Lo gótico en el «Cementerio prohibido», de Francois Villanueva Paravicino

Por: Cristhian Briceño Ángeles*

Texto de presentación del libro el pasado jueves 31 de octubre en la Casa de la Literatura Peruana (CasLit).

A primera vista, tras haber revisado la portada, la tipografía y los títulos que componen este volumen (Editorial Apogeo, 2019), podría considerarse que el nuevo de libro de Francois Villanueva Paravicino encaja en aquello que se considera literatura de terror. Una lectura atenta, sin embargo, nos revela que la intención del autor no ha sido originar miedo en el lector o, en el peor de los casos, despertar la sospecha de que estos relatos han sido concebidos con esa finalidad.

Pienso, por ejemplo, en El verdugo, primer cuento del conjunto. El narrador, a la vez personaje, huye mientras ensaya una crónica de los eventos inmediatos, de lo que acontece en tiempo real, tratando de evitar a una horda de demonios que lo persiguen para hacerlo pagar por sus faltas. De cierta forma, hallamos aquí ciertos puntos de convergencia con algunos relatos de Edgar Allan Poe, como en Un descenso al maelstrom, pero con la diferencia que, mientras la narración del Allan Poe confluye en el raciocinio, es decir, en aproximarse a una explicación lógica del infortunio o la maldad, haciendo que el narrador se detenga en lo inverosímil y lo estudie y verifique la posibilidad de un argumento que haga sentido con lo imposible, Francois Villanueva Paravicino elige formular un recuento que no busca nuestra aprobación, sino únicamente nuestra contemplación.

Con esto no quiero decir que el autor elija un camino fácil o que falle en la ejecución de sus relatos, sino que su camino es otro, su sensibilidad es diferente. Una cosa es enfrentarnos a un cuento como Los crímenes de la calle Morge y otra, muy distinta, es abordar un relato como La lotería de Shirley Jackson. En el primero, el autor no nos concede tregua en cuanto a sus pistas y observaciones milimétricas del crimen que se ha cometido, y, no contento con esto, él mismo formula las hipótesis y, finalmente, resuelve el caso con la maestría de Holmes o de monsieur Lecoq; por el contrario, Jackson nos sugiere un poblado y un culto y, también nos insinúa, además de la violencia del desenlace, el miedo y la turbación.

Más que del género del terror, la narrativa de Jackson asimila la influencia de la novela gótica de finales del siglo XVIII. La principal diferencia que podría señalar entre el terror y lo gótico es que lo gótico, más que propiciar una emoción en el lector a partir de lo que sucede con los personajes, busca recrear ambientes de deliberado claroscuro, una suerte de escenario que perturba y enrarece a los personajes inmersos en la ficción y, por extensión, estas sensaciones son transmitidas al lector.

En las descripciones que realiza Francois Villanueva Paravicino en sus relatos existe esta necesidad por ubicarnos en ambientes sofocantes, por momentos de un minimalismo malsano y, por otros, de una exuberancia que nos acosa. En Las heladas se puede apreciar este recurso, ya que, si bien nos sitúa en el inhóspito territorio de la puna, las descripciones son tan detalladas que nos sentimos atacados por la prosa del autor, por momentos despiadada en su detalle, y si a esto le agregamos la ausencia de personajes, nos sentiremos dentro de la escena, apremiados por huir. Una sensación que se parece a la que nos genera leer El castillo de Otranto de Walpole (quizá la novela que inaugura el género gótico), ya que el autor nos hace ir y venir tantas veces por galerías oscuras o ingresar en celdas donde la humedad escapa a su mención y nos hostiga, que, por un momento, la trama se anula y disfrutamos/sufrimos el diseño de la atmósfera.

Sin embargo, lo gótico en este libro de Francois Villanueva Paravicino, además de funcionar como utilería, o mero escenario de los hechos, se revierte hacia los personajes, a partir del discurso que cada uno ejerce y ofrece, por lo que lo gótico se convierte también en la decoración de la psiquis de cada uno de ellos; así, en cada soliloquio de los personajes es fácilmente reconocible ese camino de tenue iluminación, lleno de pasadizos estrechos por donde, más que ideas, transita la turbación de cada uno de ellos. No estamos, entonces, ante ese raciocinio luminoso de los relatos de Poe, sino más bien en la oscuridad de lo desconocido, en las tinieblas de la incertidumbre que, a su manera, incide en las reacciones de cada uno de los personajes de los cuentos de Francois Villanueva Paravicino.

Hay matices de estos rasgos, como en Las heladas, que ya he comentado, y también en La familia de un conocido, donde lo absurdo de la situación nos genera un extrañamiento genuino que se ve reforzado, una vez más, por la descripción de la escenografía narrativa que nos propone el autor; si a esto le agregamos ese temor a la inmortalidad (que ya ha sido explorado por otros autores como Swift o Borges), tendremos una muestra precisa de lo que persigue este libro en cuanto a sus propuestas estéticas.

Algo parecido, aunque con otros resultados, encontramos en el relato central y que da título al libro. En él asistimos a un retorno al lugar de origen, el cual encierra una serie de conflictos aún no resueltos, latentes, y con los cuales el narrador se ve enfrentado, algo bastante usual y que se ha explorado innumerables veces en la literatura (no quiero citar algo obvio como Pedro Páramo; prefiero mencionar La luna y las hogueras de Pavese). Nuevamente vemos el desconcierto del narrador, como en La lotería de Shirley Jackson, ese desfase con respecto a las formas originales, esa apariencia con que la realidad, dentro de la ficción, embiste a quien presencia los hechos. Aquí lo indescifrable o, mejor dicho, aquello para lo que no se encuentra una explicación oportuna y puntual, es también otra de las formas con que el legado de lo gótico decreta su presencia.

Recordemos las intrigas en El italiano de Ann Radcliffe o en La dama de blanco de Collins para hacernos una idea de cómo es que Francois Villanueva Paravicino establece los tiempos dentro de su relato, aunque su manera de presentar los hechos escape del sensacionalismo del dato escondido y se enfoque más en transmitir, con sensatez, sensibilidades y reacciones. Lo que podría ser una burda narración de muertos que acosan la cotidianeidad de los vivos se convierte, gracias a la pericia del autor, en una ocasión para develar cómo es que la personalidad de sus personajes hace frente a situaciones extravagantes; creo que el valor de estos relatos radica precisamente en ello, en cómo el lector puede asistir, desde la distancia benevolente de la ficción, a eventos excepcionales y que contradicen todo aquello que asumimos con nuestra normalidad. Con todo esto, y a pesar de la primera impresión que despierten estos relatos, Francois Villanueva Paravicino ha construido un conjunto que escapa de la convención del terror llano y se acercan, felizmente, a la estética privada del autor.

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*Cristhian Briceño Ángeles: Ha publicado el poemario Breve historia de la lírica inglesa y el conjunto de prosas La trama invisible. Ha sido antologizado en El fin de algo. Antología del nuevo cuento peruano 2001-2015.  En 2012 obtuvo el primer lugar de la XXV edición de El Cuento de las 1000 Palabras, organizado por el semanario Caretas, con el relato «Fiebre». Asimismo, en 2013 ganó el premio Copé de Plata de la XVI Bienal de Poesía con La comedia inmóvil (Petroperú Ediciones Copé, 2014). Sus textos han aparecido en revistas peruanas y extranjeras como Buensalvaje, El Hablador, Lucerna, Poesía (Venezuela) y Luvina (México). En 2018 fue incluido en la antología País imaginario. Poesía Latinoamericana 1980-1992 y, también, se reditó su primer libro de cuentos, La literatura en Alaska.

Portada de Cementerio prohibido de Francois Villanueva.

Nota de Prensa: Carlos Contreras Chipana presenta «Una carta sin Paul McCartney y otros relatos»

Bajo el sello de Caja Negra, el periodista ingresa al campo de la narrativa. “Estos relatos son un homenaje a la tradición literaria”, comenta en la contraportada del libro la poeta Carmen Ollé.

El periodista Carlos Contreras Chipana, tratando de no perder el equilibrio, ha pegado un arriesgado salto hacia las veredas literarias. Acaba de publicar «Una carta sin Paul McCartney y otros relatos» (editorial Caja Negra), su ópera prima con la que ingresa al campo de la narrativa.

En los diez cuentos, que componen esta publicación, los personajes no defraudan a su destino y se sumergen en la tentación de ser, imposiblemente, humanos. El autor confiesa que con el libro pretende retratar las vivencias de una generación a través de múltiples voces que presentan sus desamores, traiciones y soledades.

“Desde Una carta sin Paul McCartney, pasando por Matalayunza, hasta La tumba sin dueño, Carlos Contreras nos ofrece diversos mundos posibles. Al sumergirnos en ellos, surge la inminente pregunta: cuál de estos cuentos que destacan en este libro es el más próximo a lo real. ¿Acaso el primero, sobre un amor de ocasión, que se desvanece como recuerdo juvenil? ¿Tal vez la resolución de una muerte, en el segundo, que pesa sobre la conciencia de los invitados a una celebración andina? O para mayor sorpresa, ¿el desdoblamiento de un personaje que lleva flores a la tumba de un difunto desconocido? Estos relatos son un homenaje a la tradición literaria: un cuento de amor rockero con dicción adolescente y citadina; seguido de la narración costumbrista que reconstruye el habla dialectal del campo, para culminar con un texto de efecto Rulfo. Todos escritos con mano diestra y gran habilidad expresiva”, ha escrito en la contraportada la poeta Carmen Ollé.

El libro ya se puede adquirir en la página web de Caja Negra y en diversas librerías de Lima, como el Virrey de Miraflores, Book Vivant, Escena Libre y Communitas.

Sobre el autor

Carlos Contreras Chipana (Lima, 1988). Estudió Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza. En sus más de 10 años como reportero ha trabajado en radio, TV y prensa. Actualmente, escribe crónicas y reportajes en el diario La República. También ha sido becario de la Red de Periodistas Latinoamericanos Cosecha Roja y es colaborador de la revista Anfibia. Ocupó el primer lugar en el Primer Concurso Nacional de Periodismo sobre Políticas Sociales (CIES-2015). Sus cuentos han sido publicados en antologías literarias. Es coautor de La banda sonora de tu vida (Autómata, 2019) y de Generación B, jóvenes del Bicentenario (Artífice, 2021).

Carlos Contreras, autor de Una carta sin Paul McCartney y otros relatos

Crónica: Los cines han vuelto, por “El Dragon Chang”

Por: Alex J. Chang

Hace poco tuve la oportunidad de ir —junto a mi familia— al cine después de dos años, debido a la crisis sanitaria del coronavirus, a ver la película peruana Un Mundo para Julius. Fuimos al Cinestar de Metro UNI. Digo fuimos porque toda la familia disfruto del film, en el cual se cumplieron los protocolos de bioseguridad: el uso de mascarillas, la distancia social en las butacas; además en la entrada nos echan alcohol en las manos y nos miden la temperatura.

Fue un Miércoles 17 de Noviembre, del año 2021; eran las 6:30 de la noche. Ya habíamos comprado las entradas para la función de las 7:30 de la noche. En esa hora se proyectaba la película Un Mundo para Julius. Entonces, para “matar el tiempo”, nos fuimos a cenar un rico pollo a la brasa, una gaseosa Inka Kola de litro y medio, unas salchipapas y un cuarto de pollo broaster. Nos chupamos los dedos con la delicia de cena que nos “empujamos”. Eso no es todo. Guardamos los huesitos y sobras en una bolsita para las mascotas de casa. Al terminar de cenar, mi reloj marca 10 minutos para iniciar la función de cine.

—Ya falta poco —dije a mis padres y a mi hermano menor—. Son las 7:25, según mi reloj.

Los autos transitaban apurados; cláxones estruendosos, tan ensordecedores que golpeaban a mis oídos. Mi hermano menor reía a carcajadas, expresando su felicidad de volver al cine; la familia salía a pasear después de mucho tiempo. Se respiraba un aire fresco que relajaba nuestros sentidos; la noche empieza a oscurecerse; el alumbrado público iluminaba la ciudad de un anaranjado tenue.

Ingresamos, 2 minutos antes de la función, a la Sala 2. En aquella sala se proyectaría la adaptación cinematográfica sobre la novela más conocida de Alfredo Bryce. Después de ingresar, nos sentamos, tomamos la gaseosa, la canchita, las papas y los jugos (escondidos habilidosamente en nuestras bolsas; nadie nos descubrió). Nos “comimos” alrededor de 20 minutos de videos de publicidad.

Todos en la Sala 2 estábamos expectantes.

***

A los pocos minutos, nos matábamos de risa. Eso para empezar. Mientras trascurría la película, la humedad de nuestros ojos —sobre todo los de mi madre— se escurrían en nuestras mejillas. Nos sentimos impactados con un drama tan cercano a nuestra realidad, tan cercano a nuestra experiencia y tan cercano a nuestra sensibilidad.

“Que hijo de puta… Huevón de mierda”, dicho por un grupo de jóvenes de aproximadamente 20 años. Sí, al finalizar la película quedabas enfadado/melancólico al ver tanta inmundicia, tanta porquería, tanta… No sigo porque tal vez…

En fin, Julius de 11 años nos dibuja el contexto social latinoamericano en el cual impera la discriminación y la carencia de valores, de humanidad. Esto no ha cambiado a pesar de que la película se desarrolla en los años 50.

“Esta película sólo puede ser entendido por un público sensible y culto; lamentablemente los jóvenes de hoy no están preparados para esta obra cinematográfica.”, enfatizó mi padre con suma resignación.

Fin

Película Un Mundo para Julius de Rossana Díaz Costa.

*P. D: Esta crónica empezó como un borrador en el mes de noviembre, año 2021. Para ser concluido, después de varias correcciones, y publicarse en diversos medios.

La literatura estridente en «Los bajos mundos» de Francois Villanueva Paravicino, por Julio Buitrón

Por: Julio Buitrón (Premio Caretas de las Mil Palabras)

Si tuviera que definir la literatura de Francois Villanueva, diría que es una literatura estridente. Estridentes son sus personajes, sus historias, sus escenarios, hay una ambientación que hace sentir a la selva de trasfondo, el río Apurímac, el Vraem y los Bajos Mundos. Ya en su primer libro de cuentos encontramos estas circunstancias y personajes que se tornan violentos, alegres y trágicos, como si la escritura a nuestro autor lo divirtiera y lo angustiara, de ahí una violencia moderna (con espíritu de cómic o anime en pasajes que hacen recordar a las películas de Tarantino: la minimalista, prolongada, ambiciosa, pelea a vida o muerte de Rhino contra sus asesinos) en medio del día a día en las zonas recónditas y urbanas de Ayacucho y por ratos Lima, pues esta novela se expande del Vraem al Perú (centro-sur) como si de otro Tahuantinsuyo se tratara, una cotidianidad que no solo es estridente, pues parece mágica, un escenario en que sobreviven los mitos urbanos y los de antes del arribo de los españoles, por ello, en esta novela los capítulos son más bien estampas.

Capítulos que se subdividen y conforman esta serie de historias que, por momentos, también se pueden leer como independientes, a riesgo de perderse de alguna intriga de Los Dragones y otros retratos-historias que a la par se van desarrollando, en especial, una que nítidamente se destaca y perfila ya casi al final, cerrando con broche de oro esta comedia humana cuyo reparto se compone de actores a los que, al igual que Dostoievski y C. E. Zavaleta, caracteriza una hipersensibilidad a flor de piel (asesinos, prostitutas, curas enloquecidos, narcotraficantes, senderistas, tribus selváticas, adolescentes camino a la adultez, pobladores comunes), que es la historia de un escritor, su vocación y su locura: la cima de esta novela en la que la disección de una enfermedad mental no es nada complaciente, sino que nos golpea por aterradora, oscura, terrorífica; de esta manera, este libro dialoga con diversas vertientes de la tradición de la narrativa peruana, bebe de referentes muy diversos para convertirse en una literatura urbana, regional, de aventuras, metaliteraria, detectivesca, narcoterrorista, de la violencia.

De todas estas fuentes bebe Francois Villanueva para trasladarnos a un mundo con personajes vivos. Con gran dominio del diálogo, retrata una coloquialidad que convierte a esta novela en coral, porque en ella los sucesivos personajes se dan la posta de la narración y así nos vamos enterando de sus peripecias y desdichas, estos diálogos son tan reales, verosímiles (en su dramatización) y encantadores como los que encontramos en Vargas Llosa, quien en sus inicios quiso ser dramaturgo.

De esta suerte, Francois Villanueva continúa con su tema: retratar a un Vraem que parece irreal, pero que existe porque está en los mapas, al contrario de la fórmula de Melville, un pueblo que cabe perfectamente en la tradición forjada por Rumi, Comala, Macondo, Santa María, Villaviciosa, o también el pesadillesco Chimbote de Arguedas en los Zorros. Esta obra que en muchos momentos se entrevera, debido al estilo estridente, también es una novela de iniciación en la que se advierte al principio una historia que avanza a trompicones para luego ganar en soltura; es decir, la estridencia la ha naturalizado el lector a partir, entre otras cosas, de una prosa más fluida, armoniosa[1]. Siendo, de igual modo, una novela de iniciación en la que este desfile de destinos sin rumbo, nihilismo alegre, vital, jocoso, pantagruélico (Bryce o Gregorio Martínez), de una juventud a la deriva, se emparenta –¿un diálogo involuntario como decía Borges que ocurría cuando la genialidad crea a sus precursores?– a la aleatoriedad de los capítulos de Al final de la calle o las primeras novelas de Jaime Bayly (No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo).

La tradición nos empuja (Hegel) de estos jóvenes limeños desencantados y aburridos de inicios de los noventa a los jóvenes de este siglo de internet y pobreza, y entre todas estas historias satelitales se consolida la amistad de una pandilla de adolescentes que se vuelven hombres. Los únicos ausentes en esta novela son los millonarios. Ese rincón privilegiado es el único inaccesible, pero la presencia de un poder opresivo está ahí, algo que se refleja en el prostibar El Refugio, uno de los burdeles de los Bajos Mundos. Otro moridero (Salón de belleza). Un mundo de rocola con música chicha, cumbia y boleros, donde precisamente se ha ido a refugiar Celia Camelia, la protagonista de la otra historia principal, la de un (des)amor rocambolesco y funesto que tuviera ella con Fidel Larco Astete, esta especie de vaquero que va en rescate de su amada, la que se ha convertido en prostituta, madre soltera. Suena a chiste y es trágico al mismo tiempo. De este punto pasamos a una exposición que alcanza niveles regionales que, en cuanto a técnica, hace recordar al fragmentarismo de Ciro Alegría[2], una estética que luego Vargas Llosa (una desmesura abarrocada de la que vuelve con La tía Julia y que luego afianzará en los ochenta para rematar con ese invaluable testamento total que es El pez en el agua) revolverá como un cuadro de Pollock.

Si tomamos en cuenta, por último, otra particularidad que hace de Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2021) un muestreo de la amplia gama que ofrece la contemporánea tradición peruana[3], Francois Villanueva elige a Los Dragones como sus antihéroes (posteriormente esta candidez se pierde en la criminalidad del mundo adulto), pandilla de muchachos que podemos rastrear en Congrains, Reynoso, Vargas Llosa, Gutiérrez y los nada criminales, pero muy alegres sanisidrinos de Bryce Echenique, o los arguedianos de Los ríos profundos[4]. Pues si Vargas Llosa lamentó que cuando él empezó en el oficio se consideró un huérfano por no tener a nadie a quien tomar como padre-referente de la novela peruana, salvo Ciro Alegría, ahora no podemos decir lo mismo de nuestros titanes novelescos que para el Perú vendrían a ser lo mismo que fueron Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola (Proust es Dios) para los franceses. Como se ve, para enriquecer a nuestra tradición se necesita de algo más que talento.

Los bajos mundos, primera novela de Francois Villanueva, joven a todas cuentas, nutre y pertenece a la tradición narrativa peruana.


[1] François me confiesa que la novela la empezó en la secundaria.

[2] El recurso de un pueblo de telón de fondo está presente tanto en Los perros hambrientos como en los escenarios selváticos de La serpiente de oro, una novela de la que el ciego Borges se sabía de memoria el primer capítulo.

[3] La transformación de la provincia y la vida de sus pobladores por la irrupción de la modernidad es otro tema caro a Los Bajos Mundos y a nuestra tradición.

[4] La narrativa peruana tiene a la juventud como su protagonista favorito, y podemos mencionar así tanto a La casa de cartón, como a Ribeyro y Rivera Martínez.

Novela: Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2020).
Francois Villanueva, autor de la novela Los bajos mundos

Nota de Prensa: Mañana nunca llega, de Tadeo Palacios

Post: Pesopluma: una editorial de ideas
Editorial peruana Pesopluma

Primer libro del narrador piurano Tadeo Palacios, y quinto título de la colección Iceberg, reúne 12 relatos y 1 nouvelle polifónica sobre 14N, a la par que retoma la literatura como herramienta de denuncia social.

Ficha Técnica de Libro
Título: Mañana nunca llega
Autor: Tadeo Palacios
Precio: S/ 39.00
Serie: Iceberg / Cuento
226 páginas | 11 cm x 18 cm | Tapa rústica con solapas
ISBN: 978-612-4416-28-6
Fecha de publicación: noviembre de 2021  

Nacido en Piura en 1994, el narrador Tadeo Palacios Valverde debuta a sus 26 años en el escenario literario local con Mañana nunca llega, un volumen que reúne doce cuentos inspirados en la realidad nacional y una nouvelle polifónica sobre el estallido social del 14N, a un año de su acaecimiento.

Heredero de grandes narradores con conciencia social como Pilar Dughi y Miguel Gutiérrez, y también de la oralidad lírica del mejor Reynoso de Los inocentes, Palacios sorprende por su potencia narrativa, la versatilidad de su pluma y una profunda agudeza para aprovechar literariamente los grandes desencuentros que palpitan en ese territorio real e imaginado llamado Perú. A veces desde el humor ácido ribeyriano, otras indagando descarnadamente en sucesos terribles, e incluso cuando bordea el registro del terror fantástico, Palacios logra un retrato del país imperfecto, un tanto ridículo, pero sobre todo trágico, que nos cobija; esa tierra que se constituye como una sumatoria de violencias, fantasmas sociales, traumas colectivos y postergaciones. Y es, justamente, esa postergación eterna y violenta la que motiva el título de este libro: aquella promesa de un «mañana mejor» anhelado por quien sufre, usufructuado por los políticos en campaña y promocionado por la prensa mediante reportajes mediocres y simulacros marqueteros, sin que jamás se materialice. Esa secreta esperanza que el lector también abriga, pero que en Perú se trastoca en potencial decepción, palpita fuertemente en estos relatos, a la par que cuestiona el statu quo nacional, en pleno Bicentenario.

Tadeo Palacios se muestra, pues, en esta, su ópera prima —y el quinto título de la colección Iceberg—, como un narrador valiente y dispuesto a poner el dedo en la herida para dejar que «salte la pus», como decía Gonzáles Prada; un artista de la palabra que no teme develar lo que normalmente se calla y esconde, ni tampoco discutir la narrativa falaz del éxito peruano y el progreso aparente. Voces como la de él, que se levantan y exponen la aspereza de la realidad sin relegar a la belleza a un segundo plano, que denuncian sin caer en lo panfletario, son probablemente las que necesitamos hoy en día —cuando el imperio de las fake news y los likes y el imperativo de la felicidad descartable nos distraen— para detenernos un momento a pensar y reconocernos como individuos, como nación, mientras evaluamos el rumbo de nuestras vidas, la posibilidad o imposibilidad de nuestros sueños, y la patente desigualdad de nuestras sociedades.

Tadeo Palacios

Tadeo Palacios (Piura, 1994) es abogado por la Universidad Nacional de Piura y actualmente cursa la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). En 2017 fue becario del programa Arequipa Imaginada del Ministerio de Cultura. En 2020, una versión previa de su relato «El legado» fue ganadora del Concurso Nacional Nuestros Relatos, organizado por la Presidencia del Consejo Ministros (PCM) y el Proyecto Especial Bicentenario de la Independencia del Perú. Sus intereses orbitan la narrativa de la violencia política latinoamericana, el social thriller estadounidense y la cultura pop japonesa. Actualmente, conduce el podcast Proyecto Machete y escribe en www.tadeopalacios.pe

 Instagram: @sonambulario

Twitter: @SonambuloRojo

Lima, noviembre de 2021 // SE AGRADECE LA DIFUSIÓN

Blurbs

Sin concesiones, con prosa ágil, vigorosa y registros que subvierten con talento las convenciones, los cuentos de Tadeo Palacios Valverde nos hunden en la vorágine de las pasiones humanas que los tiempos de crisis sanitaria y política han acrecentado. Se trata de la radiografía lúcida de una sociedad frente a cuya descomposición resisten con terquedad quienes aún creen que otro mundo es posible.

Christiane Félip Vidal

A pesar de su juventud, Tadeo Palacios tiene una prosa tan lograda que podría leerse cantando. Vive en ella algo de la oralidad de Oswaldo Reynoso —en Los inocentes— y de la música del hablar de Piura. Pero esta elegancia sutil no es señal de calma: el lenguaje, como un viento que se manifiesta suave solo al principio, va construyendo historias donde el dolor y la ira emergen brutales, con la sensorialidad a flor de piel.

Juan Manuel Robles

«La tarde ya lo inundaba todo con su sangre», escribe Tadeo. La tarde y su promesa agridulce, materna y paterna. Espera, abandono, amor, resistencia, malentendido, pisoteo, lucha. La tarde es ambigua y urgente. La tarde arremete, no es retráctil. Como estos cuentos. Sus colores: rojo fuego; su paisaje: el desierto, el mar y la ciudad; un sabor: tamarindo; y estos lenguajes: la ternura y la cólera. Cada tarde llega a su mañana, Tadeo, pero el mañana nunca llega.

Katya Adaui

La irrupción de Tadeo Palacios en el circuito literario con estos poderosos relatos confirma lo que intuíamos los que nos acercamos a sus primeros esbozos: no solo es el vuelo y la innegable calidad de su prosa, estamos ante un escritor impetuoso, vital, arriesgado que vive la literatura y defiende a muerte esta extraña forma de vida.

Diego Trelles Paz

Ante todo, Mañana nunca llega es un libro que no teme. No teme construir desde los insumos locales: de la Piura bullente, de su habla, mar, desierto, sueños y miedos; su burocracia y estructuras verticales, que son las del país. No teme tampoco explorar zonas grises y los saldos de la violencia del conflicto armado interno, ni teme devolverle a la ficción la posibilidad de inquirir en lo inmediato —hoy dominio de la crónica—, como la memoria del 14N. Mañana nunca llega, primera entrega de Tadeo Palacios, responde a la urgencia de contar historias a partir de la recuperación de la memoria; construye desde un lenguaje que captura la densidad de la experiencia vivida. A partir de modelos mayores como Pilar Dughi y Miguel Gutiérrez, en los que el individuo es hechura de sus vínculos, Palacios recuerda el pacto histórico de la narrativa peruana con su dimensión política, colectiva y humana.

Miluska Benavides

Halley

por Alex Reyes


A Jean, uno de esos cometas que solo se ven una vez en la vida.

“Un cometa, por ejemplo, es la semilla de un mundo.” David Hume.


[Si bien es cierto que nada es un hecho, se sabe que cada setenta y cinco años, aproximadamente, este cuerpo grande y brillante, orbita alrededor del sol. Próximo perihelio: 28 de julio de 2061. ¿Viviremos para verlo? ¿Cuántos estaremos juntos?]


Amar es recordar lo que un día fue. 

La última vez que vi a Manuel estuve lejos de pensar que pasaría tanto sin volver a verlo. Le dije sí, nos volveremos a ver, no importa si pasan días o semanas, si a la tierra le crecen árboles o el invierno lo hela todo. Le dije sí, nos volveremos a ver. La cuestión era ser feliz en la tremebunda ausencia, en la soledad que se izaba como un grotesco cuervo una vez que llegaba a casa. Me acuerdo de que experimenté un naufragio arrebatado cuando lo vi alejarse en la distancia, como una ínfima estrella fugaz que robaba miradas. Allí iba él, dentro de un coche verde que empequeñecía gradualmente hasta tomar la forma de un guisante, un guisante que rodaba tardo por las calles empinadas y que pronto se perdería, como un punto colorido, entre la gama de vehículos que haría fila detrás de él. 

Esa tarde el sol descendía lento detrás de los cerros, apenas opacado por los espaciosos nubarrones que configuraban el cielo. “Las nubes nunca son de ese color si las ves desde arriba”, dijo alguna vez, luego de explicarme a través de dibujos el origen de sus tonalidades plateadas y la formación de los rayos. Me habría gustado detenerme, como era costumbre, en la dimensión de los detalles. Trazo tras trazo, dibujo tras dibujo, resultaba sino imposible, al menos sí difícil imaginar que aquello llegaría a su final. 

Lo que sucedió a continuación resultó escabroso a todos ojos, pero todo pasó así y no de otra manera. No hay otra forma de contar las historias, aunque nos empeñemos en deformar la realidad.

 En una de nuestras despedidas, poco antes de que yo subiera al ómnibus, convine en atajarlo. 

—Mira que aún te quiero —le dije—. Ya sabes por qué…

—No —dijo él, con una sonrisa que comenzaba a dibujarse—, no sé. A ver, comenta. 

—Porque todas las mañanas, cuando me levanto, aún pienso en ti. 

Pronto él sonreirá, ensimismado en lo último que acaba de escuchar. Tomará su mochila y guardará un libro, el primero que le di. Entonces, él dirá: “lo ves, esta es mi forma de quererte”. Hablará solo, aún con esa sonrisa irrevocable en su rostro, su cabello se agitará constantemente mientras haga pie a la sala de espera. Pero ya no habrá nada que esperar. Dejaré el equipaje en las manos de un hombre y recibiré un boleto. Él me dirá: gracias, ¿tiene usted una moneda? Pero yo no tendré salvo los recuerdos en las manos, apretados como si se escondiese una paloma a la que no deseara liberar.

—Notifícame cuando llegues.

Escucharé su voz cadenciosa desaparecer en la distancia. Querré sostenerla, volverla tangible y esconderla en el pecho, atesorarla porque no sabré cuándo volveré a saber de él.

—Tú también.

Vendrán a rodar unas cuantas lágrimas, cristalinas rocas que atravesarán las pestañas y caerán al suelo. Entonces, el ruido será aún más estrepitoso que de costumbre. No sabré qué es lo que escucho y estaré lejos de reconocer su voz. Se habrá ido en cuestión de minutos, dejando apenas una estela de melancolía. ¿De esto va el amor?, me preguntaré, agachando la cabeza mientras subo al ómnibus. Cuando esté sentado, escucharé su voz golpearme la memoria. Cantaré en silencio, con los labios apenas entreabiertos “Sígueme queriendo un chingo, vamos bien. Nadie nos podrá hacer pedazos nuestro amor”. 

Sentiré un leve dolor en la pierna y abrazaré el olor a tierra mojada que ofrecen las noches nubladas, junto al breve, pero airado capricho de los vientos.

En el cielo, revestido de negro, articulaciones doradas quebrarán la bruma. Dormiré, tranquilo y cansado, a la espera de la alarma. Pronto, muy pronto, estaré a más de cuatrocientos kilómetros de distancia. Sentiré un breve, pero demoledor dolor de cabeza. Algo vibrará, un dolor incipiente. Algo que hará que todo cambie. Llegará, obstinado y violento; llegará, resuelto y airado. 

Subo las escaleras con un dolor ineludible. Hay algo que no está cuadrando. El cansancio viene acompañado de una punzada en el pecho. Está aquí, otra vez, está aquí y tardará en marcharse, me digo. Llego a la puerta e ingreso la llave, pero no puedo girarla. Tiemblo, hay alguien dentro de mí que me detiene. Un espasmo, luego otro y otro. El miedo de convertirme en una roca me acecha. Recuerdo los árboles y postes, el camino que hacía hasta hace unas horas, los coches y gente que fueron quedando atrás. Lo recuerdo a él, debe pensar que estoy bien, que he llegado a salvo a casa. ¿Cómo explicarle? Su bondad ha atravesado los límites de la comprensión humana. Sentirse insuficiente resulta poco. Y creeré, creeré que hay alguien allá afuera que lo merece a él más que yo, que una psique dañada como la mía no puede sostener este amor. Le pediré que se vaya, que se aleje mientras pueda. Anda, vete, antes de que te destruya, anda, vete, antes de que no te puedas salvar de mí. Me arrastro por el suelo, las rodillas raspadas, los codos grises, coloridos por el polvo, mi vista apenas se eleva y veo la bombilla titilar. En el fondo sabré que no he amado a nadie así. No podré contarle, aunque así lo desee, que la ansiedad me consume, que el perro negro está de regreso. Hago el esfuerzo por levantarme mientras me apoyo de un banco, luego abro la ventana. Afuera, el alba despierta y se desenrolla sobre los edificios. Un azulejo planea al frente y canta, canta a solas, a la espera de nadie. Y yo me pregunto ¿cómo se puede vivir en soledad? En el móvil se asoman sus mensajes. Un emoji de corazones al lado de su nombre. Aléjate, no me escribas, desaparece, pienso, y arrojo el dispositivo al suelo. Lo amo, lo amo en el fondo, lo amo como no puedo amar a nadie más, pero hay una sólida sombra apoyándose sobre mi espalda. 

Buscaré las píldoras y encontraré el frasco. 

Luego, 

simplemente dormiré.


[El primer avistamiento fue en el 239 a.C., se cree que dos apariciones suceden en una vida humana. Dato curioso: se halla en la Nube de Oort y es de los cometas más brillantes de periodo corto.]

¿Adónde has ido?

Sigo aquí.

¿Aquí dónde?

Dentro de ti. 

La primera semana transcurrió lenta, casi interminable. Mañana tras mañana veía sus mensajes iluminar la pantalla del móvil. “Buenos días, solecito”. ¿Cómo podría explicarle lo que sucedía? No había dejado de amarlo, no había dejado de extrañarlo. En el fondo, como un fuego fatuo, ese amor seguía vivo, solo que ahora aparecía soterrado por el peso de las cosas, hundido en el abismo de mis mundos fantásticos. Un día dormiré y olvidaré que puedo despertar, me dije, y avancé a la cocina. La estufa se mostraba límpida y abandonada, hacía días en que no la tocaba. Me apuré a buscar las pastillas antes de que el cuerpo se endureciera más, antes de que no pudiera regresar a la cama. La gente me escribía, demandaban atención, explicaban su día a día, algo necesitaban, seguro querían algo, pero yo no podía ofrecer nada. 

El ánimo apenas me alcanzó para abrir la puerta de la estufa. Las manos artríticas no podían encender nada. Un ligero gas se escapaba, su aliento metálico se fundía en mis fosas nasales. Recordé, vagamente, la vida de Sylvia Plath, el cruel abandono, la renuncia ineludible del presente. Vino a mi memoria “Lady Lazarus”. Morir/ es un arte /como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien. /Lo hago para sentirme hasta las heces. / Lo ejecuto para sentirlo real/. Podemos decir que poseo el don.

Los primeros mareos comenzaron en breve. No se trataba de tener la convicción de hacerlo, había algo más, algo de por medio: la dificultad de echar a andar un cuerpo sólido, tan endurecido como las rocas que se resisten bajo el mar. Desde las cenizas me levanto / con mi cabello rojo / y devoro hombres como el aire. De a poco cerré la puerta y una serie de tosidos devino en breve frente a la ventana. 


La vecina, despavorida, vendrá en breve a preguntar qué es lo que sucede. ¿Qué le ha pasado? ¿Quiere un vaso de agua? Ella me verá, cansada, quizá podrá sentirse humillada ante mi aplastante silencio. Formularé mis palabras, una tras otra tras otra vez, pero ninguna saldrá. Aterrada por las condiciones en que me verá, convendrá en decir que me llevará al médico. Tengo depresión, alcanzo a decirle, y esto no es solo estar triste. Querré decirle que todos los años pasa, que constantemente he intentado quitarme la vida, que no hay luz artificial ni natural que ilumine esta alma ennegrecida. Haré el esfuerzo por confesarle que siempre tengo miedo a estar solo, que me veo y me desfiguro, que paso los días escribiendo un diario para salvarme, que frente a mis puertas hay una nota, un contrato de no suicidio que firmé con mi terapeuta. 

    —Yo lo entiendo. También lo vivo. 

 Siento la aproximación de las arcadas. ¿Podrá entenderlo? Imposible. Esa manía que tiene la gente por compadecer al otro me resulta repugnante. 

    —Quiero estar solo. 

    —No puede estar así. 

    —Hay algo que me salva. 

 Ella se quedará en silencio largo rato, moverá las manos como preguntándose qué es aquello que me mantendrá a raya. 

    —El amor, solo el amor puede salvarme ahora. 


En algún momento supe que no podría seguir así. La luz entraba diáfana y obcecada por la ventana y el pálido polvo levitaba calmo sobre un rayo dorado. 

Esto me está superando, le confesé a Manuel, y no sé cómo manejarlo. No puedo ni podré y no sé si estaré mañana. Claro que podrás, dijo él, no puedes dejarme aquí. No estoy preparado. Mientras compraba un boleto del ómnibus, pensé en la carga que a veces conlleva tener que lidiar con alguien así. El amor todo lo salva, escuché decir, y quizá era aquello lo que me mantenía de pie, trémulo y a veces sísmico, de pie porque mis raíces abrazaban el suelo. No sé si me pondré bien, no tengo la certeza, le dije. Y quizá era el momento de aceptar que uno podía también no ser lo mejor para el otro. Lo estarás porque siempre has podido, recordé su voz y ese ligero aire de confianza. Así como eres, eres el hombre al que amo. Puedes encontrar algo mejor, dije. Yo no necesito algo diferente, yo no quiero algo diferente, respondió al poco rato.

 El camión llegó antes de que despuntase el alba. El frío recorría, como era costumbre, las calles principales de la ciudad y la luna aún podía verse con claridad, un círculo blanco luminiscente en un cielo desnudo. ¡Cuánta soledad! No estaba seguro de hacia dónde pensaba encaminar los motivos que me habían llevado a ejecutar el viaje. 

A Manuel lo vi cerca del mediodía. Había avisado que abandonaría su jornada laboral antes de lo esperado. Instalado en el cuarto piso de un edificio, vi su coche llegar bajo una luz intensa. Aquel guisante brillaba intransigente mientras hallaba algún lugar para estacionarse. ¿Cómo podía explicarle que me había convertido en una roca inamovible? Apenas me vio nos fundimos en un abrazo. 

    —No quiero vivir así —le dije. 

    —Es solo un mal momento.

Ese mal momento, como él lo llamaba, se había repetido implacablemente durante siete años. Sabía, en el fondo, que aquello que yo buscaba, más allá de alejarlo de mí, era saberlo cerca, sentirme seguro y tranquilo. Es probable que nunca hubiese necesitado de alguien como lo hacía ahora con él. 

    —Te ves muy guapo —dijo.

    —No tienes que mentirme para hacerme sentir bien. 

 El día transcurrió lento y, sin tantos preludios, hicimos camino al consultorio de mi psiquiatra. Fármacos, más fármacos, porque no había otra cosa que pudiera salvarme. Litio, seroquel, lexotán… Me negaba a pasar otra temporada en el hospital. Reventé una vez más, por la noche, en una terrible crisis. La penumbra reinaba implacablemente en mi recámara, extendía sus brazos robustos por las paredes y el suelo, luego descendía, tranquila y sigilosa, debajo de la cama. La incapacidad para mantener la calma me superaba. Vi la noche por la ventana, la luna ahora brillaba como una luciérnaga sumida en la bruma. Al poco tiempo, convine en escribirle. Te dedico esta luna, le dije, haciéndole una foto al cielo. Él me correspondió de la misma manera. La pantalla volvió a iluminarse. Se trataba de una imagen, estaba él, recostado en la cama, con los ojos cerrados, abrazando a un oso de peluche blanco. No pude sino pensar en la fragilidad de las cosas, en las cosas convertidas en cristales, en el amor no como un regalo sino como una decisión, un compromiso. 

Probablemente nunca encontraría a otra persona que me amara tanto como él.


[A través de naves especiales, fue el primer cometa observado a detalle. No tardaron en estudiar la estructura de su núcleo cometario, como tampoco lo hicieron con el mecanismo del coma y la cola.]

Llegado el día de volver, nos vimos una vez más. Una oleada de recuerdos me atravesó la mente. Estaba seguro, sé que lo estaba, estaba seguro de que era él y nadie más a quien quería en mi vida, instalado como un roble, pero con la libertad y osadía de las aves. El cuerpo se volvió más ligero y la vida pesaba menos. Y en la distancia podía verlo acercarse, una vez más, sonriendo como siempre lo hacía. 

 —Te dije que podrías —dijo él.

Yo no pude sino abrazarlo.

Caminamos en línea recta sin saber adónde íbamos. El camino estaba bordeado de setos y abedules, los gorriones cantaban sobre los ramajes, que no eran sino extensiones del alma de los árboles, los perros cruzaban las calles buscando la sombra, mientras que nosotros, perdidos en la avalancha de vida, hacíamos pie a lo desconocido, hasta que, al cabo de un rato, decidimos volver al coche. El gélido viento nos golpeaba la piel, sobre nosotros una parvada de palomas blancas cruzaba hacia el Norte. A esas alturas de la vida, el corazón galopaba ya a velocidades inverosímiles. Me habría gustado decirle algo más, pero no pude sino reventar en un llanto más bien lamentable, llorar porque la vida, la vida renuente me demostraba que después de tantos años era cierto: algo bueno tenía que llegar. 

A través del retrovisor vi a una mariposa volar brevemente detrás de nosotros. Pensé en la fragilidad de ellas, en la vida más bien efímera a la que debían enfrentarse y, sin embargo, ella estaba ahí, sin miedo al cambio. Entonces pensé que todos, bien o mal, experimentábamos una metamorfosis interna. Me siento vulnerable, dijo, y solo me puedo mostrar así contigo. Yo apreté los labios. No puedo hacerlo con alguien más. Me importas y te quiero, y valoro que estés aquí. Le dije que lo sabía y que debía tener la certeza de que estaría ahí, incluso cuando la vida pareciera sucumbir.

 El amor todo lo puede, pensé, incluso levantar un cuerpo rígido y frío. Recordé las noches en el hospital, la vida destrozada y carcomida por el dolor y la desesperanza. Pensé en todas las personas que habían llegado y hoy no estaban, en el abandono como un arma cruel. Pero esa era, al fin y al cabo, la naturaleza de la vida. Y pensé que la vida también podía ser eso: un constante acompañamiento de sombras y luces. Yo sabía que después de esas palabras la inevitable despedida se acercaría en la distancia. ¿Lo volvería a ver? ¿Cuándo y en qué condiciones? Pensé, mientras reparaba en lo que estaba por venir, en la distancia que separaba un cometa de la vida humana. En especial aquel, esa bola luminosa que aparecía cada tantos años y que la gente se empecinaba en estudiar. Con suerte, la veríamos por primera vez en cuarenta años. ¡Toda una vida!, pensé. 

    —Debo irme —convine en decir.

    —¿Me bajo para abrir la cajuela?

Había dejado mi abrigo dentro. Un perro ladraba en la distancia con la fuerza del infierno, al cabo de un rato, cansado de mover el hocico, dio un salto para detenerse, mientras un gato oscuro brincaba sobre los setos. El perro volvió al ruedo, pero ahora aullaba, aullaba con la fuerza y la ira de quien sabe que le han robado algo. Yo le dije que sí, pero no para eso. El gato se detuvo en el centro del jardín, lamió y relamió su piel, luego maulló como si se lamentara. Como se nos había hecho costumbre, la manera de despedirnos siempre había sido efímera, reducida apenas a un mimo, un beso, un abrazo. Cansado de aullar, el perro comenzó a dar vueltas siguiendo su propia cola. Podo después, se acostó sobre el suelo y dejó caer la cabeza tras un breve y agónico aullido. Aquella vez, en cambio, la despedida fue más larga que de costumbre. Un abrazo eterno y cálido, como solo lo puede ser el de un amor real e inmarcesible. Era verdad, si había algo que podía salvarme, era eso: el amor. Pero no cualquiera, había algo en el suyo que nunca encontraría en alguien más. Algo que, quizá, me costaría toda una vida descubrir. Y es posible que el amar al otro radicara en saberse comprendido, el saber que hay alguien que, aunque camine con la existencia rota, avanza porque sabe que no hay manera alguna, que no sea esa, de enfrentarse a la vida.  El amor es, al fin y al cabo, una entrega total que no espera algo a cambio. Amar es darle el poder al otro de verte vulnerable y saber que, aunque tenga todo para destruirte, no lo haga.

Me despedí y besé su frente. 

Él sonrió. Su coche avanzó, hasta perderse en medio de la nada. Vino a mi mente la periodicidad con la que se veía a ese cometa, ahora recordaba el nombre, era el Cometa Halley, que cada setenta y cinco años podría vérsele desde la Tierra. 

Pensé que el tiempo que me separaría de él, aunque metafórico, poseía las mismas dimensiones de la próxima vez que nos volveríamos a ver. La espera siempre es larga cuando se sabe que a quien se ama yace lejos, bajo un mismo cielo, perdido en las inconmensurables extensiones y dimensiones de la abrumadora Tierra.

 Pero él podría no ser solo un cometa, sino un universo entero.


Y, sin embargo, los días sin él pasan y pasan, y vuelven a pasar, y aún hoy tengo la convicción, como la última vez, de querer esperar y decirle que no, que no solo es un cometa, sino que podría ser, también, un universo entero.

El mío. 


Alex Reyes (San Luis Potosí, 1997) es un escritor y periodista mexicano. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus cuentos y artículos de crítica literaria se han publicado en diversos medios digitales e impresos. Publica semanalmente en su columna, “La rabia y el orgullo” a través del diario El Universal, donde además comparte entrevistas de enfoque cultural. Actualmente trabaja una novela de corte distópico y un libro de cuentos. Las temáticas de sus cuentos están orientadas a desentrañar la naturaleza de la violencia humana, sus inseguridades, los deseos y motivos que empujan al hombre a volcar su vida.

Anécdota de la cuarentena por Edson Emmanuel Hernández Elizalde

Debo confesar que antes del inicio de la pandemia dejé de lado mis estudios
porque quería ahorrar un poco; así me fui a trabajar al centro. Cuando comenzó la
pandemia todos los locales iban cerrando poco a poco, y el lugar que a mi parecer
es el más concurrido de toda la ciudad se iba apagando. Veía menos gente, la
venta iba bajando y las frustraciones de los jefes en el trabajo se reflejaba cada
vez más.
Entonces tuve volver a casa, perdiendo un trimestre por haber intentado trabajar.
El día que me quedé sin trabajo por consecuencia de del “cobicho” yo aún
frecuentaba el Centro porque mi novia de aquel entonces seguía trabajando en
una ferretería sin medidas sanitarias adecuadas. En un principio nadie tomaba en
serio esta enfermedad, ni mucho menos las empresas o las autoridades. No había
alguien que se acercara a ellos y los obligara a cumplir con la sana distancia, el
uso de cubrebocas o el uso de gel antibacterial. Nada. Ninguna de las tiendas que
aún seguían abriendo en el Centro hacía caso de esas medidas, sino hasta mucho
después.
Otro aspecto que noté y vale la pena resaltar es la irresponsabilidad de las
autoridades, quienes se limitaban a ordenar cerrar todo y punto. Sin embargo, en
el metro el uso de cubrebocas no era obligatorio, ni existían los famosos “kioskos”
en donde te vas a hacer tu prueba gratis. Las pruebas de COVID en ese entonces
eran caras, rondaban de entre los tres mil y los diez mil pesos. Antes, usar
cubrebocas no era obligatorio, sino que lo usaban aquellas personas que tenían
miedo de contagiarse del virus, mientras que los que no creían como yo no lo
usábamos. Y este atrevimiento de no usar cubrebocas surgió a partir de ver lo que
en aquel entonces eran los síntomas, porque recordemos que los síntomas que
presentan hoy en día no eran los mismos que se presentaban hace un año.
Entonces eran la fiebre, la tos seca y el dolor de cabeza, lo que llevaba a uno a
pensar “¡amigo!, esas son enfermedades comunes que le pueden dar a cualquiera
y no por ese virus”.
No se tenía conocimiento profundo de esta nueva enfermedad, no se sabía cómo
tratar e inclusive como curar, porque los mismos médicos los decían, los noticieros
lo compartían y agregaban que era la peor de las pandemias de todas después de
la peste negra. Entonces crearon un miedo que hizo que las masas se dividieran,
en un lado teníamos a las que creyeron y comenzaron a quedarse en sus casas y
por otro lado teníamos a las personas que decían “no me pasa nada, no existe y si
me muero pues algún día me tenía que tocar”. Aun así, poco a poco las
costumbres fueron cambiando, de llegar a casa y saludar tranquilamente,
empezamos a pedir el alcohol para lavar manos y el cerillo para matar todo virus.
Muchos de esos aspectos cambiaron en mi vida y la manera en que llevo a cabo
mis actividades. Ahora bien, lo más importante es que por mantener esa
irresponsabilidad de no usar cubrebocas contraje la enfermedad y los síntomas no
solo eran una tos seca o una fiebre común. Cuando me dio fiebre, mucho antes de que me dieran otros síntomas, yo no podía salir a realizar ninguna actividad
porque me sentía muy cansado. Recuerdo que acompañé a mi novia por unas
cosas y después de caminar unas cuantas calles me cansé como si hubiera
corrido un maratón. Regresé como pude y la calentura se intensificaba, el
cansancio se hizo aun mayor, y nosotros con la idea de que no era COVID.
Queríamos hacer una prueba, pero no contábamos con el dinero suficiente para
hacerla y en ese entonces no era posible hacer una prueba rápida. A partir de ese
momento mi vida cambió mucho: empecé a lavar con más cuidado las cosas, los
alimentos, los utensilios; traté de tener todo desinfectado a mi alrededor, y cuando
se llegaba con mandado o cosas de afuera, había que desinfectar personas y
cosas para no dejar entrar el virus.
Después mi novia empezó a experimentar pérdida de olfato. En un momento de
pánico buscó en internet y se enteró que ese síntoma es por causa de COVID. Yo
aun tenía la idea de que no era real; no le tomé mucha importancia y le dije que se
tranquilizara, que era una gripe. Ella se tranquilizó, y a la semana siguiente me
comentó que seguía igual y que además se cansaba con más facilidad cuando
camina grandes distancias. Cabe resaltar que en ese entonces nos
mensajeábamos y hablábamos más por teléfono que en cualquier otro momento,
porque no se nos permitía tanto en su casa, como en la mía, entrar y salir
indiscriminadamente.
En mi caso, los síntomas fueron bastante complejos, ya que el olfato lo fui
perdiendo poco a poco, no me sentía tan cansado y el pecho no me dolió, ni
mucho menos la garganta. El único dolor que sentía era en la espalda y lo sentía
como si hubiera hecho mucho ejercicio y nada más. Entonces tomamos la
decisión de ir a una consulta médica y saber si todo eso era provocado por COVID
o por algo más. Y para nuestra mala fortuna sí era COVID. Sin la necesidad de
hacernos una prueba, la doctora nos dijo “por todo lo que sienten y por lo que me
han platicado es COVID, pero para asegurar tendrían que hacerse una prueba”.
Ambos decidimos quedarnos en su casa, compré los medicamentos que nos
habían recetado, alisté mis cosas y les dije a mis papas que me quedaría
cuidándola en su casa porque se sentía mal. Nunca les dije que yo también estaba
mal, y afortunadamente nunca los contagié a ellos ni a mis abuelos.
Reflexionando sobre estas experiencias, puedo decir que viví un cambio bastante
radical, pero que al final no me costó mucho trabajo adaptarme. Quiero decir,
estaba muy feliz por quedarme con mi novia en su casa. Anteriormente me había
quedado porque se me había hecho tarde para regresarme a mi casa o para pasar
festividades con su familia, pero no por otra cosa ajena a eso. Entonces para mí
fue una alegría bastante grande, por un momento me olvidé de la enfermedad y
me enfoqué solo en eso. Aunque en ese tiempo su familia cruzaba por momentos
difíciles (ya que sus padres se habían separado y vivían en la misma casa) y eso
se hacía muy incómodo para ellos, yo traté siempre de llevarme bien con todos, en primera porque no era mi casa y en segunda porque quería seguir ahí con ella sin
importar nada.
Los primeros días en que nos encontrábamos “aislados”, encerrados en su cuarto,
ella se deprimió mucho, a tal grado que pensaba que se iba a morir y eso la
afectaba más; por mi parte, yo estaba un poco más sereno, tratando ser el fuerte
de la situación para que no se cayera o se enfermara más de lo que ya estaba.
Para ese momento, ella ya no percibía olores ni sabores, dormía gran parte del día
y la cabeza era una molestia bastante grande. Yo experimentaba la falta de
percepción de sabores y olores y dolor de espalda, pero de ahí en fuera me sentía
bien, aunque era un poco molesto el hecho de cómo y no poder saborear o tan
siquiera oler lo que tienes en frente de ti. Y el hecho de despertar con esa
persona, dormir con ella, desayunar, comer y cenar era muy agradable. Toda esa
semana se me abrió un panorama que no tenía. pero la enfermedad no nos
dejaba aún.
Seguíamos sin percibir olores, ni sabores; los dolores, tanto de espalda como de
cabeza disminuían, pero lo demás seguía. Entonces optamos por hablar con otra
doctora para tener otra opinión. Le comentamos cómo nos sentíamos, qué
síntomas teníamos, cuál era el medicamento que nos habían mandado. Ella nos
dijo que de todo lo que nos habían recetado, solo un medicamento nos servía, y
los demás lo teníamos que sustituir por gotas homeopáticas, aspirinas y
azitromicina, y que en una hoya con agua hirviendo dejáramos remojar ciertas
hierbas para poder recuperar el olfato. Al principio nos pareció extraño escuchar
todo eso, ¿Cómo era que con tan poco medicamento nos íbamos a curar? Pero al
final lo hicimos porque en su familia esa doctora era de confianza, ya que había
ayudado a muchos de ahí a curarse. Continuamos con el tratamiento que nos
impuso la doctora y yo a los 5 días estaba muy bien, mi novia se sentía un poco
mejor, aunque no del todo. Casi diario nosotros teníamos que comunicarnos con la
doctora y comentarle como nos sentíamos, si habían desaparecido síntomas, si
habían aparecido nuevos, etc. Cuando le comenté a la doctora que me sentía ya
casi recuperado se sorprendió y me dijo que yo podía ayudar a sacar sangre
porque de esa prueba podían sacar anticuerpos para poder crear una vacuna. Eso
me hizo sentir bien, pero no seguro de salir.
Poco a poco recuperábamos nuestros sentidos y nos sentíamos cada vez mejor. A
mi familia le comenté que tenía COVID un par de días después de que había
mencionado que iba a quedarme un tiempo en casa de mi novia. Ellos me
marcaban con frecuencia para saber cómo nos encontrábamos, principalmente yo,
y les comentaba que mi recuperación era rápida en comparación con la de ella, y
siempre nos decían que nos cuidáramos, que no saliéramos y que tomáramos a
las horas correspondientes nuestros medicamentos.
La vivencia en su casa fue como una probadita de lo que sería estar solos o
inclusive casados, porque ella contaba con un poco de dinero y yo pedí prestado a uno de mis hermanos para seguir estando ahí. Con las precauciones debidas y
después de estar recuperados, salíamos de compras por utensilios básicos como
jabón, shampoo, pasta, cereal, galletas, etc. Fue aún más bonita la sensación de
vivir juntos porque la situación nos llevó a plantearnos nuestro futuro, que en este
caso era vivir juntos y tener nuestras propias cosas. Fue tan grande esa
sensación, que yo quise entrar a trabajar en algo donde me dejara dinero y que
pudiéramos vivir “bien”.
Después de nuestra recuperación absoluta, pasó algo feo en su casa: se
contagiaron miembros de su famiñoa, entre ellos su abuelita. Su abuelita era una
persona que no le gustaba estar sentada, le gustaba ir de un lado a otro, se
levantaba temprano para lavar, hacer sus mandados, cocinar, etc. Entonces en
ese momento nos cargó un poco la culpa porque sabíamos que nosotros la
habíamos contagiado pues su mama nos estaba “atendiendo” y entraba en
contacto con nosotros y también lo hacía con ella. También se contagiaron su
mama, su hermana y su tío. Este último fue al que más feo le dio y al igual que su
abuela, se tuvieron que tratar con la misma doctora. A su tío le recomendaron casi
lo mismo que a nosotros y a su abuela dosis más grandes y potentes, ya que llegó
un punto en el que ya no quería comer, ya no quería tomar nada y pensaron que
moriría. Para darle la comida y el medicamento tuvieron que comprar un traje
especial con guantes, careta y cubre bocas.
Afortunadamente ella se recuperó y siguió muy bien, aunque tuvo secuelas muy
graves, como el hecho de no poder salir por estar tan vulnerable, ya no tener
contacto con el agua ni tan noche ni tan temprano, bañarse cuando aún hubiera
sol, entre otras cosas. Su tío tardó en recuperarse, estaba mucho tiempo en cama
y no podía salir. El estrago que le dejó fue que se dañó parte de su pulmón y se
cansaba con un poco más de facilidad. A su mamá y a su hermana
afortunadamente no les pasó nada grave, solo la pérdida del olfato y del gusto. Se
trataron con el mismo medicamento que nosotros y al poco tiempo estaban mejor.
El estrago que le dejó a mi novia fue el que los olores fuertes, como el de la
cebolla, se le hacían muy repugnantes, al grado de tener ganas de vomitar. Yo no
podré hacer ejercicio adecuadamente por un tiempo por la falta de oxigenación.
Después de la recuperación el miedo no cambió entre nosotros. Cada vez que
llegábamos a salir de la casa, lo hacíamos con cubrebocas, y si se podía hacer
con careta mejor. Miraba alrededor en todas las calles y todos usaban el
cubrebocas, más por miedo que por compromiso. Muchas muertes se habían
provocado por aquel virus y el miedo se incrementaba entre las masas. Su familia
también hacía lo mismo que la mía: llegando nos roseábamos nosotros mismos y
nuestras cosas con alcohol o desinfectante.
El estar tanto tiempo “encerrados” cambiaba mucho las perspectivas. ¿Qué
hacer? ¿Cómo no aburrirte de lo cotidiano? Considero que al final fue una buena
decisión quedarme con ella, ya que los días ni los contaba. Siempre nos entreteníamos jugando Scrabble, Basta, Turista o juegos en el celular y pensábamos en lo que seguiría después. Ya que la relación entre sus padres y ella era muy tensa, se cuestionaba continuamente si ella podría regresar a la escuela o no, si le convendría seguir trabajando o seguir con el estudio. En ese
momento nosotros pensamos que lo mejor sería inscribirse nuevamente, ya que
había pasado mucho tiempo sin hacerlo, y las opciones de trabajo no eran ni
muchas ni buenas. La pandemia le dio mucho en que pensar a ella conforme a la
separación de sus papás, pues verificó que ya no contaba con ellos para seguir
estudiando ni mucho menos para regresar a la escuela. Yo no veía mal ni lejos la
opción de seguir con el estudio, pero quería seguir apoyándola a ella en todos los
sentidos que estuvieran en mis manos. Sin embargo, esto pero no fue suficiente
para que cambiara de opción.
Comenzamos a ver en las noticias que nuevamente abrirían el Centro y por eso
me contacté con la persona que anteriormente había trabajado ahí. Me comento
que en cuanto dieran “luz verde” comenzaríamos a trabajar. Para ambos fue algo
grandioso, ya que no contábamos con los suficientes recursos económicos para
seguir juntos en su casa, entonces la noticia nos alivió. Al regresar al trabajo fui
muy precavido, me ponía muy bien mi cubrebocas y no me lo quitaba en ningún
momento. El transporte seguía casi vacío como al principio de la pandemia; en el
paradero de igual forma no se encontraba mucha gente; en el metro ya todos
portaban el cubrebocas correctamente y se encontraba personal del metro
proporcionando gel antibacterial a todo aquel que quisiera. En el Centro no
muchos locales abrían, ya que lo primero fue tener la regla de abrir un día los
números “par” y al siguiente día abrir los locales que contaban con número “non”.
Me estaba dando cuenta y cómo todos lo habían advertido, la vida había
cambiado; desde mi punto de vista para bien. Todos eran más higiénicos, más
precavidos y también noté, empezando desde mí, que ya no había tantas
enfermedades (gripe, tos). Me daba más confianza llegar a un lugar ajeno a mi
casa porque sabía que contaban con esas medidas y con esas precauciones, y
hasta el día de hoy sigue siendo algo bastante agradable.
Para concluir el recuento de todo lo sucedido, debo decir que en la vida no se
aprende si no es uno mismo quien toma decisiones para enfrentar el entorno. Las
acciones de nuestra vida cotidiana nos afectan y nos hacen crear diversas
decisiones en nuestro día a día. Esto nos hace formar ciertas conductas a
diversas acciones que bien o mal tenemos que tomar. Nuestras decisiones parten
de nuestra propia experiencia, la que nos permite discernir lo que nos conviene y
lo que no nos conviene. En pocas palabras, somos nosotros mismos quienes
creamos ciertas costumbres que nos ayudan a “sobrevivir” en nuestra vida
cotidiana.


Soy estudiante de la carrera de psicología social, me considero una persona apasionada por lo que hago, en cuanto tengo algún proyecto en mente me gusta realizarlo, se en la escuela, trabajo o en la vida. Me apasiona mucho el escribir y algún día me gustaría publicar un libro y ser recordado por eso, simplemente por el hecho de saber que algo a lo que le he dedicado tiempo y esfuerzo ha rendido frutos, disfrutó mucho leer y pasar tiempo con mi familia, creo firmemente en que la familia es lo más importante para todo lo que llegues a hacer ya que son los que siempre estarán contigo pase lo que pase.

DEMASIADO HUMANO

por Rodrigo Díaz Bárcenas


Me gustan las mañanas como la de hoy… el señor Morales se levantó temprano y me preparó algo de comer, es una de las personas más buenas que conozco, y a decir verdad, es la persona más importante en mi vida; posiblemente la única que tolera mi pasado.

Hoy la mañana es muy linda, pero no puedo dejar de pensar, ni un solo instante, en el lugar de donde vengo. Sé que fue hace mucho tiempo y que el señor Morales se ha esforzado mucho intentando que algún día olvide esa vida horrible que alguna vez llevé, pero siento un poco de pena por él –y por mí- porque creo que nunca lo podrá lograr. A veces me comporto muy alegre y trato de mostrar mi gratitud de todas las formas que conozco, pero en el fondo sólo yo sé que el recuerdo sigue ahí… si el viejo Morales pudiera saber que jamás olvidaré lo que pasó, y que pese a sus energías y esfuerzos que deposita en mí con cada detalle, pienso todos los días en mi antigua vida criminal, estoy seguro que lo decepcionaría profundamente. Por eso prefiero no decir nada, de cualquier forma, aunque lo intentara, estoy seguro que nadie me entendería.

Era un sábado por la tarde cuando el suelo de cemento, del patio de aquella casa obscura, se tiñó de rojo; había pedazos de piel y cabello regados por todo el suelo, si cierro mis ojos aún puedo sentir la calidez de su sangre viscosa empapando mi pecho, mi cara, mis piernas. Mi corazón me golpeaba el pecho con mucha fuerza y comencé a temblar tanto que sentí como si me fuera a desplomar en cualquier momento, sentía mi boca pastosa y mi respiración acelerada, la voz me temblaba y el olor de las tripas regadas a mis pies, me provocaba arcadas. Estaba aterrado. Aún recuerdo cada detalle a la perfección, ya casi se ponía el sol cuando me di
cuenta de que había asesinado a mi propio padre. Había tanta sangre… yo jamás había hecho algo parecido, creo que nunca entenderé por qué lo hice. Sin embargo, por algún motivo que hasta ahora no logro descifrar, tampoco había estado nunca tan emocionado y orgulloso como me sentí aquel día. Me sentí fuerte, me sentí mayor, me sentí importante; había matado por primera vez y la hazaña de haber acabado con mi rival, siempre tan poderoso y soberbio, que
ahora yacía inerte frente a mis ojos, me hizo sentir invencible; aun así, mis hermanos me veían con una tristeza y un miedo tan profundo, que jamás lo podré olvidar. De pronto sentí un golpe seco en mi nuca, y lo siguiente que recuerdo es que mi compañero Gilberto me arrastraba por todo el piso, jalándome de los pies.
Hasta ese momento me di cuenta que mis piernas no me respondían desde que acabó la pelea con mi padre. Más tarde, aunque no pude abrir mis ojos debido a las costras y las costuras, alcancé a escuchar – al parecer a un médico- que le decía a Gilberto algo que cambiaría mi vida para siempre: yo jamás volvería a caminar.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, detrás de los barrotes de esa fría celda, y sin Gilberto a mi lado, pensé que mi vida había terminado, finalmente me lo merecía, ¿no es cierto? Me resigné a mi suerte en aquella celda solitaria, y justo cuando me dispuse a disfrutar de mi muerte y a sentir el cálido ardor de las heridas en mi maltrecho cuerpo, me informó el guardia que alguien había pagado mi fianza, era libre otra vez. La noticia no me alegró más de lo que me desconcertó; no sabía quién podía ser, yo no tenía a nadie en el mundo a quien le importara mi suerte, y aquel desconocido que me quería sacar de ahí y que interrumpía mi tormento, justo cuando empezaba a saborearlo, me pareció más mi verdugo, que mi salvador.

Ahora que estoy rehaciendo mi vida, y que el señor Morales me ha abierto las puertas de su casa, todo me parece muy extraño… el anciano es muy amable conmigo y ha intentado que me sienta mejor, cura mis heridas y me repite incansablemente que no fue mi culpa, de hecho, creo que no está tan equivocado, finalmente sólo me estaba defendiendo, mi padre había comenzado la pelea. También me han dicho que yo no podía saber que estaba matando a mi propio padre, que me abandonó hace tanto tiempo que sería imposible que me acordara de él. Yo sólo afirmo con la cabeza para que no se angustie por mí, pero la verdad es que en cuanto lo vi por primera vez, antes de que se lanzara sobre mí, lo reconocí al instante y estoy seguro que él tampoco me había olvidado, sin embargo, algo había cambiado en él, ya no era el mismo de antes.

Cuando era pequeño, recuerdo que mi padre solía jugar conmigo cada tarde, salíamos juntos al parque y jugábamos con el balón hasta el anochecer, siempre cuidaba de mí y me daba buenos consejos. De repente un día, al despertar, ya no estaba a mi lado, según me intentó explicar mi madre, lo habían reclutado para una misión muy importante. Me explicó, como pudo, que al lugar a donde lo llevaban, y con la fuerza que mi padre tenía, podríamos ganar mucho dinero y hacer feliz a mucha gente, y aunque tiempo después me enteré que así fue, mi madre y yo nunca vimos un solo peso de aquel trabajo, y estoy seguro que él tampoco lo disfrutó como le habría gustado. En fin, creo que tuve la mala fortuna de heredar su fuerza y coraje, esa misma fuerza que me sirvió para que ese sábado inolvidable pudiera hacer crujir sus potentes, pero viejos huesos, estrellándolos contra la pared hasta que dejó de respirar.

Sé que cometí un error muy grave y que tal vez nunca me perdonen por lo que hice, también sé que soy muy diferente a todos los que viven en esta casa, ellos jamás habrían hecho algo tan atroz como lo que me atormenta cada noche, pero puedo jurar que desde ese día no he vuelto a sonreír y trato de no mover mi cola cuando se acercan a mí, para no molestar. Me queda claro que no merezco ser feliz nunca más y que sólo me queda estar echado en el piso a los pies del viejo Morales, que es quien cuida siempre de mí con una gran sonrisa, y es el único que me alimenta y me lava porque yo no puedo mover mis patas traseras, a partir de mi accidente. Cada día me esfuerzo por demostrarles que no tienen que tenerme miedo, escondo mis grandes y torpes dientes con mucha vergüenza para que vean que ya no los usaré más, que no le haré daño a nadie.

Estoy seguro que las personas no son tan crueles como lo he sido yo, pero… aparte de defenderme de mi padre en una pelea, que por cierto, dejó mucho dinero, no entiendo por qué los demás me tratan con desprecio e indiferencia, ¿será porque no creo en Dios? ¿Será porque no hablo como ellos o porque no comemos lo mismo? Daría lo que fuera por librarme algún día de estas cadenas que no me dejan decirles lo que siento, decirles que muchas de las cosas que creen saber de mí no son ciertas, que no sólo ellos añoran y no sólo ellos pueden cambiar y tratar de ser buenos, yo también aprendo de mis errores y trato de no olvidarlos. En fin… creo que de eso se trata cuando hablan de algo así como la humanización de los animales… ¿o la animalización de las personas? No sé, la verdad nunca he entendido bien la diferencia.


Rodrigo Díaz Bárcenas

Amante del deporte y del mundo de las letras, es licenciado en Sociología por la
Universidad Nacional Autónoma de México y realizó estudios en la Universidad de
Barcelona (UB), en España.

Miembro fundador, editor y colaborador activo de la revista Crisol Acatlán, en la
Universidad Nacional Autónoma de México.

Participó en la investigación, revisión crítica y publicación del libro Richard
Sennett: Cuerpo, trabajo artesanal y crítica del nuevo capitalismo; respecto a la
obra del sociólogo estadounidense.

Actualmente se desempeña como asesor legislativo y docente de ciencias
sociales, artes y humanidades.

Diez minificciones de Chris Morales

por Chris Morales


Momentos de oro

Cada día probaba sus galletas de mantequilla. El sabor, el olor, la textura hacían sentir a «Muñeca» —así le decían sus papás— una niña amada. Su mamá las horneaba; papá servía la leche y juntos las saboreaban. El deleite mayor se originó al comer muñecos de jengibre. 

   Un año después, cuando llegó un nuevo integrante a la familia, «Muñeca» quiso hacer suculenta y especial su estancia, así que, lo puso sobre la mesa. Aunque le costó mucho prender el horno y conseguir algunos ingredientes, su hermanito quedó bien tostado, crujiente, listo para probarse con leche y reforzar el amor de familia.


Por amor

No podía dejar que mi padre sufriera a causa de esa enfermedad crónica degenerativa. En realidad, todos le tememos al dolor. Lo bueno que la muerte le llegó casi de manera instantánea. Ahora él descansa y yo también, pues el día del atropello le quité las placas al auto.


Evocación

Hoy estaba pintando la recamara de mis padres cuando me topé de frente con el retrato de mis abuelos. Los miré fijamente a la cara: él, sonriente, luciendo pícaro bigote; ella, seria (hasta podría decir que un poco triste). Regresé a mi labor y terminé por pintar flores en la jardinera, gallinas en el tronco de un árbol, vacas y caballos pastando, marranos comiendo en un chiquero y mazorcas apiladas en la casa de provincia donde creció mi madre. 


Viaje sin fin

Había llegado nuevamente a la terminal sin que nadie le dijera que debía bajarse del vagón. ¿Cuántas vueltas más daría a la línea entera? No ha caído en la cuenta de que la última vez que atrajo la atención de la multitud fue al aventarse a las vías del metro cuando éste entraba a toda velocidad a la estación.


Costumbre

Tantas veces había batallado al ponerse su maquillaje. En el microbús, en el metro. En el tren suburbano se molestaba cuando no alcanzaba lugar, aun así, maniobraba para llegar siempre arreglada al trabajo. Sus rápidos ascensos le permitieron comprarse un auto.

Ahora, no le perturbaba nada, iba muy cómoda. De hecho, fue maquillada por otros para llegar hermosa al velatorio. Se le olvidó que su vehículo nuevo debía ser conducido por ella misma.


Sueño libre

Varias noches no pude dormir: tuve pesadillas. Soñé que te ibas para siempre con tu amante. Hoy, por fin se hizo verídica la acción y me quedo en la soledad de una casa grande. Más vale la certidumbre de una realidad, que un descanso perturbado.


Locura

Cuando gozo una paleta, me sabe a Dulcinea. Cuando saboreo un caramelo, me sabe a Dulcinea. Cuando disfruto de un pan, me sabe a Dulcinea. En el baño de la escuela escribí: Miguel y Dulce, una aventura para siempre.

Lucharé contra esos gigantes ─los edificios─ que nos separan día a día y llegaré a tu encuentro. Mi amigo, Pancho Panzas, me dice que estoy loco. Yo le contesto que sí, que estoy enamorado.


Retorno

Extrañaba salir al parque, sentarse ─con su andadera a un lado─ sobre una banca y alimentar a las aves.

Esa mañana escuchó un organillo en la calle. Tocaron el timbre. Entusiasmada, sacó su mano por la ventana y roció con alpiste el sombrero.


Liberación

Caminando por las calles de su nostalgia, la encontró tirada al pie de un árbol. La levantó y se la llevó a su escritorio. Redactó sobre ella sus más grandes anhelos. De tinta usó sus lágrimas. Después la liberó por la ventana, apreciando su suave y acompasado vaivén. Sabía que sus sueños —por muchos que fueran— no lo suspenderían en el aire como aquella hoja. Se estampó primero en el piso.


Doble jornada

Hoy volví a cumplir mi sueño: convertirme en agente secreto y escabullirme entre las calles de la ciudad hasta localizarte. Vi las caricias a discreción, los jugueteos y, con mis binoculares, mis pupilas pudieron colarse entre las persianas del departamento que compartes con tu amante y ver la concreción de sus devaneos ilícitos. La tarea fue muy ardua; tanto, que me desperté mucho antes de que sonara el reloj. Mis grandes ojeras me dicen que mi trabajo real estará peor que el onírico.


Chris Morales. Actor y escritor mexicano de textos dramáticos, cuentos y microficciones. Ha publicado en diversos sitios de internet, revistas y antologías electrónicas. Compiló, al lado de José Manuel Ortiz Soto, la antología Pequeficciones. Piñata de historias mínimas. Dos de sus obras de teatro fueron galardonadas por la Asociación de Periodistas Teatrales en el 2007 y 2016. Egresado de la UACM en la carrera de Creación literaria y combina las letras con las artes escénicas en la Asociación Civil JADEvolucion-arte desde hace 15 años.

Dos textos de Giovanna Enríquez

por Giovanna Enríquez


CASA

La casa es el lugar al borde de la piel
donde se rompen vajillas a destiempo
y se aprende a decir partes en lugar de v u l v a.

Cada mes, cuando al tiempo le da prisa,
una sólida serpiente de mar me escurre entre las piernas.
Toca, entonces, reposar bajo la lluvia de la mañana, 
para que el animal se cuele por la coladera.
Toca, pues, cerrar la cortina de la ducha
y apretar los dientes para detener el vuelo.
Desprender las alas bajo el agua hirviente
siempre lo creí necesario.

El tecnicismo, como le dicen, es endometriosis:
como si la técnica fuera arte y oficio,
a mí me suena a mala broma, 
a lenguaje enfermo, de hospital, de bisturí 
e histeroctomía; otro tecnicismo.

La casa es el lugar al borde de la escalera
donde espero sentada a que seque 
el agua trapeada a mediodía, 
porque no llegué al inodoro, 
y decidí
que el rellano era un buen lugar para cerrar las piernas
llevar las manos al vientre, 
apretar
esperar.

La casa es el lugar al borde de la tierra
donde se siembra en verano 
lo que no se logrará en invierno.

Los botones que no son flor se arropan,
las madres salen a buscar a sus hijas, 
los endometrios crecen desesperadamente,
las cactáceas se nombran igual en toda Latinoamérica,
la educación sexual se vuelve piedra de tropiezo,
las piedras siguen acurrucadas en los vientres ajenos,
los analgésicos se compran sin receta.

La casa es el lugar al borde de las vulvas
donde las partes del cuerpo son sólo mías,
donde cuerpos en partes se descomponen
en las carreteras, 
donde un cuerpo se abraza a otro cuerpo, 
en espera de que todas vuelvan,
donde todos los cuerpos mudan a cuerpas,
y cambian de estación cada tanto, 
cada siempre,
cada que es necesario nombrar una casa,
darle forma de labios, vello y clítoris,
de útero que se pronuncia: 
casa de plasma y plaquetas 
casa de lábaro matrio,
casa sin niños 
casa sin piernas cerradas.

Marzo, 2021
CDMX


SOBRE MOJADO

I

−Hoy es su día, maestros, una sonrisa, carajo…pues muchas felicidades, ahí agárrense una chela… que sin ustedes nomás no hay nada. Ahora sí que les debemos todo, maestros. ¡Salud!

El arquitecto llevó una lata de cerveza al aire.

¡Salud!, ¡Salud, inge!, ¡Arqui, salud!, ¡Salud, maestro!

Un pelotón de manos se embistió al centro de un círculo improvisado para chocar latas heladas de cerveza barata. En una radiograbadora chapoteada de pintura multicolor, sonaba un CD rotulado con plumón negro: “viva cristo rei” en letra temblorosa, al lado de una cruz demasiado larga. Pedro Infante cantando muy alto “En tu día” desde las bocinas desgastadas. Bocinas de batalla, como le decía Don Emiliano, ‘que se escuchen perro pa’ no dormirse’, decía. 

Celebremos, señores, con gusto. Sí está bien bueno ese queso, inge. Este día de placer tan dichoso. Páseme una tortilla, doña Mari. Que tu santo te encuentre gustoso. ¿Otro taquito de chicharrón, arqui? Y tranquilo tu fiel corazón. ¿De cuál le pongo, de la que pica o de la que no pica?

II

−Y le dije, te me vas calmando, Mari, a la próxima: si te digo huevos rancheros, son rancheros, no volteados, no fritos, no revueltos, rancheros. −Armando se llevó una mano a la frente, arrastrando en su palma un jirón de sudor que terminó sobre un ladrillo raspado. Entre él y Gabriel cargaban bloques de adobe, uno a uno, para armar una línea perfecta que rematara los arcos de la entrada principal. Armando tiraba el primer jalón y Gabriel le continuaba montando cada módulo, uno sobre otro, para darle sentido a una forma que ambos, sin decir nada, entendían perfectamente. ‘Pura pinche lógica…’, como decía Don Emiliano, ‘…es lo que tenemos los albañiles. Qué plano ni qué ocho cuartos’, remataba.

 −¿Y te los chingaste o qué? yo que tú no me los hubiera chingado, ¿qué no?

−¿Los qué?, Ah, ¿los huevos?, pues sí, ¿por qué no me los iba a comer? A ver, pásame el reventón, que se ve medio chueca esta madre.

−Pero estuvo chingón, ¿qué no?, digo, el inge siempre se rifa. El arqui es medio gandalla, y sólo nos trae barbacoa ese día, pero pues yo sí me la pasé rebién. Yo pensé, la neta, que íbamos a seguírnosla, y hasta le había avisado a Susana, le dije, mija, hoy no llego, te voy avisando desde ahorita, y hasta se sorprendió porque llegué temprano y dije, le dije, hoy te fue bien, eh, ¿qué no?.-

−Ey, sí. Allá en mi casa, llegué y todo como siempre. Pero igual hubiera estado bueno, ¿no?, un pulquito ahí de los que ofreció Don Emiliano, que en la casa de su compadre, dijo, ¿no?, sí dijo. Pero ya luego. Ahorita nomás échate la lechereada y ya estamos.

−Ya estás, te doy aventón, pero espérame.

−Te topo afuera.

Armando se sacudió las manos en los muslos, dejando en sus pantalones pátinas blandas de mezcla, sobando la mugre prendida a la tela. Se fregó de las manos a los codos con agua de un bote, antiguo contenedor de pintura, y de la misma agua hizo un buche que escupió sonoramente. De una mochila verde sacó una playera y un desodorante. Antes de ponérsela, en un gesto ensayado, roció del aroma a ‘vibra tropical’ su playera en cuello uve. De donde lo dejara Gabriel, se iría caminando hasta la panadería, compraría unas teleras, un medio de leche y agarraría camino a casa sin detenerse en la casa de su sobrino. Ya le habían dicho que era absurdo querer entrar a un negocio familiar que no tenía ni pies ni cabeza, “¿para qué entrarle a eso, si ni me va a dar todo el gane completo?” pensaba Armando cada que pasaba por la casa del escuincle de veinte años, dueño ya de una moto que se había comprado con esos “ahorritos del negocio familiar”.

III

−Me cae que ni manera hay de hacerla entrar en razón a tu hija, Pedro. Si se te va a ir, que se te vaya, pues. Si ya se agarró del chamaco ese, pues que se vaya. Después va a venir regresando a pedirte perdón por haberse ido. Así son, así es mi Carmela. Le dije, no te vayas a vivir a la casa de tu suegra, niña. ¿Y qué crees que hizo?, pues sí, pues no aguantó, y volvió por ahí de marzo a decirme, ay, papi, es que allá no me dejaban hacer nada y les tenía que hacer de comer.

 −¿Y la dejaste volver, güey? Es que ahí está, ahí está, por eso no quiero que se vaya, pero ella insiste que nomás en lo que se alivia y ya luego se regresa acá, pero yo ya le dije también que ese chamaco lo va a tener en nuestra casa, bueno, que después de que se alivie va a vivir con nosotros. Yo no sé qué mañas tenga su noviecito, güey, pero no me gusta para ella, ya te digo yo.

−Yo ya te dije. Órale, dale al repellado.

Al poco, el arquitecto llegó. Desde la puerta de entrada hasta el final de la barda inmediata, recorrió las paredes con las puntas de los dedos, como si en el acto pudiera reconocer un trabajo fino, como decía cada que entregaba las obras. Los días de inspección eran tres a la semana.  Se sabía que cuando el ‘arqui’ llegara, la botella de refresco de limón debía estar helada.

−Entregamos en cinco días. ¿Cómo vamos? Maestro, ¿vamos bien?

Don Emiliano se acomodó el casco.

−Vamos bien, arqui, ahí ya casi está.

−Yo esperaría que por ahí del viernes ya estemos levantando para entregar el sábado. Su pago sería el lunes que es quincena, nada más sí me esperan esos dos días, ¿no? Ya saben que no les fallo.

−Sí, mi arqui, no hay problema. ¿Un refresquito?

−Hoy nada más vengo de pasada. Les encargo, entonces, señores.

A la salida del arquitecto, Don Emiliano lanzó su silbido y la cuadrilla de hombres retomó afanosamente el mediodía. Con el sol metiéndose en sus cabezas, algunos arremetían, pala en mano, contra la pasta grisácea calculándole el agua al tanteo; otros cargaban estructuras de madera perfectamente ensambladas, andamios que estaban listos para mudar de lugar, una vez más. Al fondo, resguardada de la intemperie, bajo el ángulo de la escalera, la radiograbadora sonaba una voz masculina ahogada en el eco del espacio.

Al entrar la tarde, llovieron gotas absurdamente gordas. Se encharcó el cemento recién echado de la entrada, el piso de la terraza se ahogó desbordando las juntas de los azulejos, trozos del pasto artificial sobrepuesto flotaban sobre los centímetros del agua estancada del patio trasero. Don Emiliano había dicho claramente que era necesario adherirlo bien, nadie hizo caso. Un día más de abril, una lluvia más, un retraso más.

IV

−Yo ya le dije a Gabriel que si no acabamos para mañana, ni me eche a mí la culpa. Yo voy bien, pero pues nada ayuda. Ya vio usted, Don Emiliano, se atrasaron para traer la pintura, ¿así cómo? ni con la ayuda de Dios.

−Mira, Pedrito, aquí somos todos, y no hay manera de que no acabemos. Pues si ya casi estamos, ya nada más les toca a Armando y a ti levantar hoy. Nos vamos a ir en la camioneta para la siguiente obra, pero primero hay que dejar todo listo hoy, ya para nada más venir a limpiar temprano y entregarle en la mañana.

 −Pues me jalo, entonces−.

Pedro se puso el chaleco, el uniforme de coronel le decía Don Emiliano, y se encaminó hacia la esquina de la construcción, donde se amontonaban materiales, ropa sucia, bolsas con basura, botellas con pegamento, latas vacías de cerveza, cascos, una caja con cds de música, el cuaderno de cuentas, un garrafón de agua.

El rincón estaba más desacomodado que siempre. Pedro lanzó un silbido, se quitó la gorra, otro silbido, y la aventó al suelo al tiempo que soltaba un ‘me lleva la chingada’ para sí. Armando llegó a los pocos segundos, y no tardó en entender qué pasaba.

−Nos chingaron, carajo, mira, está todo hecho un desmadre. Le dije a Gabriel que cerrara bien ayer, se me hace que ni el candado puso.

En un gesto confundido, atropellado, Pedro comenzó a revisar torpemente todo cuanto tocaban sus manos toscas. Mientras más trataba de acomodar, más abultado parecía el montón de objetos que, más allá de estar listos para ser recogidos, parecían estar dispuestos para quedarse ahí el tiempo que fuera necesario. Una pila antropológica de cosas a punto de convertirse en una pila ceremonial.

−Huele medio de la chingada, ¿no? ¿Qué haces, güey? ¿Eh, Pedro? A ver, espérate, mejor no le muevas mucho. Háblale a Don Emiliano.

Pedro se levantó lentamente, sin hacer ruido, sin importarle la mirada juzgona de Armando, quien, parado al pie del cúmulo pestilente, miraba a su alrededor. Los demás compañeros le notaron el gesto y, uno a uno, se acercaron para preguntarle qué pasaba. Se reconocían familiares los murmullos entre los hombres congregados alrededor de la escena, como no queriendo estar, pero prestos para lo que ocurriera.

Don Emiliano llegó detrás de Pedro, quien le señaló debajo de un rimero de ropa arrugada.

−Ahí es donde le dije, pero no quiero levantarle, mejor le hablamos a alguien, ¿no?, porque se me hace que sí hay algo ahí.

−¿Qué le vamos a hablar a nadie ni qué nada? ¡Órale!, los demás regrésense a trabajar, chingao. ¡Órale, ya! A ver, Armando, ¿qué haces ahí parado tú también?, muévele ahí a ver qué hay. Se me hace que se nos metieron.

Armando se subió la camiseta a la nariz, apenas dejando ver los ojos; la mirada pasmada, tanteando la ropa. Siguió moviéndola, metiendo la mano debajo de las telas, hurgando insistentemente. Lo sintió, estaba frío; al hundir sus dedos, tocó la superficie hinchada. Se le ahuecó la garganta, siguió subiendo la mano, los dedos apenas tocando la piel, el corazón ciñéndosele en el pecho, hasta que sintió una oreja perforada en el lóbulo, un arete largo pendiendo de ella.   

V

Sábado con la mañana recién entrada. El arquitecto entró por la puerta principal, llevando las yemas de sus dedos al aplanado perfecto. Un balde de hielos, refrescos de limón y cervezas, al centro del patio principal.

−Yo creía que no acabábamos, maestro. Pero miren… qué bonito trabajo. ¿Ya está todo limpio, cierto?

−Sí, arqui, ya estamos. Nada más le entrego cuentas y ya queda.

−Muchas gracias, señores. Pues nos tomamos alguito y nos vemos el lunes, entonces. Salud, ¿no?, ¿o qué? ¿Todo bien? Los veo ojerosos.

−Sí, nada más tuvimos un inconveniente que nos retrasó, pero ya todo bien −respondió Pedro−. Nos llovió también ayer sobre mojado, como dice Don Emiliano. Sobre mojado.

Octubre, 2020
CDMX


Giovanna Enríquez es artista visual mexicana e historiadora de arte con práctica literaria y fotográfica. Su trabajo consta de texto, cuento y poesía, fotografía, audiovisual e imagen autoral y apropiada. Es egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de escritores de la SOGEM, del Diplomado en Fotografía en la Academia de Artes Visuales con especialidad en Creación de fotografía y discurso, y de la licenciatura en Historia del arte en el Centro de Cultura Casa Lamm. Ha publicado cuentos, fotografías, poemas, audiovisuales, crónicas y notas de periodismo cultural en medios electrónicos e impresos. Ha participado en intercambios fotográficos y culturales con la School of Visual Arts de Nueva York y la Neue Schüle fur fotografie de Berlín. Administra la web http://www.giovannaen.com (en recuperación) en la cual publica proyectos de imagen y texto; la cuenta Vimeo: https://vimeo.com/giovannaenriquez y el Behance donde alberga su proyecto más reciente: http://www.behance.net/giovannaenriquez