Las estaciones errantes

por Manuel Jorge Carreón Perea


Cuando la conocí, en primavera, no tenía dinero para invitarla a cenar o al cine, así que me las ingeniaba para pasar tiempo con ella sin gastar. Al principio no era tan difícil. Nos quedábamos en su apartamento viendo una película, jugando backgammon o platicando historias de la vida antes de nosotros.

Cuando sentí que su interés en mí disminuyó, opté por leerle en voz alta algunos de mis cuentos favoritos. Empecé con los de Kafka; seguí con El ruletista de Mircea Cartarescu. También los contenidos en El exilio y el reino de Camus. Hizo el mismo ejercicio que yo y gracias a ella conocí a varias autoras y autores a los que no me hubiera acercado como Odisea para el espacio inexistente, de M. B. Brozon o El desafío de Vargas Llosa, aquel autor que se ha ganado más animadversión que lectores por sus ideas políticas.

Así pasamos varias tardes de sábado y domingo, disfrutando del clima apacible de la Ciudad de México en verano, leyendo y escuchando a Cigarettes after Sex y Belle and Sebastian, disfruntando de nuestra parcela de felicidad.

El verano se fue con la celeridad de los momentos felices y empezó el otoño. Ella usaba su gorra de los Dodgers de los Ángeles para hacerme enojar y mofarse que, nuevamente en cinco años, los Giants de San Francisco no habían alcanzo la postemporada. Yo disminuía mi consumo de cigarros conforme los días de la temporada de hojas secas avanzaban.  Seguía sin dinero, pero feliz a su lado.

Compramos boletos para el primer concierto de Interpol en el país en dos años – un verdadero record –; me besó cuando pagué los tickets, prometiendo cantar a mi lado Not even jail. Otro momento de felicidad.

En invierno ella tuvo muchísimo trabajo y yo –aún cuando no estaba del todo desempleado, mi actividad laboral era mínima– la miraba trabajar en el café al cual asistíamos todas las mañanas. Los empleados nos trataban estupendamente y siempre cada tercer día traían nuevos libros para que yo me entretuviera. Recuerdo pensar que sería lindo, cuando nos casáramos, invitarlos a ellos al brindis de honor. Al final se convirtieron en personas determinantes para nosotros.

La primavera volvió, pero no las partidas de backgammon o las películas. La felicidad sí se quedó.


Manuel Jorge Carreón Perea. Filósofo. Ha publicado minificciones en Cardenal Revista Literaria y en Mood Magazine, y artículos académicos en diversas publicaciones de investigación en América Latina y Europa. Es Consejero en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.

Diez minificciones de Chris Morales

por Chris Morales


Momentos de oro

Cada día probaba sus galletas de mantequilla. El sabor, el olor, la textura hacían sentir a «Muñeca» —así le decían sus papás— una niña amada. Su mamá las horneaba; papá servía la leche y juntos las saboreaban. El deleite mayor se originó al comer muñecos de jengibre. 

   Un año después, cuando llegó un nuevo integrante a la familia, «Muñeca» quiso hacer suculenta y especial su estancia, así que, lo puso sobre la mesa. Aunque le costó mucho prender el horno y conseguir algunos ingredientes, su hermanito quedó bien tostado, crujiente, listo para probarse con leche y reforzar el amor de familia.


Por amor

No podía dejar que mi padre sufriera a causa de esa enfermedad crónica degenerativa. En realidad, todos le tememos al dolor. Lo bueno que la muerte le llegó casi de manera instantánea. Ahora él descansa y yo también, pues el día del atropello le quité las placas al auto.


Evocación

Hoy estaba pintando la recamara de mis padres cuando me topé de frente con el retrato de mis abuelos. Los miré fijamente a la cara: él, sonriente, luciendo pícaro bigote; ella, seria (hasta podría decir que un poco triste). Regresé a mi labor y terminé por pintar flores en la jardinera, gallinas en el tronco de un árbol, vacas y caballos pastando, marranos comiendo en un chiquero y mazorcas apiladas en la casa de provincia donde creció mi madre. 


Viaje sin fin

Había llegado nuevamente a la terminal sin que nadie le dijera que debía bajarse del vagón. ¿Cuántas vueltas más daría a la línea entera? No ha caído en la cuenta de que la última vez que atrajo la atención de la multitud fue al aventarse a las vías del metro cuando éste entraba a toda velocidad a la estación.


Costumbre

Tantas veces había batallado al ponerse su maquillaje. En el microbús, en el metro. En el tren suburbano se molestaba cuando no alcanzaba lugar, aun así, maniobraba para llegar siempre arreglada al trabajo. Sus rápidos ascensos le permitieron comprarse un auto.

Ahora, no le perturbaba nada, iba muy cómoda. De hecho, fue maquillada por otros para llegar hermosa al velatorio. Se le olvidó que su vehículo nuevo debía ser conducido por ella misma.


Sueño libre

Varias noches no pude dormir: tuve pesadillas. Soñé que te ibas para siempre con tu amante. Hoy, por fin se hizo verídica la acción y me quedo en la soledad de una casa grande. Más vale la certidumbre de una realidad, que un descanso perturbado.


Locura

Cuando gozo una paleta, me sabe a Dulcinea. Cuando saboreo un caramelo, me sabe a Dulcinea. Cuando disfruto de un pan, me sabe a Dulcinea. En el baño de la escuela escribí: Miguel y Dulce, una aventura para siempre.

Lucharé contra esos gigantes ─los edificios─ que nos separan día a día y llegaré a tu encuentro. Mi amigo, Pancho Panzas, me dice que estoy loco. Yo le contesto que sí, que estoy enamorado.


Retorno

Extrañaba salir al parque, sentarse ─con su andadera a un lado─ sobre una banca y alimentar a las aves.

Esa mañana escuchó un organillo en la calle. Tocaron el timbre. Entusiasmada, sacó su mano por la ventana y roció con alpiste el sombrero.


Liberación

Caminando por las calles de su nostalgia, la encontró tirada al pie de un árbol. La levantó y se la llevó a su escritorio. Redactó sobre ella sus más grandes anhelos. De tinta usó sus lágrimas. Después la liberó por la ventana, apreciando su suave y acompasado vaivén. Sabía que sus sueños —por muchos que fueran— no lo suspenderían en el aire como aquella hoja. Se estampó primero en el piso.


Doble jornada

Hoy volví a cumplir mi sueño: convertirme en agente secreto y escabullirme entre las calles de la ciudad hasta localizarte. Vi las caricias a discreción, los jugueteos y, con mis binoculares, mis pupilas pudieron colarse entre las persianas del departamento que compartes con tu amante y ver la concreción de sus devaneos ilícitos. La tarea fue muy ardua; tanto, que me desperté mucho antes de que sonara el reloj. Mis grandes ojeras me dicen que mi trabajo real estará peor que el onírico.


Chris Morales. Actor y escritor mexicano de textos dramáticos, cuentos y microficciones. Ha publicado en diversos sitios de internet, revistas y antologías electrónicas. Compiló, al lado de José Manuel Ortiz Soto, la antología Pequeficciones. Piñata de historias mínimas. Dos de sus obras de teatro fueron galardonadas por la Asociación de Periodistas Teatrales en el 2007 y 2016. Egresado de la UACM en la carrera de Creación literaria y combina las letras con las artes escénicas en la Asociación Civil JADEvolucion-arte desde hace 15 años.

Tres minificciones de Marcos Rodríguez Leija

por Marcos Rodríguez Leija


Ana

Ana la llaman, Ana “La Nana”. Cada mañana abraza la danza amarga: alza la casa, lava, plancha.

La carga cansa, acaba. La ama maltrata, paga mal. Ana calla, agachada. La ama, Sara Lara (dama malvada, capataz), la manda a labrar.

Ana acata cansada, labra la granja, amarra las parras, trabaja, trabaja, trabaja… Al acabar, Sara la amarra a la cama. Hasta la mañana la para. ¿A yantar? ¡Para nada!

—¡A trabajar, haragana pagana! ¡A trabajar, zángana!

Ana acata. Cansada abraza la danza amarga. Al acabar, acaba amarrada.

Ana trama matar a la ama. Al llamarla para trabajar al aclarar la mañana, Ana agarra la pala, ataca sagaz, la mata. Sara sangra. Ana la ata, agarra la pala, cava… Al acabar arrastra a la canalla al parral, a la zanja cavada. Al zamparla, la tapa.

—¡Rata malvada! ¡Larva!

Acabada la zangamanga tramada, Ana “La Nana” va tras la gata, la atrapa, la abraza.

Ana danza sardanas, alaba a Satanás. Satán alaba la hazaña.

Ana danza halagada, canta… canta…


Dios

Dictador de doctrinas, detentador, Dios dice: —¡Discípulos, dadme dinero, derramad dádivas dignas de Dios!

Decepcionado, Don Diablo, decente decano de demonios, decisivo dice: —¡Dios, deja de defraudar discípulos!

Disgustado, Dios desafía: —¡Defiéndete Diablo!

Defensivo, Don Diablo dice: —¡Desvergonzada deidad decadente, deja de delinquir!

¡Demuéstranos dignidad! ¡Déjate de discursos disparatados! ¡Danos democracia!

—¡Diablo..! ¡Déjate de diatribas! —Dios, desatado, desenfunda… dispara…

Don Diablo desfallece dolorido.

Dios, deidad divina disfrazada de diablo, desmoralizado determina desenmascararse.


Del porqué llevo un niño tatuado en el pecho…

Por una sencilla razón tengo en el lado izquierdo de mi pecho el tatuaje del niño que fui hace muchos años.

Durante un viaje a la Polinesia conocí a un viejo indio samoano. Él me dijo que el tatuaje es eterno e inmortal, trasciende al cuerpo después de la muerte.

Los samoanos se tatúan desde tiempos remotos. Yo no sé si ocurre siempre con todos los de su tribu o la fe de aquel hombre era tanta que logró salir de su ataúd y se elevó hasta desaparecer en el firmamento. Cuando llegó el fin de su existencia, se transformó en el dragón que llevaba pintado en todo su cuerpo.


Marcos Rodríguez Leija nació en Nuevo Laredo, Tamaulipas (México) en 1973. Sus textos son utilizados como herramienta para aprendizaje del español por el Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE) de la UNAM, por el portal académico del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la UNAM y para la formación académica en la Universidad “Mary Hardin Bylor” de Belton, Texas (Estados Unidos), entre otras universidades. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2000-2001. El Instituto Histórico e Geográfico do Maranhão de Brasil le otorgó en 2013 la presea literaria “Gonçalves Dias” y en 2015 su obra fue considerada de Interés Cultural Latinoamericano por el Senado y la Cámara de Legisladores de la República de Argentina durante el Bicentenario del Congreso de los Pueblos Libres.

Selección de «literominutos»

por Gerardo Allende


Cafetera

Friolenta mañana amenazaba con condensar los impulsos de aquel despertar. Los ojos pesados, la mano izquierda dormida y la derecha indiferente. Las piernas indispuestas. Los oídos apenas podían evitar irritarse ante las ondas que, tras la ventana, anunciaban que el mundo administrado se ponía en marcha para repetirse en novedades prestas a ocupar un espacio en la anecdótica realidad. Mi boca saboreaba la espesura de la noche, dejando al olfato juzgarla como mal aliento. El estómago, aún indispuesto para cumplir sus funciones, no soportaría más que un trago de agua. Poco esfuerzo haría por levantarme. Poco interés tenían mis ojos de mirar las mismas manchas del mismo techo. Poca voluntad podía agenciarme para hacerme responsable de mi existir. El frío no cedía, aunque incluso bajo las cobijas podía percibir que los rayos del Sol se esforzaban por reflejarse en cualquier partícula a su alcance. De pronto, un aroma cruzó la puerta de mi alcoba informando sobre un café recién hecho. ¿Quién lo preparó? ¿No estoy solo en casa? Pensé que estaba solo. Siempre me pienso en soledad.


Insuperable

Reímos de lo que habíamos creído insuperable, afirma Max Striner, uno de los anarquistas más sugerentes. Yo no soy anarquista, nadie es perfecto. Pero sí sé lo que es reír cuando lo insuperable deviene vivible y deseable. No la risa simplona del que desestima lo pasado y lo remite al reino de lo anecdótico; no la risa sardónica del que pretende ponerse por encima de la realidad y se arroga el mérito de superar lo insuperable. ¡No! Ni simploneria ni arrogancia. Solo la certeza de saber que, cuando me reduzco a mi verdadero tamaño, los problemas de mi vida se vuelven divertidos.


Partir

Lo último que le quedaba por vender era la máquina de escribir que su padre le había heredado. Pasarían por ella al mediodía y esa certeza lo mantuvo despierto aquella noche en que la lluvia no dejaba de estrellarse en su ventana. El insomnio se estiró hasta la madrugada, tanto que antes de que amaneciera tomó una hoja en blanco y la insertó entre los engranajes que resistían para no oxidarse. Con los dedos sobre las teclas, postergaba la escritura eligiendo las últimas líneas que escribiría. <<jrveor9er493435ijpgvbojopbjbolkb33333oj3pvnfve>>, tecleó sin paciencia antes de dejar presionada la barra espaciadora hasta escuchar la campanita que anuncia el fin del reglón. ¡TIIIIN!, escuchó. Y pudo, finalmente, ponerse a empacar.


Tarde atardece

Tarde atardece en el umbral de los devenires dispuestos a desvanecerse. Las escaleras conducen al refugio de mis temores. Ahí, descifro las cacofonías de desesperadas pretensiones. Finjo que el azar es el anonimato de la necesidad trazado con las tintas de la libertad. El azar (continúo fingiendo) es la necesidad jugando a ser libre, es su infancia, su risa. Y así, abandono aquella banca que queda sola, cual flauta en Sinfonía Fantástica, la de Berlioz o cualquier otra. Aquella banca, esa que otrora estuviera plena de felicidad, ahora resguarda un desierto y una complicidad. Ahora se ausenta de aquellas esperanzas de resonancias que rutilan. A veces la felicidad consiste en apagar la tristeza, pero cuando el agua de la paciencia se agota y la humedad del presente sofoca, no queda más que a-hogarse, es decir, quedar sin hogar, sin lugar… vacío, como el atardecer que tarde atardece.


Matinal península

Volteo a la derecha y miro a través de la ventana. Sobre el muro recién pintado de blanco sobresale la copa de un árbol que le coquetea a la primavera con sus flores naranjas. No es un naranja intenso, no, es una naranja que parece que danza tras el zumbar de los vientos de la mañana. Devuelvo la vista a la sala. Estoy rodeado de personas que se toman muy en serio sus pesadillas, es decir, que ríen de la realidad. De gracia en gracia toman la palabra y alivian con paciencia su experiencia, mientras esperanza reposa en la frágil actualidad.


Soltar

Después de una caminata acompañada por calores y en que la brisa rápida soplaba y los flamboyanes se resistían a desflorar, llegué a aquel café al que hace algunos años le doné unos cuantos libros. Después de pagar un café más cargado de costo que de cafeína, me quedo postrado frente al librero para percatarme de que muchos de mis libros ya no están.

Me siento traicionado ante su ausencia. Pero reparo un momento y más bien me alegro de que esas letras que pensaba que me pertenecían, hoy viajan acompañando otros pasos, otros afectos, pero, sobre todo, otros defectos… como esos que me trajeron de nuevo a este café.


Autoengaño

Los días más felices de mi tristeza los pasé acalorado, soportando los rayos del sol como si fueran designios del destino. Me sentía extrañado por estar finalmente en casa. Me sentía arropado ante la presencia de rostros indecidibles que me enajenaban. Intenté no llorar y fracasé. La soledad, mi cómplice, me hundió en armonías que refrescaban. El naranjo y la palmera siguen de pie, deshojando en el agua de la alberca su sobria sequedad. Voy a esperar, sorbo a sorbo, a que en el café oscilen los deseos de ocurrencias planas. Voy a esperar a que todo pase, a que nada vuelva. Quieto, como una siesta sin sueños.


Tú y yo

Solo soporta la crítica quien es capaz de entender que es una práctica tan creativa como la creación misma; que su mundo, como el del creador, es el de la imaginación. Que sus afirmaciones no son juicios de valor, no deciden entre lo bueno y lo malo, sino que, como las creaciones, son insinuaciones de realidad, de lo posible y lo deseable.

En este mundo compartido de la imaginación, el creador realiza lo imposible como deseable; mientras que el crítico desea lo no realizado como posible. La creación y la crítica no se complementan, pero deben soportarse. La creación y la crítica no se necesitan, pero es justo esta ausencia de necesidad en donde el reconocimiento mutuo es recreación en plena libertad.


Amigo

Manuel no está en la ciudad, pero está en buenas manos. Es un alivio saber que no está con alguien que necesita fingir tanto la sonrisa para ocultar su infelicidad. Es un alivio saber que nadie le embarrara una lágrima en los labios con los dedos como gesto dramático.

Atena, la nueva novia de Manuel, tiene una sonrisa natural; Atena, además, tiene de qué platicar.

Ayer, en una foto de Instagram, los vi sentados en el avión para partir al sur del continente. Le di like tras la certeza de que, con ella, por más que se aleja, Manuel siempre estará en casa.


Información

Las noticias no dan cuenta de lo acontecido. Se limitan a indicar los incidentes de lo que ocurre en la superficie. Cambio de canal y en todos informan lo mismo. La opinión de la gente en las redes es tan divergente que se agota en la irrelevancia. A lo lejos se escucha una turba que provoca un tumulto de sonidos desperdigados. Siento miedo. Apago el televisor, salto de la cama y sin ponerme las pantuflas me asomo por la ventana. Parece que la turba se ha dispersado. La ventana está abierta, así que no pierdo oportunidad para encender un cigarro. El vecino de enfrente, al otro lado de la calle, hace lo mismo, pero él no puede verme.


Tedio

Aquella tarde ya no llovería. De hecho, el sol se atrevía a asomarse por los resquicios del cielo que el gris no alcanzaba a ocupar. Debajo de un árbol, Melina intentaba remangarse los pantalones para seguir caminando sin que se le mojaran. Aquella calle llena de charcos la conduciría al encuentro con su habitual existir.

Alonso ya estaba sentado en el café, leyendo a Pessoa mientras Melina arribaba. Cuando esto sucediera, la besaría en la mejilla y le pediría un café; Melina lo bebería en silencio, sin prisa y dejando que sus miradas se perdieran en cualquier cosa que no fueran los ojos de Alonso. Al terminar, dividirían la cuenta y volverían a casa por la misma calle encharcada, con la única certeza de que aquella tarde ya no llovería.


Tiempo

–No es fácil respirar– de la nada le dijo Paulo a Lupita, –si lo fuera, estaría sujeto a nuestro libre arbitrio, como el pensar.

–Aja– respondió Lupita, esperando más razones para convencerse.

–Pensar es muy sencillo. Hasta yo lo puedo hacer -dijo Paulo, con un tono irónico que Lupita no logró captar.

–Aja…

–Respirar… ¡eso vaya que es complicado! De solo pensarlo, lo cual es sencillo, me sofoco hasta perder el aliento. -exclamó Paulo.

–Aja…

–La memoria es el pensamiento respirando; es fácil recordar.

–Ajá…

–…el olvido, por el contrario, es la respiración pensando; no es fácil olvidar.

–Ajá…


Gerardo Allende Hernández. Capitalino de nacimiento, yucateco por convicción. Docente en la licenciatura de Letras y Literatura Moderna de la Universidad Modelo (Mérida). Miembro del Taller de Escritura Creativa del Centro Estatal de Bellas Artes de Yucatán.

Colección de «literominutos»

por Manuel Jorge Carreón Perea


A veces pregunto la hora a la primera persona que encuentro en la calle. Algunas, con una agradable paciencia, después de informarme la hora y minutos se despiden de mi con una sonrisa. Otros tantos (aunque son los pocos) se niegan o siguen su camino.

Al llegar a la oficina saludo a todos, pregunto por su noche anterior o por su fin de semana si es lunes. Sin embargo, aún cuando converso con setenta y cinco personas en ese sitio, realmente no hablamos de nada. Somos los mismos siempre y cada vez nos conocemos más. Pasamos de ser desconocidos a compañeros y después a extraños. Como diría de Gaulle “la familiaridad genera desprecio”. También soledad.


Una habitación de tres paredes. Es la estructura menos prática en la que he habitado. Vivir en un triángulo rompe mi percepción sobre las cosas y me sitúa en un conflicto que me persigue casi todo el día.

Al despertar, el horizonte amplio y claro que te proporciona un cuarto con cuatro paredes simplemente no está. En cambio, tengo un panorama que se va acotando poco a poco mientras se va oscureciendo conforme mi vista avanza a su final. Y es ahí en dónde no encuentro el final, dónde siento que todo, aún en su perfecta geometría, está mal.


Una resaca de proporciones homéricas. O biblicas, si es que existe diferencia. De cualquier forma tenía que tomar una ducha, vestirme e ir a ver a Paula. No tardaría en sonar mi teléfono con una llamada de ella. Me reclamaría lo de siempre: que soy un desconsiderado, un impuntual, que por qué hacía planes a determinada hora si no pensaba llegar a tiempo… en fin, lo mismo de siempre pero en un día diferente. Y tenía razón. No había forma de poder contradecirla.

Me levanté y tomé el celular. Me adelantaría a ella. Por primera vez yo sería el de la iniciativa.

Sonó tres veces. Me contestó con su voz melodiosa y dulce.

─Hola… ─

En ese momento colgué el teléfono. Entré en pánico.


La amistad nace de forma imprevista, pero se consolida con pequeñas señales y con gestos súbitos, por ejemplo, un libro.

Hace tres lustros, cuando apenas comenzaba a conocer a H., quien siempre citaba a Foucault en las aulas, supe que tenía la casi totalidad de obras del autor francés en español, faltándole sólo una: Yo Pierre Riviere.

En un paseo por el centro de la ciudad, un vendedor Ambulante de libros tenía precisamente ese libro, pero las pocas monedas que tenía en mi bolsillo eran insuficientes para comprarlo. Sentí una angustia. Tan cerca y tan lejos. Fue en ese momento, por una preocupación súbita, que supe que deseaba el libro no para un compañero, sino para un amigo.


Las mudanzas siempre son aparatosas. Aún cuando tengas pocas cosas, al momento de trasladarlas a otro sitio parecen multiplicarse. Te encuentras con objetos que no recuerdas cómo llegaron a tí.

También son múltiples los motivos para llevar a cabo una mudanza: cambio de trabajo o una ruptura amorosa.

Mientras guardaba mis libros en una caja de cartón, encontré “De brevitate vitae”. Tenía años sin verlo. Pensé que lo había perdido.

─¿Le tienes mucho afecto a ese libro?─ me preguntó Paula con una voz dulce y tranquila.

─Me gusta mucho Séneca─ contesté desanimado.

─No te pregunté eso. Vaya que eres complicado.─

No supe qué decir. Tampoco quería discutir.


Manuel Jorge Carreón Perea. Servidor público y escritor.

Sobre la piel y otra minificción

por Edgar Nuñez Jiménez


Sobre la piel

para Raúl Alejandro Moreno

A veces una ráfaga de estrellas baja volando de mi pecho a mi ombligo y va dejando una estela brillante sobre los rastros, casi invisibles, que ha dejado el vitíligo sobre mi piel.

–No, Raúl, no estás solo –escucho que dicen. Y siento un leve cosquilleo en el brazo, a la altura del codo, en la espalda o en mis piernas y pantorrillas. 

Me remuevo sobre la cama y escucho el silencio de la noche. Desde que todos desaparecieron, sin decir a dónde, me contento con ver las estrellas detrás de las rendijas y escuchar los susurros que se desprenden de las tinturas.

Cuando la luna sube alta y deja caer su brillo sobre los escombros, es cuando me siento menos solo, mis tatuajes se remueven como un latido y danzan alrededor de mi cuerpo como en un caleidoscopio.


Gigantes en la casa

para Gildardo

Veinte hombres vestidos de rojo entraron a tropel a la casa de ladrillos. Mi abuelo los recibió en el patio y les acomodó los espejos de sus frentes.

–¿De dónde vienen, mamá, estos hombres de tierra?

–No tengas miedo, se irán pronto, solo vienen a danzar.

Se sentaron en el suelo a comer sin quitarse los penachos de papel. Enviciaron todos los rincones con su presencia.

–¿Y usted es el chunco, verdad? –preguntó un anciano imperturbable de ojos verdes.

Moví la cabeza en señal de negación.

–Sí, usted es el último, el último de la estirpe.

Mamá al fondo servía pocillos de comida. Padre atizaba los leños.

Los hombres viejos y jóvenes me miraban. Y de pronto sentí frío y vi que sobre la sierra se empujaban las nubes hasta pulverizarse.

–Quizá llueva más tarde, vendrá el norte –dijo uno de los más viejos.

–Sí, puede que llueva –corearon los más jóvenes.

Descansaron sus penachos sobre el suelo. Los espejos que los adornaban emitían destellos.

Comieron, se saciaron hasta el hartazgo, tiraron el trago sobre la piedra e injuriaron a los dioses. Al alba, antes de que la llovizna mojara las calles, me tomaron de la mano y, danzando, me arrastraron hacia afuera.

Mamá y papá no pudieron hacer nada, cerraron las puertas por dentro sin siquiera sollozar.


Edgar Nuñez Jiménez.  Nació en Copainalá, Mezcalapa, Chiapas. Ha aparecido en los libros En-saya. Antología de ensayos universitarios (Universidad Veracruzana, México, 2013), Brevísimos (Ediciones Equinoxio, Argentina, 2019), Esto solo podía pasar en verano (I Concurso Informal de Microcuentos de Verano, España, Tenerife, 2019), Perros (Ediciones Sherezade, Chile) Gatos (Ediciones Sherezade, Chile, 2019), Diversidad(es). Minificciones alternas (El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2020) y en Los excéntricos (Lapicero Rojo Editorial, México, 2020). Textos suyos también aparecen en la Antología Virtual de Minificción Mexicana (México).

Tres minificciones de Sara Mateos

por Sara Paola Mateos Gutiérrez


Siseo sibilante

¡Sal, Soledad! Susúrrame sabios sonidos, sorpresivos silencios, suaves soliloquios. Septiembre suena sarcástico, sus sombras sólo saben silbar. Sí, Soledad, siempre sueñas soleadas selvas, semillas sabor sal, símbolos seniles. Suma semanas, segundos, sirenas. Suelta soledades, saborea sufrimientos, sutura secretos, seduce solsticios, siembra sueños. ¡Sálvate!


El plagiador

—¿Quién castigará, por fin, el plagio de su vida, su Señoría? No duerme tranquilo porque a media noche siente la comezón de un lápiz y unos ojos que hurgan entre su carne para arrancarle la existencia en unas páginas apretadas que, dicho sea de paso, lo han reducido a ser un escribiente apático y grisáceo que no sabe decir más que tres palabras. 

Que uno plagie a otro constituye, según su ley, un delito; que se plagie a sí mismo resulta hasta ridículo, pero que sorba la savia de estos seres etéreos, mal llamados “personajes”,  ¿no es un acto criminal?

—¿El demandante exige algún tipo de compensación?

Preferiría no hacerlo.


Sobre la corrección de textos

En recuerdo de Montaigne.

Es la agudeza un aparejo imprescindible en la corrección de cualquier tipo de texto, por eso yo la aplico toda vez que hago una revisión. Si se trata de un escritor primerizo, con más motivo recurro a la perspicacia, hojeando el tejido con ojos frescos; luego, si lo hallo con demasiadas erratas, consulto mis prontuarios. La norma de poder corregir todo menos el estilo es una máxima del corrector, y de las más importantes. A veces procuro convertir un texto semejante al tapete del baño en el tapiz de una bella estancia, buscando qué puntadas y qué nudos lo refuerzan; otras, mi sutileza pasea su vista en un tejido tan armoniosamente colorido en que ningún matiz puede corregirse, puesto que las frases están tan bien trenzadas que no hay más alternativa que admitir su coincidencia o acertada excepción de las normas lingüísticas. En los primeros la corrección se transmuta en coautoría, se escoge el tipo de figura que mejor conviene, y entre mil estambres se prueba que este o aquel son los más resistentes. Escojo, de ser posible, el primer manuscrito que vea; todos los temas para mí son atractivos y nunca formo el designio de volverlos perfectos, pues ninguno me devela por entero su sentido y significado: no garantizan otro tanto los que escriben críticas al suponer que entendieron todos los aspectos de una obra. De tantas posibles formas de lectura que cada una ofrece, prefiero la placentera, ya para disfrutarlo solamente, ya para desmenuzar la trama, a veces para llegar hasta su armazón; reparo en la cadencia y ritmo de las frases, no con severidad, sino con toda la musicalidad que me es permitida, y las más de las veces tiendo a releerlas con el hipérbaton más improbable. Me atrevería a escribir yo sola un libro si me conociera menos y tuviera una idea errónea del valor del corrector de estilo. Rehaciendo un discurso patriótico aquí, corrigiendo un reglamento allá, como retazos separados de la alfombra de los géneros, variables, sin reconocimiento ni publicación, no estoy obligada a figurar en los créditos o eventos públicos, ni a concentrarme en escritos de una sola textura; corrijo en el telar cuando bien me parece, sumergiéndome en el murmullo y el silencio de las palabras, y a mi ambiente habitual, que es el diálogo interno.


Sara Paola Mateos Gutiérrez (Puebla, 1995) estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía en  la Universidad Iberoamericana Puebla. En 2016 fue ganadora de la beca de creación literaria del PECDA, dentro de la categoría “Jóvenes creadores: cuento”.  Ha publicado textos literarios en las revistas Contratiempo, Crítica, Cuaderno de hojarasca, Rúbricas, Argonauta y Plesiosaurio; en el boletín semanal Torpedo y en el suplemento digital de cultura Consultario. Actualmente se encuentra estudiando la maestría en Literatura aplicada.

Cinco minificciones de Gabriel Ramos

por Gabriel Ramos


Lotería

A tus 70 años nunca te habías sacado nada en ningún sorteo. Mirabas el boleto ganador con extraña alegría, mientras pensabas en la vida de sacrificios que dejarías atrás.

             Al mismo tiempo llorabas, pues no tenías con quién compartirlo.

Orfandad

¿Padre, por qué me has abandonado?

     Jesús / Kafka / Pessoa / Rulfo

Días difíciles

Haydíasenquetodoseamontona.

El monstruo

Todos tenemos un monstruo dentro de nosotros. Generalmente está dormido, pero cuando se despierta puede ponerse al mando de nuestras palabras y acciones. En ocasiones conseguimos que el monstruo de los demás salga.

               Cuando los monstruos se enfrentan alguien sufre las consecuencias.

Ayotzinapa

Cada noche veo a mis padres con rostros de desesperación, alzando sus cabezas como buscando a alguien. Me acerco a ellos y les digo: —Siento que hayan tenido que esperar tanto, pero tuvimos una reunión hasta tarde en la Normal. ¿Por qué no me contestan? ¡Soy su hijo Cutberto! Se miran entre ellos y revisan a sus alrededores, mientras los perros del vecindario me ladran. 


Gabriel Ramos. Nació en la Ciudad de México. Es psicólogo egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, escritor y promotor cultural. Su interés está centrado en la creación y estudio de la microliteratura y cuento breve. Ha publicado microficciones, cuento breve, crónica, reseña literaria y entrevistas en diversas páginas de Internet y revistas en formato físico. Sus microficciones han aparecido en las Antologías: Dispara usted o disparo yo, Corto Circuito. Fusiones de la minificción, Brevirus Microficciones en tiempo de pandemia y Pequeficciones. Piñata de historias mínimas. En 2017 publicó su libro-objeto Vivir es arriesgarse, que ha sido traducido y publicado en los idiomas serbio y árabe. Varias de sus minificciones han sido traducidas al francés en Lectures du Mexique 2. Auteurs Mexicains. Nouvelles et microrécits.

Dos minificciones de Marcia Ramos

por Marcia Ramos


Transfiguración

Un niño construye un castillo de arena, al salir hecho hombre lo destruye con pasos de gigante.


Inocencia

El cine está repleto de gente: niños que comen palomitas a puños, señoras que agarran las piernas de sus hombres con pasión y padres que huyen de la rutina. La película comienza. Una joven se avienta desde el último escalón de arriba, obsesionada con el suicidio, nadie la mira. La sangre mancha la alfombra y la gente aplaude creyendo que la función es en 3D. 


Marcia Ramos Lozoya nació y reside en Tijuana (1989). Es la Lic. en Lengua y Literatura de Hispanoamérica, Especialista en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina y Maestrante en Educación. Hizo un Diplomado en Creación Literaria, Diplomado en Docencia en línea y competencias y un Diplomado en Políticas Públicas para la Juventud. Le otorgaron la Beca Jóvenes Creadores (PECDA) y el Premio juventud en el 2018 y la Beca Interfazz en el año 2015. Tiene publicados los libros Las calles hablan (poesía) (2015), Brevedades infinitas (cuento) (2017) y Diles que no nos vean versión (cuento) ebook (2018) e impreso (2019) por La tinta del silencio. Publica en su Blogger Historias de una mente fragmentada y Liberoamérica. Fue tallerista de creación literaria en el programa Cultura para todos. Actualmente es maestra a nivel preparatoria en Centro universitario del Pacifico y maestra a nivel aniversario en Universidad Iberoamericana.