí que eras/ el ángel del destino/ negociando más sueños/ con mi muerte... (El asombro             de la aproximación)

       Yo sé que tú venías/ porque el mundo se iba… (…) /Yo sé que tu venías/ golondrina de          ausencias/ a vencerme despacio/ con besos, este antiguo dolor. // Yo sé que tu venías/ porque     el mundo se iba/ desliendo lentamente/para inventarlo nuevo/inmensamente tú… (El            asombro de pasar)

           Tus besos se impusieron/ a la muerte, con un / «no pasarás»… que todavía/ retumba en los            pasillos del hospital… // Y cambiaste/ la eternidad por/ nuestra eternidad… (El asombrode             nacer)

En Albán, el amor es motor, eternidad, fuente de vida:

           Por eso tú llegaste/ al hospital en cada/ madrugada, para darle a mi sueño los plazos/ del            amor… // Estoy tratando/ de existir de nuevo…/ Un poco tú, un poco Dios…/ Y trocito a trocito            /la esperanza de ser… // Sí, casi un espejismo/ especializado en besarte/ a ti y a los poemas…//        Un ajedrez de olvidos:/ jaque mate de sueños./ Y todo porque tú/ decidiste reparar/ este          juguete / para la eternidad…// (…) /¡Ya casi existo! // Ya, mi amor, / sigue intentándolo… (El             asombro de existir)

          Y llegaste tú, sol, / con una sonrisa que no entiendo/ y conjuraste el mar en mis milagros, / y         sostuviste el mundo en una mano/ y el amor en la otra /que es la única forma/ de vencer            todavía… (El asombro de los milagros)

           Tú me viste cayendo/ al recoger asombros, /y me clavaste alas/ en el precario sitio/ donde             estaban mis llagas. (El asombro de renacer)

El renacimiento de la mano de la amada convierte al renacido, al que ama, en un mejor ser humano:

           Soy una herida de la luz/ en medio de la niebla, / (…) Pero tu amor / me vuelve más humano           /quizá que mis olvidos. // Porque mi disfraz de hombre/ suele rasgarse un poco/ cada día, y            solo tú sabes / remendarlo con luz…  (El asombro de tu secreto)

El poemario abunda en luz. Se juega con el campo semántico del nombre del tú lírico Sol y se configura, desde el título, una propuesta de asombros luminosos. De nuevo, ese sol deviene en figura divina, una metáfora del cielo, cercano en su asombro

           Es que a veces/ no creo que tú existas, /que tu nombre: Sol Salas, /es una metáfora/ del cielo, /            que yo solo recojo palabras / para imitar tu asombro. (El asombro de tu existir)

      Yo quería mil soles, /pero me dieron uno… // Además de una estrella/ que inventara            destinos… // Yo quería mil soles /pero me dieron todos /en tu nombre. Y el mío/ se encendió             con el tuyo… (El asombro de la pregunta)

La presencia de la amada, metáfora de Dios, fuente de luz, ilumina, incendia y llena de color el mundo del poeta:

         ¡Que no quede una sombra /donde no haya un asombro! // Que quien pase se entere/ que        aquí estuvo Sol/ iluminándome… // Su luz no es de este mundo: /Lo he comprobado /         amándola en el mundo… // (…) Sabe que del futuro/ el presente es la chispa / totalmente            incendiaria. // (…) Estos poemas son / las esquirlas que vuelan /de cuando ella me incendia         // Yo soy la tea y ella la llama, / porque la llama arde /cuando la tea existe… (Asombro del            alma)    


Podemos decir que la amada-luz alumbra, tanto el espacio exterior, como el interior del poeta:

       ¡Que se abran todas / las puertas en punto /de la vida! // Que el sol entre /a la sala         enamorado, /y se siente a reír /entre nosotros… // Que el mediodía / sostenga las redes /            agoreras de la lluvia… // Que la fosforescencia / de la niebla descienda, /iluminando todos los           caminos…// Y que las flores muestren / los colores invisibles / que siempre guardan/ tan solo            para Dios… // (…) Porque te acercas ya/ incendiando mi vida /con esa luz que cruza/ desde tu            alma a mi cuerpo / y de mi cuerpo a tu alma... (El asombro de tu llegada)

           [Eres]la muchacha inexplicable /que supo marcar /la dirección de luz, / que faltaba a mi             vida (El asombro de nacer)

           Cuando me abrazas/ quedo nimbado/ de estrellas totalmente… / (…) //Y entran por mi boca,            mis ojos, /mis poros extasiados /espantando las oscuridades /que le quedan a mi alma, /las      maldiciones ajenas /que aún se aferran a mi alma /hasta convertirlas /en un cielo            estrellado, / en una transparente / avenida de luz (El asombro de la estrella)


        Eres el sol de frente /que me guía impasible /más allá de mí mismo / hacia la eternidad…            (Asombro de los cuerpos)

En este ambiente físico y psicológico, todo es radiante. Las sombras son apenas enunciadas en cuanto alusiones al pasado o a penumbras desalojadas por la luz que vence.

           Todas las luces /caen sobre mí /cuando me miras. // (…) Eres una invasión/ de plenitudes…/            Una sombra al revés, /un diluvio de estrellas/ sin olvido… // (…) Todas las estrellas /son más        que estrellas /cuando me abrazas. // (…) Eres la parte   /luminosa de este mundo. (El            asombro del destino)

      Yo sabía, entre las sombras / zaheridas del hospital, /yo sabía que venías /venciendo            madrugadas, / porque se anunciaba /el temblor de tu luz /en las sombras que huían…

El poder incandescente de esta luz es expuesto claramente en estos últimos fragmentos del poema “El asombro de la culpa”, donde se sitúa a la amada, de nuevo, como la figura Sol en fuerza y brillo:

           (…) Tú tienes la culpa/ de que todas las flores /de mi invierno sean soles… // Tú tienes la culpa /            de que cada mañana / todo quiera encenderse para mí. // Tú tienes la culpa / de que la misma          estrella / que fue sombra, ahora brille /más allá de las sombras. // (…) Tú tienes la culpa /de          que cada noche /la noche no me visite más, /porque a fuerza de ser tú misma / la iluminaste            toda… // Y tú, Sol, tienes la culpa /de que el final de este poema /sea el principio de un mundo.

De este modo, queda en evidencia que 55 asombros de sol es una obra donde impera el amor como fuerza que da cohesión al universo poético. El yo lírico se sorprende por la irrupción de lo imprevisible, se asombra ante el detalle, las acciones, las preguntas, cada mirada o presencia de la amada en su dimensión humana y divina. Ese asombro o admiración lo lleva del estado pasivo, casi de muerte o resignación, a un estado activo del amor esperanza. Es un tránsito donde cada asombro se sucede por otro asombro y otro más.

En estos asombros, la figura de Dios se concibe en alusión a la complicidad, y su presencia se hace evidente en la amada, Sol, mensajera y nacida de la luz para el amor. La gratitud subyace, oculta, en todo el poema, pero se desprende como olor grato en cada rayo de este sol.

Contrario a lo que sucede en otros textos con el tema del amor, incluso del mismo Albán, el poemario ha excluido la angustia por la temporalidad de la vida y del amor. Aunque aparece el tema de la muerte, este se instala en un clima de paz y esperanza donde la luz terrenal deviene en esa luz divina que llena todo vacío y alumbra toda posible penumbra.

La poesía mística amorosa de 55 asombros de sol, de Laureano Abán (2019), es, por tanto, un sitio de luz plena; en él, el agradecimiento por la resurrección amorosa solapa cualquier conflicto e instala una armonía total a partir de esta luz.

Marta Eugenia Rojas Porras (1950). Filóloga. Catedrática pensionada de la Universidad de Costa Rica. Poemarios publicados: (1993, 1998). La sonrisa de Penélope y su costumbra del adiós. Editorial de la Universidad de Costa Rica. (1996, 2005). Aposentos del deseo. Editorial de la Universidad de Costa Rica. (2005). Habitar la casa del tesoro. Ediciones Perro Azul. (2019). Destejiendo la intemperie. Ediciones Perro Azul. (2019). Zárate desencadenada. Texto lírico dramático. Ediciones Perro Azul. Publicaciones en revistas (1998). “Oda a la muerte de mi madre”. Káñina. Revista de Artes y Letras, 22(3). (2003). “Entre duelos y amaneceres”. Revista Nacional de Cultura, 46, (2003). “Estela de fragancias y luces”. Revista Educación, 27(2). (2003), “Como volver a casa”. Káñina. Revista de Artes y Letras, 27(2).  (2004). Entre recital y charla: El acto creador y unos apuntes sobre Penélope. Educación, 28(2). (2020). Atunis Galaxi Poetry. Antologías en las que publican su poesía (1994). Indómitas voces. Las poetas de Costa Rica. Antología. Selección, prólogo y notas de Sonia Marta Mora y Flora Ovares. Editorial Mujeres. (2006). Lunada poética. Poesía costarricense actual. Ediciones Andrómeda.(2020). La palabra provocada. Antología poética costarricense. Instituto Cultural Iberoamericano. (2020). Vivencias en tiempo de pandemia. Enlaza2. (2020) El valor de la palabra. Antología poética. Ediciones Santoamor. (2020), Los gritos de Medea: Violenci de género en la poesía feminista costarricense. Antologadores: Luis Gustavo Lobo y Yordan Arroyo. Editorial Arboleda. (2020). Antología en tiempos de COVID 2020. Antologadora Marlen Ramírez.

La literatura estridente en «Los bajos mundos» de Francois Villanueva Paravicino, por Julio Buitrón

Por: Julio Buitrón (Premio Caretas de las Mil Palabras)

Si tuviera que definir la literatura de Francois Villanueva, diría que es una literatura estridente. Estridentes son sus personajes, sus historias, sus escenarios, hay una ambientación que hace sentir a la selva de trasfondo, el río Apurímac, el Vraem y los Bajos Mundos. Ya en su primer libro de cuentos encontramos estas circunstancias y personajes que se tornan violentos, alegres y trágicos, como si la escritura a nuestro autor lo divirtiera y lo angustiara, de ahí una violencia moderna (con espíritu de cómic o anime en pasajes que hacen recordar a las películas de Tarantino: la minimalista, prolongada, ambiciosa, pelea a vida o muerte de Rhino contra sus asesinos) en medio del día a día en las zonas recónditas y urbanas de Ayacucho y por ratos Lima, pues esta novela se expande del Vraem al Perú (centro-sur) como si de otro Tahuantinsuyo se tratara, una cotidianidad que no solo es estridente, pues parece mágica, un escenario en que sobreviven los mitos urbanos y los de antes del arribo de los españoles, por ello, en esta novela los capítulos son más bien estampas.

Capítulos que se subdividen y conforman esta serie de historias que, por momentos, también se pueden leer como independientes, a riesgo de perderse de alguna intriga de Los Dragones y otros retratos-historias que a la par se van desarrollando, en especial, una que nítidamente se destaca y perfila ya casi al final, cerrando con broche de oro esta comedia humana cuyo reparto se compone de actores a los que, al igual que Dostoievski y C. E. Zavaleta, caracteriza una hipersensibilidad a flor de piel (asesinos, prostitutas, curas enloquecidos, narcotraficantes, senderistas, tribus selváticas, adolescentes camino a la adultez, pobladores comunes), que es la historia de un escritor, su vocación y su locura: la cima de esta novela en la que la disección de una enfermedad mental no es nada complaciente, sino que nos golpea por aterradora, oscura, terrorífica; de esta manera, este libro dialoga con diversas vertientes de la tradición de la narrativa peruana, bebe de referentes muy diversos para convertirse en una literatura urbana, regional, de aventuras, metaliteraria, detectivesca, narcoterrorista, de la violencia.

De todas estas fuentes bebe Francois Villanueva para trasladarnos a un mundo con personajes vivos. Con gran dominio del diálogo, retrata una coloquialidad que convierte a esta novela en coral, porque en ella los sucesivos personajes se dan la posta de la narración y así nos vamos enterando de sus peripecias y desdichas, estos diálogos son tan reales, verosímiles (en su dramatización) y encantadores como los que encontramos en Vargas Llosa, quien en sus inicios quiso ser dramaturgo.

De esta suerte, Francois Villanueva continúa con su tema: retratar a un Vraem que parece irreal, pero que existe porque está en los mapas, al contrario de la fórmula de Melville, un pueblo que cabe perfectamente en la tradición forjada por Rumi, Comala, Macondo, Santa María, Villaviciosa, o también el pesadillesco Chimbote de Arguedas en los Zorros. Esta obra que en muchos momentos se entrevera, debido al estilo estridente, también es una novela de iniciación en la que se advierte al principio una historia que avanza a trompicones para luego ganar en soltura; es decir, la estridencia la ha naturalizado el lector a partir, entre otras cosas, de una prosa más fluida, armoniosa[1]. Siendo, de igual modo, una novela de iniciación en la que este desfile de destinos sin rumbo, nihilismo alegre, vital, jocoso, pantagruélico (Bryce o Gregorio Martínez), de una juventud a la deriva, se emparenta –¿un diálogo involuntario como decía Borges que ocurría cuando la genialidad crea a sus precursores?– a la aleatoriedad de los capítulos de Al final de la calle o las primeras novelas de Jaime Bayly (No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo).

La tradición nos empuja (Hegel) de estos jóvenes limeños desencantados y aburridos de inicios de los noventa a los jóvenes de este siglo de internet y pobreza, y entre todas estas historias satelitales se consolida la amistad de una pandilla de adolescentes que se vuelven hombres. Los únicos ausentes en esta novela son los millonarios. Ese rincón privilegiado es el único inaccesible, pero la presencia de un poder opresivo está ahí, algo que se refleja en el prostibar El Refugio, uno de los burdeles de los Bajos Mundos. Otro moridero (Salón de belleza). Un mundo de rocola con música chicha, cumbia y boleros, donde precisamente se ha ido a refugiar Celia Camelia, la protagonista de la otra historia principal, la de un (des)amor rocambolesco y funesto que tuviera ella con Fidel Larco Astete, esta especie de vaquero que va en rescate de su amada, la que se ha convertido en prostituta, madre soltera. Suena a chiste y es trágico al mismo tiempo. De este punto pasamos a una exposición que alcanza niveles regionales que, en cuanto a técnica, hace recordar al fragmentarismo de Ciro Alegría[2], una estética que luego Vargas Llosa (una desmesura abarrocada de la que vuelve con La tía Julia y que luego afianzará en los ochenta para rematar con ese invaluable testamento total que es El pez en el agua) revolverá como un cuadro de Pollock.

Si tomamos en cuenta, por último, otra particularidad que hace de Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2021) un muestreo de la amplia gama que ofrece la contemporánea tradición peruana[3], Francois Villanueva elige a Los Dragones como sus antihéroes (posteriormente esta candidez se pierde en la criminalidad del mundo adulto), pandilla de muchachos que podemos rastrear en Congrains, Reynoso, Vargas Llosa, Gutiérrez y los nada criminales, pero muy alegres sanisidrinos de Bryce Echenique, o los arguedianos de Los ríos profundos[4]. Pues si Vargas Llosa lamentó que cuando él empezó en el oficio se consideró un huérfano por no tener a nadie a quien tomar como padre-referente de la novela peruana, salvo Ciro Alegría, ahora no podemos decir lo mismo de nuestros titanes novelescos que para el Perú vendrían a ser lo mismo que fueron Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola (Proust es Dios) para los franceses. Como se ve, para enriquecer a nuestra tradición se necesita de algo más que talento.

Los bajos mundos, primera novela de Francois Villanueva, joven a todas cuentas, nutre y pertenece a la tradición narrativa peruana.


[1] François me confiesa que la novela la empezó en la secundaria.

[2] El recurso de un pueblo de telón de fondo está presente tanto en Los perros hambrientos como en los escenarios selváticos de La serpiente de oro, una novela de la que el ciego Borges se sabía de memoria el primer capítulo.

[3] La transformación de la provincia y la vida de sus pobladores por la irrupción de la modernidad es otro tema caro a Los Bajos Mundos y a nuestra tradición.

[4] La narrativa peruana tiene a la juventud como su protagonista favorito, y podemos mencionar así tanto a La casa de cartón, como a Ribeyro y Rivera Martínez.

Novela: Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2020).
Francois Villanueva, autor de la novela Los bajos mundos

Las venas de un árbol chino andino, por Julia Wong

Reseña del poemario Mientras caen mis hojas, de Nilton Maa

Nilton es el primer poeta chino andino que conozco.  Mi objeto de estudio sobre lo sino amazónico habían tenido prioridad. Y es un poeta que dentro de sus pretensiones comunicativas está   que nos enteremos que significa ser un “chino andino”. Empezar por cuestiones identitarias en una poesía que se interrelaciona en una ecuación subliminal  con la naturaleza diferenciada para  conmemorar su apellido, cual semilla madura  y la reválida.  Parte de intervenir en la alineación de  un sistema de símbolos que dialoga informando y creando un  abstracto donde la  ética hacia  la naturaleza filial y belleza se complementan. ¿Qué es un árbol? Si no una organización perfecta de la raíz a las hojas.

En esta entrega de Nilton, poeta que aunque conozco en persona hace poco más de  un año y me unen simpatías por el trabajo étnico y expresivo de la comunidad tusán en el Perú, me atrae por su dedicación y constancia en revitalizar, esa cosmovisión eco- sistemática de este jardín que los tusanes no queremos dejar perecer, a pesar de todas las desventajas, plagas y “enemigos “de este imaginario.  Este árbol que en este conjunto de poemas asume una voz poética confesional, íntima, desgarrada, elogiando la honestidad de lo inefable, en el primer capítulo acepta la muerte del padre como una caída, pero no es una caída en el sentido de fracaso, abandono o abismo. Es una caída dentro de un ciclo esperanzador.  Quién fuera rama, hoja, observador, raíz y jardinero y guardián.

Sin tratar de generalizar los múltiples lazos que se han encontrado siempre entre naturaleza y literatura, a veces ociosos, a veces necesarios, no quisiera llevar a la voz poética de Maa en esta entrega  al mismo espacio donde el naturalismo usa de estandarte a la biología, la vegetación o la ciencia natural, para adentrarse en el mundo de los sueños, las pasiones, la belleza o una ética para un curioso de su propia estirpe. Sino ponerla  bajo la luz de  un sol andino, solidario y nostálgico.

Me conmueve la forma como Maa ha dividido el libro,  1.-papi,  2.-princesa,  3.- Zurita y  4.-des-amores.  Constatando que el peso de  la hoja caída más grande es la del padre, abandona la hermosa rama para que el ciclo vital siga su continuidad causal sin llamar   a la muerte como fin , sin desesperar , sino asumiendo el ciclo  transcendental  que es  ser parte de un organismo vivo.

Encuentro casi un conjuro en este conjunto melodioso de elementos, que en su musicalidad tocan una gran lejana pena, ambas tierras China y los Andes muestran una altura, que Nilton no puede superar. Son elementos que le han hechizado desde su raíz, la abuela, el padre que ya ha caído y sin embargo no compite con la otra parte de la naturaleza del árbol sino que la complementa, a tal extremo, que  Zurita es más Zurita por que Maa le ha permitido mostrarse en su esplendor.

Te llamo, te añoro y te abandono,

y mientras deshago el camino,

me despojo del tiempo, del silencio,

de las luces que me resguardan

de la amarga noche.

Y en algún momento agrega en este acápite…cito:

tampoco deseo que te vayas.

Hipocresía matizando mis palabras.”

El árbol Zurita sabe que la hoja “papi” tiene que caer por fuerza de su propia gravedad y entre la aceptación del ocaso, y la sabiduría del destino, no puede más que reconocerse como un simple observador hipócrita.

Sólo la caída de esa hoja permitirá que una princesa limeña arda en la ciudad y reinicie el ciclo en el huerto.

Dicotomías, entre andino- chino, viejo- joven, abuelo- nieta, abuela -nieta, observador-observado se terminan porque el árbol es uno solo.

Cierra con un acto de desconsuelo, que cuestiona un presente vacío y sin historia en Desamores. No hay peor traición que no haber podido decir adiós.  Y esa nostalgia infinita por un padre amante, Nilton nos clava su propia daga de ignominia por no sentirse merecedor de ambos linajes.

Y sin embargo el riesgo de decirlo, como él lo poetiza, es como sábila nutriente que ha permitido otra vez reivindicar el follaje en su corazón.

Biodata de Julia Wong Kcomt:

Hija de migrantes chinos, heredó el Nomadismo como ejercicio. Nació en Chepén en 1965, es escritora y gestora cultural. Viajera por convicción. Cursó estudios de Derecho y Ciencias políticas en la Universidad de Lima y Humanidades y Literatura en la PUCP, llevó cursos en Romanística, Teología, Sinología y Religiones Comparadas en Alemania. Tiene 16 libros de poesía publicados, 4 nouvelles y dos conjuntos de cuentos. Es fundadora del Festival de poesía en Chepén Chepén.

Julia Wong, autora de la presente reseña literaria

Descubriendo la calle del encanto del trovador menesteroso, por Alex J. Chang

Reseñamos el relato “El Trovador Menesteroso de la calle del encanto”

Por: Alex J. Chang

Mis primeras impresiones

El Trovador Menesteroso de la calle del encanto nos narra sobre las peripecias de César Vallejo y Georgette en su viaje —debido a una persecución política— de Paris a Madrid, de Francia a España.

Vemos como Georgette, esposa de César Vallejo, se muestra como una mujer abnegada, desinteresada que no le interesa los lujos; ni siquiera comer ni tener vivienda disponible. Es, a mi juicio personal, muy conmovedor. Las sugerencias que el autor brinda, con una prosa poética, nos conmueve dando martillazos a nuestros espíritus.

Es una historia hilvanada con sentimientos humanistas que se descargan desenfrenadamente, pero, que, el protagonista, César Vallejo, intenta disimular sus problemas económicos y sus emociones; nunca se lo muestra o dice a los demás, menos a Georgette. Entonces, vemos escena tras escena un cuidado manejo de la cámara y la fotografía; todo esto es posible gracias a la maestría de un exquisito cineasta: Fernando March, autor de este magnífico relato extenso.

Ni que decir del uso del contexto en favor de la historia narrada: las primeras décadas del milenio mil novecientos. Una historia que mantiene la coherencia entre el espacio y tiempo, inclusive en los lenguajes empleados: el idioma francés empleado en Francia, y fuera de ella, cuando conversa con Georgette, nativa de aquella tierra de Rimbaud; y el uso del español catalán muy empleado en España. Desde este aspecto técnico, el autor ensambla muy bien el contexto de tiempo, espacio, y lenguaje.

Viaje al fabuloso universo de La Calle del encanto

Al comenzar nuestra lectura nos ubicamos en Francia —antes de su viaje a Madrid, y a la famosa calle española: La Calle del encanto- vemos como nuestro poeta esta pasando apuros por su forma pensar, por su filosofía, su visión de la vida: un marxista creyente en Dios, en la humanidad. Para el poeta, Vallejo, es posible que la filosofía se relacione con Dios, y no sean antagónicas. No obstante, esto no es comprendido ni por sus propios camaradas del partido marxista ni por sus propios enemigos; ambos lo ven como un bicho raro. Ante estas circunstancias la justicia francesa le da un ultimátum para retirarse del país de Flaubert. Sobre esto, aquí cito un fragmento del relato de Fernando March: “Él es un comunista romántico que cree en la posibilidad de que Dios ayude a Marx a construir su paraíso proletario en la tierra…”, dicho por un policía francés quien interviene al autor de Trilce; sucedido en la estación de Quai de Orsay.

Ante esto, el poeta y su amada Georgette, huyen de aquel infortunio que los persigue y los seguirá persiguiendo hasta sus últimos días de existencia.

En Madrid, Vallejo espera una mejor vida: alejada de los malos tiempos que arrastra desde su tierra natal: Perú. Sin embargo, será una utopía regresar a Perú.

Para sobrevivir, Vallejo tuvo que buscar empleos por toda la ciudad: intentaba postular a empleos como periodista en los diversos diarios españoles. No tuvo suerte. Es ahí, entonces, que crea su propia épica, su propia fantasía, en el cual huye de su mediocre realidad: La calle del encanto. Cualquiera que preguntará y/o solicitará saber la dirección del poeta de Santiago de Chuco, siempre él respondía: La Calle del encanto. Es una quimera que nos encumbra a sus ilusiones más descabelladas; un lugar donde todo es posible. Vallejo agobiado de su tragicomedia, se encierra en su soledad, en su miseria, en La Calle del encanto.

Influencias literarias

No cabe duda que el autor conoce a profundidad la vida y la obra de César Vallejo; sobre todo, su poesía. Sabe interpretar el sentir de cada palabra escrita por el autor de Poemas Humanos. Por lo tanto, en Fernando March vemos una marcada influencia del autor de Los heraldos negros.

Otra referencia consultada por el autor fue el diario gráfico Ahora, año 1931, Madrid, España. Esto sirvió para conocer el contexto histórico en el cual se desarrolla “El Trovador Menesteroso de la calle del encanto”. Entonces, vemos una lectura minuciosa de la realidad que enfrentó Vallejo y Georgette.

Detectamos la lectura de 114 Cartas de César Vallejo a Pablo de Abril de Vivero; así, y de esta forma, sirve de conocimiento para aclarar el contexto histórico; permite complementar la información sobre lo dicho por el diario gráfico Ahora.

Por supuesto es notable la huella de Gabriel García Márquez; gracias al maestro Gabo enriquece su prosa poética. Asimismo, la influencia de otros grandes poetas: Pablo Neruda y Gabriela Mistral.

Por último, y no menos importante, se resalta una furtiva lectura de los libros del distinguido vallejologo peruano Miguel Pachas Almeyda.

Palabras finales

Por alguna razón, ganó, en el año 2019, el Segundo lugar en el Concurso de Relato Breve Internacional Premio Angels Fortune. Y las razones ya los he dicho en esta reseña/ensayo sobre el relato El Trovador Menesteroso de la calle del encanto.

Hasta el momento ha obtenido buenos comentarios de sus lectores y de la crítica. Un punto crucial en el cuento es el hecho de la perdida del embarazo de Georgette, y cómo este afecta/distorsiona el equilibrio mental/emocional del poeta César Vallejo. Coincidimos con lo dicho por Carloz Montero, publicado en la web Libre e independiente, en Julio de 2020.

“La consumación del cuento llega con un evento inesperado: la pérdida del embarazo de Georgette. Sobre esto último muy poco se ha dicho.  Y cuanto se ha dicho ingresa en el terreno de la especulación amarillista. Fernando March elabora una historia en base a los mejores sentimientos del poeta, a su amor por la humanidad que se congrega allí, en el amor por un niño que no le conoció y con el cual decide dar cumplimiento al mensaje, que él descubre, en el relato de la mesonera vizcaína.” ( https://libreeindependiente.com/comentario-el-trovador-menesteroso-de-la-calle-del-encanto-de-fernando-march-por-carloz-montero/ )

Para finalizar, el lector al leer este relato conocerá un poco más al poeta universal del sufrimiento, el vate César Vallejo. De inmediato se sumergirá en una historia que nos llevará a los sentimientos más íntimos de la humanidad. Además, la portada deslumbra desde el primer vistazo: unos colores vivos de una ciudad madrileña que corre a raudales relumbrado en una noche cálida.

Ficha Técnica:

  • Autor: Fernando March
  • Páginas:37
  • Editorial: Angels Fortune editions (Barcelona, España)
  • Año 2019

Título disponible en Buscalibre:

https://www.buscalibre.pe/libro-el-trovador-menesteroso-de-la-calle-del-encanto/9788412121261/p/52389338?fbclid=IwAR3MTRVswpcN8xLoZIeQm96E5kEExDw9xtVKTB9A2tfpCftuQVrXlSLIJps

Título disponible en Todostuslibros.com:

https://www.todostuslibros.com/libros/el-trovador-menesteroso-de-la-calle-del-encanto_978-84-121212-6-1?fbclid=IwAR1EK60qAcLZhL13hsupmoQezCSek7idvXV81HuwRi02HqkV1TvH-V51WNk

RESEÑA: J. J. Maldonado y la Novela Generacional en el siglo XXI, por Alex J. Chang

Reseñamos la novela El amor es un perro que ruge desde los abismos de J. J. Maldonado, publicada por Editorial Planeta Perú.

Por: Alex J. Chang

J. J Maldonado

Novela Generacional

El amor es un perro que ruge desde los abismos (Planeta, 2021), novela debut de J. J. Maldonado, ha obtenido en el primer mes de su publicación un impacto positivo y entusiasta tanto entre la crítica y los medios de comunicación nacionales, como entre un gran número de lectores que celebran en libro en historias de Instagram o post de Facebook, resaltando especialmente la esencia y la furia juvenil, así como el sinfín de referencias generacionales que acompaña el argumento del libro: la historia de un adolescente llamado Diosito, el cual enterado de que va a ser padre dentro de un sector de bloques infernales del Callao, se lanza hacia una aventura picaresca en la que se verá enredado con una mafia de trata de personas que usa como fachada un hangar dedicado a la producción clandestina de hentai (anime porno).

Sin ninguna duda el libro ha tenido una conexión muy fuerte con los jóvenes y eso ha quedado evidenciado en el sinfín de interacciones de lectores millennials y centennials en redes sociales, sobre todo en Instagram. ¿Pero a qué se debe esta conexión? Podría decir que bajo una primera lectura, El amor es un perro que ruge desde los abismos se presenta ante el lector como una carta de amor a la generación que creció en los 2000; como un libro que extrae las sensibilidades de toda una nueva juventud y que entierra para siempre el siglo XX y se aparta totalmente del espíritu de los 90, espacio temporal que yace como animal anacrónico y olvidado para cualquier joven del siglo XXI.

Así hay en esta novela todas las dinámicas y códigos que hermanan no solo a un barrio o una clase social, sino también a toda la juventud de un país, a toda su educación sentimental, a toda su nueva forma de aprehender el mundo, incluso, a toda su esencia política. En ese sentido podría pensarse que El amor es un perro que ruge desde los abismos es una novela que trata de totalizar el primer periodo del siglo XXI peruano a través de un lenguaje propio, con las características determinantes de la juventud que se formó a sí misma con la llegada del internet y el cable y los primeros celulares inteligentes. Todo esto visto no a partir de una totalidad numérica, sino de un fragmento, y en este caso el fragmento sería la furia de una periferia: el Callao, pero un Callao completamente inventado, el cual Maldonado borra para transformarlo desde la ficción en una periferia que se vuelve todas las periferias posibles.     

Entonces allí encontramos la búsqueda de Maldonado por crear la primera épica millennial de su generación a partir de los márgenes de la ciudad. Porque El amor es un perro que ruge desde los abismos se constituye como la epopeya de Diosito, un personaje periférico que se convierte en significado y significante del joven del siglo XXI, en ícono generacional. De ahí que se narre diversos planos de la vida de este personaje: lo psicológico, lo sentimental, lo físico, lo político, lo religioso, lo educativo, lo vital y, sobre todo, lo moral. Y todo esto funciona por el ejercicio de la picaresca urbana y pop que Maldonado plasma en la elaboración de su relato, creando microutopías que se sostienen por la disposición de sus materiales, pero en especial por su mirada.

En el capítulo 28 (monólogo interior larguísimo del libro) vemos quizá la clave de todo lo arriba expuesto. Menciona el protagonista:

“Qué se le iba a hacer. Yo. Mis últimos atardeceres en la Tierra. Mi hermoso final en el videojuego real. Mi vómito a la cara de toda mi generación. Sí, mi vómito. Este es mi vó- mito para ahora, para mañana, para siempre. Yo con ellos y ellos conmigo: Dieciocho años: Dragon Ball Z: Spotify: Xvideos: Photoshop: Pornhub: Asfalto: Tumblr: Soledad: 4chan: Desamor: Y soledad: Y nuevamente soledad: Y mucha más soledad en. Mi vómito a todos ellos. Sí, mi vómito”.

Ahora bien, algunos críticos han dicho que los personajes de El amor es un perro que ruge desde los abismos son marginales y que su mundo y su lenguaje y sus sueños también lo son. Pero están equivocados. De hecho la marginalidad tiene su propia poética, su propia forma de estetizar el mundo. Pero en el mundo o el universo de El amor es perro que ruge desde los abismos los personajes no son esencialmente marginales, sino más bien son personas ultraconectadas gracias al internet o la televisión que consumen en exceso. Es un desvarío seguir hablando de marginalidad en un mundo tan hiperconectado: con ese vértigo que hay en la red con su sinfín de grupos o tribus urbanas dentro del universo digital. Bajo este contexto se puede señalar que los personajes de Maldonado están determinados por algo que se conoce como la Aldea Global o la Nueva Babel, ya que, desde su espacio lejano, el barrio, la cabina de internet, la pandilla, están conectados con el mundo. De modo que eso los define como seres particulares, pero al mismo tiempo les arrebata su autonomía e identidades locales. Es decir, los desmarginaliza. Por ejemplo: los personajes de esta novela no usan jergas como “causa” o “pata” para referirse a un amigo, sino utilizan el “broder”; en lugar de “pendejada” o “carajo” usan el “mierda”, etcétera. En ese sentido, su marginalidad es paradójicamente una marginalidad globalizada. 

Tal vez por eso el lenguaje usado en El amor es un perro que ruge desde los abismos no es un lenguaje marginal, ni sucio, ni sexual ni violento, ni hamponesco o sicarial, y eso porque precisamente los personajes no están dentro de una situación marginal o hamponesca o precarizada (como los reseñistas lo han señalado desde el puro asombro), sino más bien están en una zona gris, entre lo marginal y lo globalizado; entre lo bueno y lo malo, entre la luz y la oscuridad. Y todo eso definitivamente gracias a las dinámicas e influencia del internet, porque el internet es una puerta al mundo, un pase hacia el TODO, una reconfiguración de lo que es la verdad o la mentira, lo puro o impuro. Por eso es el internet lo que batutea la novela. O mejor dicho es lo que le da su rumbo.

En razón de todo lo anotado, el lenguaje de El amor es un perro que ruge desde los abismos es funcional a ese panorama y por eso mismo es su punto más interesante. En consecuencia Maldonado no exotiza a los personajes dándoles giros lingüísticos sacados de manual de periódico chicha o de películas inverosímiles del submundo de Lima. Se salva al globalizarlos y conectarlos con el mundo. Basta darse una vuelta por los márgenes de la ciudad para llegar a la conclusión de que en las periferias del siglo XXI ya nadie habla en argot de hampón de cine barato o de literatura urbana pasada de moda. Se habla grueso, pero no con el falso exotismo que nos ha vendido Tondero. Felizmente, porque ese sería el horror y Maldonado logra librarse de eso para alegría del lector. Menos mal.

Título con reminiscencias pop

Respecto al título El Amor es un perro que ruge desde los abismos en definitiva nos remite a un  verso de Charles Bukowski ­ (autor de novelas como Factótum, La Senda del Perdedor, Cartero, entre otras, de las que Maldonado bebe sin llegar a contaminarse del todo). El verso bukowskiano es El Amor es un perro del infierno. Esta similitud nos indica, entonces, que nos adentramos al infierno terrenal. Pero también Maldonado agrega otra referencia directa y samplea ambos elementos para configurar por completo el título de su novela. Esta referencia viene de Neon Genesis Evangelion de Hideaki Anno (anime que tiene una presencia central en la historia del libro), enfocándose en el capítulo 26 de la serie japonesa que titula así: La bestia que pedía amor a gritos desde el centro del mundo. Este cruce o mestizaje de referencias hace bastante especial al libro de Maldonado, ya que encontramos tanto elementos extraídos de lo que podría considerarse la cultura oficialista como de la cultura marginal o populosa. He allí El amor es un perro que ruge desde los abismos.

Mestizaje cultural para el siglo XXI

En El amor es un perro que ruge desde los abismos se mencionan marcas juveniles y populares: zapatillas Converse o Vans Old School, chullos DC, bicicletas BMX, Motos Pocket Watts Camel 01, camisetas Element, KFC, Spotify, XVideos, OnlyFans, etc. Por otra parte, los jóvenes y las bandas del Callao (universo paralelo parecido a las películas, series, mangas y animes como Tokio Revengers, Akira, Durarara, Gungrave) practican tres disciplinas en apariencia marginales: skateboarding, BMX y freestyle rap. Estos tres deportes, por lo tanto, tienen tanta importancia por la competencia y la rivalidad entre los bloques y bandas organizados cada fin de semana.

Vemos también una marcada preferencia de los adolescentes por los dibujos animados como Los Simpson, Los Picapiedras, Tom y Jerry, South Park, Phineas y Ferb, o por animes como Naruto, Dragon Ball Z, Bleach, Evangelion, Inuyasha, Yu-Yu Hakusho, One Piece, Death Note y otras series japonesas populares en la primera década de los 2000.

Con respecto a los gustos musicales, los jóvenes de esta novela están inmersos en un ambiente de Rap y de Freestyle, en donde destacan artistas como Arkano, Snoop Dogg, Canserbero, 2pac, Nach, Kase.O, Rapper School; entre otros.

Sobre el cine, vemos mucha influencia de películas juveniles como Heathers, Attack the block, Harry Potter, Mi pobre angelito, Akira, Juan de los Muertos, Sueños Imperiales y clásicos como Depredador, Kickboxer o E.T.

Los videojuegos también están presentes y tensionan la atmosfera de la novela. Se mencionan videojuegos en línea como Dota2, Counter-Strike y StarCraft. Todos estos videojuegos están cargados de adicción, adrenalina, violencia y mucha diversión. Sin embargo, también hay estilos narrativos de videojuegos o creepypastas que se ensamblan en el montaje de la novela desde su construcción estructural. Por ejemplo, vemos en los últimos capítulos del libro un estilo narrativo sacado de Petscop y Resident Evil (el videojuego). Además, el lector atento puede encontrar diálogos de películas pornográficas o escenas sacadas de videos basura de YouTube, una mezcolanza de datos que enriquecen la lectura y crean subtextos muy interesantes para explorar.

El universo de El amor es un perro que ruge desde los abismos está lleno también de mucha poesía, de mucha lírica, de mucha literatura, siendo manifestado en sus diversas formas: poesía callejera (Freestyle Rap), poesía lírica (género literario) y poesía espontanea (sincero y voluntario, sin ninguna pretensión/ambición). Aquí vemos un desfile de autores como Vicente Huidobro, Antonin Artaud, Charles Bukowski, Leopoldo María Panero, Roberto Bolaño, Andrés Caicedo, David Foster Wallace, Bret Easton Ellis, J.D. Salinger, Hanif Kureishi, Jeffrey Eugenides, entre otros, que no solo aparecen mencionados, sino también los podemos hallar en algunos de sus versos o frases utilizadas por Maldonado dentro de la narración en un sampleo, montaje y plagio que cobra al final su propia autonomía y vuelve a la novela en un mash-up narrativo de interesante logro estético.

Huellas literarias nacionales

Oswaldo Reynoso, con su libro Los Inocentes; Julio Ramón Ribeyro en su narrativa sombría que retrata a los eternos perdedores inmersos en una sociedad limeña monstruosa e indolente; Óscar Malca, con sus espiritualidad juvenil y su furia ochentera en Ciudad de M; Jaime Bayly, con su humor sarcástico y desenfrenado a la hora de escribir La noche es virgen; Mario Vargas Llosa en sus primeros libros Los jefes, La Ciudad y Los Perros, Los Cachorros; el Fernando Ampuero de Loreto y Taxi Driver sin Robert De Niro; Niño de Guzman con sus relatos atmosféricos, así como Martín Roldán Ruiz con su Generación Cochebomba y Augusto Higa con la feroz delicadeza de Que te coma el tigre, son algunas de las huellas literarias nacionales que puede encontrarse dentro de El amor es un perro que ruge desde los abismos de J. J. Maldonado, novela que ha sabido sacar lo mejor de cada uno de sus referentes y rendirles un poderoso homenaje.

Última parada

Encontramos en la primera página del libro la conceptualización de lo que pauteará todo el relato de Maldonado. Dice así: “Yo quería que esta fuera una historia de amor, pero como el amor en las mayorías de historias suena a mentira, esta será una historia de terror…”. Quizá el “amor” o la búsqueda del amor sea el leitmotiv central de la novela. Aunque en definitiva no se trata de un amor romántico ni platónico, sino más bien un amor mucho más vital o, en todo caso, espiritual. ¿Qué es lo que buscan los personajes del libro? ¿No es acaso un poco de amor dentro de un mundo lleno de terror? He ahí el músculo del relato, su razón de ser.

Para finalizar, mención especial para el editor de la novela: el escritor y periodista Gabriel Ruiz Ortega. Se nota que ha sabido dar sentido al constructo interno de El amor es un perro que ruge desde los abismos, pues desde la invisibilidad del editor expone un excelente control del caos novelesco de Maldonado, quien en anteriores entregas se definía por un desborde verbal y estructural. En cambio ahora hay en la prosa del autor una tranquilidad o dirección narrativa que engrandece el texto y consolida una voz. De eso se han percatado también otros reseñistas como José Carlos Yrigoyen de El Comercio o Marco Zanelli de RPP Noticias, los cuales han saludado la depuración del estilo en esta novela debut. Todo ello gracias a la sabiduría del editor, quién parece conocer su oficio (la escuela Ignacio Echevarría se nota en la esencia) y, quien además, ya ha dado muestras de su inteligencia en publicaciones como la excelente Todo, menos morir de Alina Gadea y Los cojudos del enorme Sofocleto. 

Bonus Track

Hay tres escenas que me gustaría recomendar a los lectores, episodios narrativos que me impactaron y creo que le dan relevancia a la novela:

  1. Primera Escena: Un episodio perturbador relacionado a una cercana violación. Harold, compañero de trabajo en la limpieza de baños del protagonista Diosito, realiza tocamientos indebidos al adolescente sin su consentimiento. Al final de la escena, Diosito se defiende a patadas y puñetazos, pero esto lo lleva a ser despedido y amenazado de parar en la cárcel. Lo más abrumador de la estampa es cuando en un determinado momento de estos tocamientos, el adolescente cree sentir que algo de todo eso le gusta.
  2. Segunda Escena: En el capítulo 28 somos testigos de un ingenioso monólogo interior que, intercalado por momentos de quiebres realistas y oníricos, muestra las derivaciones (locuras) de Diosito al mejor estilo de Molly Bloom en el Ulises de James Joyce. Aquí nos encontramos ante una lectura adictiva, trepidante, que no permite respirar, como un freestyle de Rap que tiene pocas pausas. Sin duda, el momento narrativo y literario más alto de toda la novela.
  3. Tercera Escena: Un final abierto que sorprende y quiebra al lector. La conclusión de la historia es que no hay conclusión. Sin embargo, hay una circularidad atmosférica en donde el personaje regresa al punto de partida sin ser el mismo. Él lo dice al final: “seré otro Dios”. Potente.  

Por último, y no menos importante, sería interesante ver el libro adaptado en una serie y/o película, así como la disponibilidad de un audiolibro. Tiene todo lo necesario para aplicar a estos formatos: Cine, Televisión y Audiolibro. Sobre todo porque la novela está construida a partir de imágenes en una suerte de mecanismo de montaña rusa: acción, pasividad, acción, pasividad, acción, acción y más acción. Es decir, un formato audiovisual. Un formato siglo XXI.

Puntaje del libro: 8/10

Reseña del poemario Adamar (2020) de Byron Ramírez

por Alelí Prada




El testimonio de Adamar (2020) podría confundirse entre una declaración y un ars poética. Adamar, del latín adamare: amar con pasión y vehemencia, comprende una duplicación; esa segmentación de espejos que completa la dimensión propuesta en este texto.

Al principio, la única luz del génesis es la nada, 
la noche y el día son hilos de la misma prenda
ese diario en blanco (la voz en fuga), esa porción marítima que aguarda el movimiento. 

El inicio sería más bien un preámbulo en el cuerpo terrenal y en el cuerpo macro de la escena.  Se acepta el presagio como se acepta un saludo pre-pelea en algún arte marcial. Las manos, la piel, son un puente en el viaje, no hacia él. El viaje comienza en un límite no tan dibujable por la visión humana, pero sí manifiesto al pronunciar las primeras palabras: grito, isla, agua, profecía, oráculo.

Estos primeros elementos perfilan una ruta de naufragio y una vinculación al regreso. Esta ruta es el regreso a siempre ser un hijo nuevo. La voz se anuncia como solo una consecuencia más de un proceso que la trasciende. Luego, se fija una búsqueda.  Aquí, el corazón de una pregunta / sabe conjugar la luz. La interrogante implica fe, y la fe implica espera. Saber esperar es lo que la o el amante saben hacer. Invertir en la espera, pues ese “abajo” del agua es una descendencia que posiciona a la tierra como un recuerdo derrotado.

La tierra, por su parte, es una especie de bucle, un big bang en dejavú constante. El poeta busca en el precedente del inicio, donde los astros no revelan ni siquiera un signo vital aún. La imaginación de un nombre posible plantea la duda de ¿hacia dónde va la vela del poeta? ¿hacia dónde va el amor en altamar? ¿Es posible que el cielo de pan, todavía, busque un rastro de su infancia? ¿Es posible que lo encuentre?

Esta etapa alberga un letargo elástico que envuelve el mundo de los amores posibles. No del amor, si no de los amores posibles. De las varias historias que nos contamos y nos cuenta el viento, la sal, el olvido. Hay una fábrica del sueño y la realidad. Y, nosotras y nosotros, los amantes, consumimos su producto. Ya lo padecía Segismundo…

Adamar implica despertar bajo el agua. Y no solo despertar de “abrir los ojos”, pues este supone recordar y des-velar. Supone estar siempre de vuelta. Bajo el adamar, si es que lo podemos emplear como un espacio físico, no hay oídos testigos, solo el amante. Siempre es tarde para quienes aman y temprano para morir. El poeta está del otro lado del tiempo, está en la caja con el gato vivo y muerto a la vez. Por tanto, el ayer siempre muere crucificado.

En estas aguas, el tiempo es una categoría relacional y pública. El mundo del amor siempre se va, y el poeta/amante aprende a pronunciarse -no solamente solo– sino que su casa está despoblada cada cierto ciclo; porque el amor es un cosmos que se mueve y se adapta de tamaño, como una casa rodante hacia un norte desconocido. Por eso, ese niño que observa llena su casa de fantasmas para conversar, estimular la memoria, estirar la era en dos lados en forma de puente. Y la sombra de ese puente no predice su propia altura.  El amante no dimensiona sus secuelas (lo que construye antes de pisar esa playa). Todos somos hijos de la sombra. Y, por ello, el tiempo (como facultad) nos excede y nos amamanta a la vez.

La pregunta viva palpita como dominó en el aleteo de una mariposa. Quizás, por eso abrazamos el olvido. Porque el olvido no es abandono, el olvido también es una forma de dejar reposar la memoria. Es una forma de cederle el control a quien realmente nos domina: el tiempo, el agua y el amor como portal, o el amor como agujero negro.  Hablar de las moscas es invadir el silencio para ocupar el espacio.

Ahora bien, hay una decisión. El amante se abraza a una espera sin respuesta, porque el norte es la propia búsqueda. Con las palabras se construye el salto. Y tras toda la farsa, algo sostiene la verdad; pues la farsa no es más que una prenda del tiempo, y habrá que desnudarlo. Este desnudo es incómodo, pero real. Quien ama, recibe el agua en toda manifestación, no solo en su inocencia cristalina. Bucea las cisternas y las grutas, abrazando el misterio. Quien ama sabe que habrá siempre una columna que adopte las luces que revelan, a pesar de que no estuvieran en el inicio de su mapa.

El poeta adama en la infinidad como concepto finito (porque somos las palabras que nos cubren), es una tortuga que se dispone a la marea, construye una plegaria, se quema las manos y ofrece su leña, va rodando su hogar como la piedra de Sísifo, donde el agua tiene -sí o sí- que extraviar al navegante. Donde queda el barro en las manos y un recuerdo a sal en la boca, de algún otro mundo, de algún otro cuerpo.

Escribir la herida te acerca a la historia, a tu historia. El adamar no conoce del autoengaño; se zambulle, consciente del peligro de la mudanza de pieles y de hábitats. Habrá que sentirse con puntería en el extravío. Habrá que decir que sí hay gigantes y viento que los transporte.

Y es desde ahí, desde esas manos hormiga, (no enormes) que se siente el desequilibrio, la injusticia del andar arrebatados de memoria, en calles prohibidas, en mundos sin nombre; es ahí, en ese lugar donde se adama, donde la poesía es el eco (ese perro que persigue su cola), y todos los hijos y los nietos de la historia harán un baile de retorno.

Se adama ahí, con una promesa húmeda en las manos y una caverna abierta hacia la herida del sol, sabiendo que caerá el reino sobre nosotros, sabiendo que Ulises sabe, mejor que nadie, que, después de tantos años, uno entiende la reverencia de la ola y flota.

Alelí Prada es una cantautora, poeta y compositora costarricense. Estudiosa, creadora y entusiasta de las historias, las ideas y los sonidos. Ha participado en diversos escenarios artísticos, desde teatro, música coral, música original, interpretación de canciones, oratorias, recitales de poesía, entre otros. Hoy desarrolla su proyecto como solista con música original y producción literaria. Recientemente, sacó su primer sencillo “Animal” junto a la cantautora colombiana Laura Román en plataformas digitales; anticipando un EP del presente año. Asimismo, además de su primer poemario “Cuando llueve sobre el hormiguero” con la editorial New York Poetry Press, algunos de sus textos se pueden encontrar en la antología “Y2K” de la Editorial Estudiantil de la UCR, en “Desacuerdos” del proyecto Escritoras Aflorantes, “Antología de poesía joven costarricense” por parte de Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, la revista Liberoamérica, Oxímoron, Atunis, entre otras

El poder de la piedra

por Margarito Cuellar



Recién tuve la oportunidad de leer Se llamará piedra de Fermina Ponce y mi primera impresión es que establece un punto de unión entre la lluvia y el llanto, entre el río y la mirada, desde donde florece el canto de la tierra.

Este primer trazo parece definir la ruta de los poemas de la poeta colombiana, que de varias maneras propone un recorrido por el atlas de la poesía en varias direcciones. En una de estas rutas está el deseo como un abrazo encendido que se oculta del frío. En otra, la palabra, el lenguaje o el poema, y a partir de ello establece un diálogo con el silencio y los susurros. ¿Pero, el silencio es diálogo o vacío que espera ser llenado gota a gota al paso del tiempo?

En un sentido el poema es nido y objeto de búsqueda del yo poético de este libro. El poema puede estar en todas partes o en ninguna, donde “todas” partes” puede ser dios, la infancia o el jardín. Al otro lado del espejo están los seres que iluminan desde la oscuridad: Lorca, Van Gogh, Poe, Jorge Teillier, Nicanor Parra, Vallejo.

Luego está también el lenguaje como materia para moldearse y en este sentido, gracias a la creación poética las flores del mal pueden convertirse en las flores y el mar. También se hacen presentes un par de haikús, bonsáis capaces de atrapar el mundo en una mirada. El libro habla también de los contrastes entre la nieve y el paisaje soleado, aunque a veces el sol es un villano que se niega a desplegar sus rayos.

Lo fugaz también es fruto de este árbol de poemas: en sus páginas viaja también la locura, la esquizofrenia, el delirio, alternando con el deseo y el encuentro amoroso.

La fuente de la poeta Fermina Ponce parece ser inagotable. En ella confluyen las líneas fronterizas, la condición de la mujer, los migrantes y hasta la pandemia. Y justamente es la pandemia la última estación de este libro, abordada de una manera discreta, con imágenes, como una interrogante al suelo que pisamos y al cielo que nos cubre.

En fin, el libro es un despliegue de imágenes y sensaciones, de sentimientos y evocaciones y es también volver la mirada a la tierra, a lo sublime, a lo que se queda y a lo que se va, pero que de alguna forma hecha raíces y plasma la experiencia de la vida en palabras.


Margarito Cuellar. Escritor y periodista mexicano originario de Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, México. En el campo de la poesía es autor de una veintena de títulos, entre ellos: Heridas luminosas que se quiebran (Universidad del Externado, Bogotá, 2021); Nadie, salvo el mundo (Moguer, Huelva, España); Señales luminosas bajo el cielo de cobre (Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2020); Poemas en los que nunca es de noche (Ibáñez, Bogotá, 2019). Premio Hispanoamericano de Poesía Festival de la Lira 2019 (Banco del Austro, Cuenca, Ecuador). Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2020 convocado por la Diputación de Huelva, España con Nadie, salvo el mundo. Su libro Ensayo sobre la belleza y el desorden de las cosas obtuvo en 2021 el Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador (Salamanca, España). Sus textos poéticos han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, portugués, alemán, griego, chino, búlgaro, rumano, ruso, árabe, italiano, uzbeko, danés, croata, latín, euskara, bengalí, catalán, letón, hindi, islandés, quechua, maya y armenio.


SOBRE SE LLAMARÁ PIEDRA

por Mateo Mansilla-Moya

En 2021, el sello neoyorkino Sudaquia Editores, en su colección “El Gato Cimarrón”, publicó el libro Se llamará piedra de la reconocida poeta colombiana Fermina Ponce. Un título que, sumándose a la extensa trayectoria literaria de la autora, viene a reafirmar la calidad de su trabajo poético, y cuya lectura nos transporta por ricas imágenes sensoriales que dotan con sentido de verdad a quien los lee.

Se llamará piedra, con un lenguaje claro y figurado, es una exploración y un (re)descubrimiento –poético– de lo cotidiano, en el que la poeta aborda el amor (también desde lo erótico), la locura, la esperanza, la alegría, y numerosos temas cuyo carácter universal admite lecturas sin límites espaciales ni temporales.

No únicamente a través de la apertura sensible de la autora a lo que sucede a su alrededor, sino también por medio de poderosas imágenes, Fermina Ponce logra generar un diálogo con sus lectores que coloca como centro de atención el acontecer de la normalidad y su relación personal con el entorno, deviniendo experiencia compartida y, por ende, una guía para acercarnos a la cotidianeidad desde otra perspectiva, una más musical, y con mayor minucia.

En los poemas que componen este libro, el estrecho vínculo que existe entre los sentires y la naturaleza se asoma en múltiples metáforas en las que, como diría el poeta Margarito Cuellar, se “establece un punto de unión entre la lluvia y el llanto, entre el río y la mirada, desde donde florece el canto de la tierra”. Sirva este fragmento (de Sol de papel) como ilustración:

Soy una nube sin nombre con cuarenta letras
encima,
cuarenta oraciones extraviadas.
Tal vez, una vez, un día.

Los versos de Fermina Ponce son también visitados por los fantasmas de los autores a quienes algunos temas aluden: Poe, Van Gogh, García Lorca, Nicanor Parra; y hacen referencia, también, a quienes como ella son mujeres y son migrantes. Leamos este fragmento de Gato:

Tengo un gato negro
me roza como si le perteneciera
llueve y no me mojo
el aire es denso nadie respira.

Los poemas de Fermina Pone en Se llamará piedra llegan, en 2021, a pesar de la pandemia, como el registro de una sensibilidad que, aun durante el encierro, se manifiesta viva, ardiente, atenta a la existencia.


Ponce, Fermina. (2021). Se llamará piedra. New York, NY: Sudaquia Editores. P. 136.

Reseña del poemario “El cuerpo del silencio”, de María Agustina Pardini

por Sandra Peralta


A pesar del impacto que ha tenido la pandemia en el mundo editorial, se han publicado joyas como “El cuerpo del silencio”(2020), vio la luz a finales del año pasado en la editorial Buenos Aires Poetry. Este primer poemario de la traductora y escritora argentina, María Agustina Pardini, nos revela una naturaleza invadida por el mundo “civilizado”; un mundo natural que resiste a las manos humanas en silencio, como las raíces que se cuelan por debajo de la puerta de una casa vacía, reclamando su espacio. En sus páginas, también habitan animales enjaulados que rememoran la libertad mientras aspiran su último aliento; y ballenas que tiñen con su sangre el océano de rojo

“Enjaulado en la inmovilidad, en el olvido 
abriendo sus alas como un prisionero 
midió el tamaño de la jaula”.

El silencio es un arma de doble filo, los cuerpos que han sido acallados avanzan y sobreviven en silencio. El silencio es la muerte, pero también la vida. Los poemas de María Agustina Pardini nos transportan a lugares remotos, donde yacen ocultas reminiscencias de antiguas civilizaciones, territorios donde la naturaleza y la humanidad coexistieron en una especie de simbiosis. El poema “Sigiriya” nos coloca en las alturas de Roca del León, en Sri Lanka, India, un espacio natural intervenido por las manos humanas.

Los poemas que encontramos en este libro discurren por olas, aguiluchos, árboles, caracoles, hojas, océanos, cardones, gorriones, olivos, ríos, colibríes, rosas, venas y cuerpos; son un recorrido por las diferentes estaciones, el paso inminente del tiempo, la puesta del sol y el ocaso. Una naturaleza que permanece y aguanta en secreto, y como telón de fondo ve pasar a la humanidad.

“El cuerpo del silencio” es una propuesta lírica que nos conduce necesariamente a reflexionar sobre nuestra relación con el medio ambiente y la naturaleza animal, visibiliza a esos cuerpos que han sido desplazados y que reivindican sus territorios.

Sandra Peralta Espinosa. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México.  Es especialista en marketing digital y actualmente participa como community manager en la Editorial Almadía. También se desempeña como correctora de estilo y copywriter para diferentes marcas y proyectotos. Ha colaborado en la Revista Folios,el Cardenal Revista Literaria y la sección cultural de Arena Pública