Muestra poética de Diego Quintero Martins

Salet

Nadie quiere verse desnudo sin furia sin calcio, sentir lo perdido por el tiempo —envejecer y decirse su padre. Regreso al útero donde la música es sad y los colores púrpura y las razones de los colores una reacción hormonal. Regreso al útero donde reside lo explicativo y contemplo el resto de mis dientes.

Baby we rolling

Sonámbulos en un motel a la ribera
donde teorizo con el fémur
si soy quien digo ser, tal vez un chico rudo
junto a otro menos rudo.
Un motel a la ribera donde es fácil
cuestionar mi nombre a gritos, el eco
que rasga cuando un hombre entra
dónde ningún hombre entró,
la lengua como una arteria
entre la pelvis y el latido.
Sonámbulos pero no iguales,
nunca iguales, ahí la gracia
de la piel sudorosa: brilla
como lo nuevo, un diamante
en la carne. La mañana siguiente
diremos haberlo perdido.

I

Nací al límite de la soviet donde los árboles, recuerdo, las hojas, recuerdo, se abrazaban a la tibieza de julio como las manos pequeñas y grises del recién nacido. Lo demás se diluyó en la nebulosa de los primeros días tal cual la juventud paterna se diluye en lo cirílico. Taskent se olvida y avanza y se adhiere a la gangrena del tiempo, repta, sí, con el cuerpo acercándose a la descomposición necesaria, inevitable. Mi enfisema es signo de varios trabajos de call center y los kilómetros equidistan los años, un bólido es para soñarse ¿o no? Un bólido me lleva a una isla microscópica del atlántico. Mis abuelos viven en Mindelo con algo de sosiego a pesar de pertenecer a un pueblo vibrante y pienso en la morabeza y pienso en la morna y los barcos son temporales.


Diego Quintero Martins (Taskent, Uzbekistan, 1990) es autor de los poemarios Estación Baudelaire (Ediciones Espiral, 2015) y Taskent soledad ultra (Ediciones Espiral, 2017/Ediciones liliputienses, 2019).

Poesía y patrias: Carlos Calero

Sobre la cabeza de un perro

Tu memoria respira olores sagrados, grises, turbulentos; olores insatisfechos por el
derribo donde anidan palomas hojalateras, palomas vende ropa y helados. En los techos
viven reptiles sastres que visten corbatas y gabanes. Los insectos observan la infidelidad
de las amapolas. La casa de tu memoria amanece, no cambia de ropa, de penumbra ni
los sueños; no se peina con un espejo; no se lava el rostro ni usa collares de ballenas en
su cuello; no limpia telarañas ni exhala vapor de arroyos. La vida es atrapada por el
misterio, entre jardines y respaldos de las sillas, para que la casa espere a los viajeros,
cuando no ven más que un horizonte sobre la cabeza de un perro.

Ecología

No jugamos las cartas ni dados frente al manto de la muerte. Anunciamos el sepulcro.
¿Y la ardilla, el perezoso, las larvas, las crías de águilas vírgenes? En el bosque existen
tumbas culpables. El canto migra a los pájaros para que retornen. Nos bajan y quitan los
clavos. Trasladan muerte a las arboledas. Sabemos que ninguno pondrá sus talones en el
paraíso sin perder la honra ni la memoria sagrada de la selva.

¿Ahora qué falta?

No hablemos de ruinas. Echa bulbos el tiempo, acumula frío el recuerdo entre senderos
de piedras, árboles y sombras que reniegan del espejismo. No existe otro camino. La
infancia soy yo. Veo entrar a la muerte, con luciérnagas y aldeas de tierra. Un
camposanto en Masaya es el destino. Mi voz habla de tripulaciones que caen de los
ataúdes. Y entonces pregunto: ¿Ahora qué falta?

Victoria

No he descifrado la sandalia de tus sueños.
Decilo con el corazón sobre la tierra o la sangre de los santos mendigos.
Esta verdad, como una manta, cubre mis ojos.
Quiero escarbar las grietas que crujen.
Tus ojos solo ven ruinas de estatuas, no encuentran a los amantes.
Que no me nieguen tu sacrificio feroz por los muertos
ni la virtud esencial de los inocentes.
El silencio te hace fuerte.
Que se levante el amor con su canto y el océano.
Pretendo una canción de tribu y nieve en las montañas.
No sé si confiar en la soledad, las caravanas o éxodos, o los sepulcros
y conquistas de quien muere si ama.
Desconozco el instante de tu gloria.
Hubo un idioma, hubo profecía en el arbusto con llamas
y la hojarasca del risco sagrado.
Las palabras son mi destino.
Huye, muerte, lejos de nuestros hijos,
no intentes invadir sus sueños.


Nicaragua, 1953. Se naturaliza costarricense. Fue docente en secundaria y la universidad. Gestor cultural. Ha publicado en poesía: El humano oficio, La costumbre del reflejo, Paradojas de la mandíbula, Arquitecturas de la sospecha, Cornisas del asombro, Geometrías del cangrejo y otros poemas, Las cartas sobre la mesa. Antología Generación de los Ochenta. Poesía Nicaragüense. Ganó la convocatoria del Centro Nicaragüense de escritores con su libro El humano oficio. Mención de honor en el Concurso de Poesía Leonel Rugama. Una plaquete Muerden Estrellas. En el 2021 publica Hielo en el horizonte, con la Editorial El Ángel Editor. Ha sido publicado en revistas como Carátula, Altazor, Nueva York Poetry Review, Círculo de Poesía, El Hilo Azul, Andrómeda, Isla Negra y otras. Ha sido invitado a múltiples festivales de poesía en Centroamérica; Primavera Poética de Perú, Bogotá y Paralelo Cero, Ecuador.

Poesía fronteriza: Masiel M. Corona Santos

                                                         Gestión por María Macaya

LA ESTRELLA COYOTE

Un millón de ventanas se abren
escalamos la culebra
su cúspide llega al centro
el cordón de cada llave
       engancha una campana;
            en su vientre
                 nos hundimos.
Dividiéndose las puertas
            el viaje:
nuestros dedos esparcidos por el suelo
     tocan el agua sobre un cachorro lienzo.
     Lenguas sagaces
     cortan el cabello de las hienas
     birretes imprimen anillos; en los brazos
            lunares.
La mirada somete al cauce sin orillas
en ojos cerrados
      la luz no resplandece.



LA SACERDOTISA

Entre el corazón y los ojos
estamos
     dentro del cuello
        luna
             agua
                 viento invertido.

El día se agita
la oscuridad su destino cede
desnudos
      enraizamos las corrientes
            barajamos las preguntas.



LUNA DE FUEGO

Su garganta serpentea voces
exhuma a los muertos
     divide.
Su lengua
      como serpiente
desciende por el ombligo
      golpea la tierra
se vuelve raíz.
Sus ojos invocan el fuego.
Ella dibuja círculos en las hojas
un remolino devora cuerpos
damos vueltas en él
soltamos nuestros miedos
       estamos dentro.
En la boca hay hormigas
atraviesan nuestros labios
sentimos su poder.
Cuando nos escupen debajo
nos cortan las alas
nos volvemos bestias.




El PARAJE

Entre la lengua y las manos
gira la rueda
       donde se unen
                  las palabras
tejidas con aire
            voces
       parpadean sin hundirse.

Habitar el lado secreto
     domina a la serpiente
                detiene los ríos
         altera el curso de la luna.

Seres de fuerza
           cambian el tiempo
      guían
             los sueños
en la tierra del fuego
             y la memoria.
*Ilustración por Sergio Sánchez Santamaría

Masiel M. Corona Santos M.A. en Literatura Hispánica, Lingüística y Civilización (California State University of San Bernardio). Se certificó en la enseñanza del idioma inglés (California State University of Fullerton). Lic. en Literatura Hispánica y Cultura, Especialidad en Estudios Chicanos/ Latinos (University of California Irvine). Es autora del poemario Cantos Revolucionarios (Editorial Letras Huastecas, Nuevo León, México) y fundadora, editora de Revista Raíces.
Colabora como editora de Revista Quimera (Costa Rica). Ha publicado en diferentes espacios impresos y digitales como Literary Journal Voices (CSUSB 2019, 2020), Punto de Partida, UNAM, Periódico Poético, UNAM (México), Nueva York Poetry Review, El Beisman (Chicago), La Ninfa Eco (Reino Unido), Pruka (Venezuela), Alma América (España), Somosenescrito (California), entre otros. Sus poemas también aparecen en varias antologías.

Poesía peruana actual: Andrea Cabel

                                                         Gestión por María Macaya 


Todos los textos forman parte de Las falsas actitudes de agua (2007, Segunda Edición)



[enero]

                                                     “Todo es color de aurora...”
                                                      Paul Eluard.


con un caparazón dulce y de tinieblas, tan lento y descarnado, eres la excusa de los fríos que se
 hunden temprano cerca de la huerta. eres solo y lleno de sol, todo el vacío leve de los besos y el
 llanto.




[currahee]

éramos una guerra de espejos,
doce millas de ancho por doce de largo.
la simetría de dos muertos encendidos de golpe
prendiendo las luces en el abandono de la noche,
buscando los pozos de los abuelos,
la muñeca que era la hija.
los ojos que siguen mirando desde la cama,
las grietas de todas las paredes.
el paraíso,
una isla de tierra roja abierta en dos que mira al agua salada.
un conjunto de esqueletos frente al paisaje de la plaza,
un centro duro de luz
de animales verdes y amarillos empozando las medias lunas,
la navegación de los peces,
el soplo de las arañas junto a la flor que mira al techo.
nadie extraña el mediodía, la altura de los rostros.
no hay distancia desde los huesos,
nadie suspende la caída
y el mundo es esta tarde que combate,
que solo mide desde este corazón,
el cansancio que trae la sed,
la implosión de las cucharas que lo ven todo desde aquí arriba.



s


hacemos un intercambio de nueces / tú las claras, / yo sin cáscaras. / las
llaves se aíslan, / las jaurías nos acosan y pateamos las puertas / nuestra
ínsula fuga salvador, / estamos solos, sin tierra ni madre/
ni ventana —dijo.
y me guías, / atosigada de carencia / impoluta en agonía, / con tu
corazón de luna llena. / repleta de luces escuálidas, y rieles cortos como los días /
como las pasajeras nieves, y las frentes de luz.




[habitación 309]

la lucha del pelo negro y el firmamento giratorio. / tan pequeño y desde lo alto —pienso, / juega al
 azar con pantalones entrecortados, / sandalias verdes y un paredón de venus llena de florestas y
luna. /
un rabioso bulto, lleno de manchas violetas, / espirales de manos desnudas, / fugitivos dibujos
desfilando por la esquina. / estrelladas lluvias y caminos, / universales ojos color té. / plaza de
niños pluma perpetuando un arma que dispara ruido. / los reflejos del techo que
suplican un abrazo. / y juntas las sombras, /

toda el agua del mundo.

luego, /tus ojos afelpados. / y dormida, / tus cincuenta y tres constelaciones. / despierta, / tu
boca, / todas las llamaradas de esperanza. / nocturna y terrenal. / polvo inextinguible, / soplo de
nieve, / hundida sinfonía de rosas y luz.


Andrea Cabel
Doctora y Máster en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la UPC y de la Universidad de Lima. Ha publicado cinco poemarios: Las falsas actitudes del agua (1era ed. Lima: 2006; 2da Ed. 2007; Ed. Extranjera: México DF: 2014); Uno Rojo (Lima, 1era ed. 2011; 2 ed. 2012); Latitud de fuego (Lima, 2011); A dónde volver (México DF, 2016). Dicta talleres de poesía y dirige la página de literatura Textos laterales de Andrea Cabel.

Poesía hondureña actual: Iveth Vega

MICTLANTECUHTLI

El último crepúsculo del mundo
pende de su cuello.
Se ilumina y palpita,
mientras recoge semillas
en las eras olvidadas.
Esconde su rostro de niebla y espuma;
sus ojos de piedra abrupta.

Jaguar que abre la boca:
Sus palabras vuelan como pájaros infinitos,
en la atmósfera purpúrea.

Su mano me ofrece una fruta,
mientras su voz que golpea rocas y huesos
me ordena: Vuelve a dormir,
vuelve a soñar.



PARALELISMO

Recojo pájaros muertos,
estilizados y suaves todavía.
Los relojes hacen tanto ruido
impidiéndome escuchar algo más.
Giro tres veces.
Camino hacia las tres de la tarde,
hacia la luz solar y las hojas amarillas.

Recojo pájaros muertos,
perfectos y armoniosos aún.
Los relojes palpitan alto.
No puedo hacer más que ver y andar;
girar sobre el polvo,
hacia las nueve de la noche,
hacia las luces y flores enrojecidas.



SENTENCIA

Estás durmiendo dentro de un huracán,
te ríes mientras la presión te revienta los miembros.
¿Cuánto durará la inocencia?

Un día te empezarás a afeitar y descubrirás en un
hilillo de sangre que ya no eres un niño.

Te estremecerás recordando las fronteras, las mentiras y los viajes.
Las moscas rondarán tu mesa, mientras te concentras en proteger tus ojos.

La desesperación te tocará con unos dedos parecidos a los míos:
finos y temblorosos.
Buscarás el sueño y no lo hallarás.



IVETH VEGA

(Honduras. 1991)
Poeta y correctora de textos.
Ha publicado los libros: Elementos sucesivos (2021) y Amatista (2021).
Ganadora del primer lugar en el Concurso de Poesía Narrativa en el marco del XVI Encuentro de Arte Estudiantil (UNAH, 2019).
Ganadora del V Premio Nacional de Poesía “Los Confines”. (2021).

Poesía hondureña actual: Marco Antonio Madrid

Selección por María Macaya

Poema del mar en el sur de las aguas.

I

Aquí desemboca la noche.

Estrellas como barcas

Atadas a las aguas nocturnas.

Respira aún el tiempo

Sobre el húmedo mangle.

¿Qué fragmento del ciclo total

Es este instante?

¡Todo es silencio!

Del árbol de gualiqueme

Nace un río que luego

Se pierde en el golfo.

II

Ir,

  Venir,

            Llegar.

Ese viaje nómada del canto

Entre el sueño y la vigilia.

La ola restalla en la palabra,

Extrae soles, hermosas lunas,

Naves con gavias de luz anochecida.

Y así como abril abre caminos nuevos

En la hoja, la palabra de acerada proa

Abre renovados surcos en el agua.

Duermevela para nombrar el ave

Y buscar el canto de su vuelo en un cielo

Que cabe en otro cielo.

Estar,

        Esperar,

                     Luchar

Contra el aquilón y las afiladas rocas.

Velar las armas

Hasta que tu silencio

Hable por mi silencio.

¡Leve arcilla, dulce viento!

Mutaciones

Hasta el duro cielo de estas rocas

Ha llegado el mar.

En el, recuerda el agua

Su antigua germinación de sombra,

El paso del ánade y la huella

Acaso feliz de algún hombre,

La otra margen donde las edades del sol

Se confunden con las hojas que caen

De la lluvia.

Cenizas, nostalgia… hojas manchadas

De luz que el viento aún esparce

En algún lugar de la memoria.

Hasta el duro cielo de estas rocas

Ha llegado el mar.

Bajo su oleaje, la palabra

En los labios, descansa.

La rosa de Paracelso. 

                                                       A  Jorge Luis Borges

                                                                           Apocalipsis 2:17

Recordó la flor que antes de ser ceniza fue color,

Espiga en aroma,

Espiral al viento. Recordó la brizna de luz

En la hoja que cae del tiempo, la sombra

En el vuelo errante del ave y el canto feliz

Del astro, pensó la flor en la piedra y en la espina,

Recordó el dolor y recordó el camino.

¡Suplicó volver!, mas el ojo del escéptico no advirtió

El prodigio,

El maestro pronunció la palabra oculta…..

¡Intacta resucitó la rosa y otra era la flor

Que a la vez era la misma, así como la piedra

Era la piedra y al mismo tiempo era el camino.

Las uvas de Zeuxis

                                                         No serás el racimo de frutas

                                                          Que vanamente se disputen

                                                         Los pájaros que se llamen olvido.

Ives Bonnefoy

Han vuelto las aves

a devorar con fruición,

bajo la sombra de la vid,

las uvas frescas que el artista

ha pintado.

Habría que dibujar un hombre

con el ceño adusto o un niño

gritando o pintar un cielo

menos claro o un mar borrascoso

que las espante.

Algunas alzan el vuelo

del retorno, llevando

entre pico y garra rastros del banquete,

van a alimentar a sus crías en un rincón

boscoso del ponto Egeo.

La sombra del mar golpea la orilla

lejana. Una a una

vuelan por sobre las aguas.

Las guía el aroma destellante de la fruta

y el color que va

del verde tierno al violeta ya maduro.

Ya acechan desde el cielo

más cercano. Esperan del pincel

la próxima cosecha.

Más allá de las furias

En vano será el afán

De buscar otros nombres. De una vez para siempre

Es Orfeo quien canta. Viene y se va.

(Reiner María Rilke)

Habrás llegado tú, tierna Euridice,

Limpia ya de toda sombra.

Habrás llegado a palpar las llagas del vencido.

En las frías alamedas, mi cabeza

Es tan sólo la lejana contemplación de algún astro.

Me defiendo de la noche

Tratando de esquivar la marea de esas hojas

Que el viento arrastra hasta mis ojos;

El agua estallando en la osamenta del mundo

Es tan frágil en mis huesos.

La lluvia cae, y mi mano

Roza la piel de algún camino.

Nada soy entre infectadas amapolas,

Sobre esta corriente humana

Que se hunde en el tedio de la urbe.

Entre el asfalto y la vendimia,

Sobre la crueldad del fiero mármol,

No escucharé, el dulce canto de la lira.

El fuego lunar de las Ménades ha gastado estos muros.

Devastados los imperios,

Muero en el sueño de esa boca núbil

Que ardorosa remonta la corriente

Y me llama y me sueña.

El amor une en ti mis pedazos, tierna Eurídice,

Limpia ya de toda sombra.


Marco Antonio Madrid es licenciado en Letras con especialidad en Literatura por la UNAH. Se ha desempeñado como profesor de Filosofía y Letras en distintas universidades de Honduras. Sin embargo, su labor docente la ha desarrollado principalmente en el Departamento de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula (UNAH-VS) impartiendo la clase de semiótica y literatura. Poemas suyos han aparecido en diarios hondureños y en algunas revistas literarias extranjeras y ha participado en antologías centroamericanas e   hispanoamericanas. Es director y fundador del Magazín Literario El barco ebrio. Ha publicado los libros de poesía La blanca hierba de la noche (2000)  La secreta voz de las aguas (2010) Palabras de acerada proa (2018).

Poesía costarricense actual: Silvia Elena Guzmán

Selección por María Macaya

Coincidencias con amigas

I

Mi casa ya no es mi casa desde que salí de ella

con una caja de libros y el corazón en una bolsa.

Mido el tiempo según el lugar que habito

la humedad que cambia el ánimo

y el calor de las paredes que desmancho

en cada muda

en cada centímetro de concreto.

II

Mi casa, los novios o los trabajos

son las unidades con las que mido

esta vida

que me es más fácil pensar desde afuera.

Mi casa, que ha estado en el centro del país

y en todos sus bordes

se ha definido por espacios amarillos

y melancólicos,

las visitas de las amigas

y mi humor de temporada.

IV

Mi casa, que es templo y cueva

va conmigo

rodando de puerta en puerta.

La llorona

Entre el esófago y la lengua

tengo atorada

la marca de las magdalenas

el quejido de las que divagan

fantasmales.

Lloro al almuerzo,

cuando veo los árboles caer,

con el pálpito de las canciones,

después de los orgasmos.

Soy agua incontenida

pared que chorrea

savia y libertad.

Soy bosque tropical

manto acuífero

y lloro

guindada a la boca de mis amigas cuando sonríen

o descalza sobre la paciencia de mis sobrinas.

Soy la gota de siglos

sedimento

los recuerdos del desierto.

Tengo esta marca

la angustia por costumbre

en mi cuerpo líquido.

Lloro desde niña

en las fiestas familiares.

Soy incómoda

ya no saben qué hacer conmigo

cómo evitar que me derrita

que me deje de ir densa sobre los charcos.

Cómo hacer que me detenga

y olvide en los closets

las tinajas de agua estancada

qué cargo conmigo a los espacios sólidos.

Lloro

impertinente

frágil

cálida

soy Ixchel, luna que me habita

y Oshun, río que se desborda.

No hay modestia entre mis ojos

que absueltos

se precipitan.

 

Actriz Porno

Estoy convencida, por ejemplo,

de que mis manos tienen ojos

de que las estudiantes de teatro se ofenden

cuando nosotras, “las que fingen”,

les llamamos colegas

de que nunca podremos, por ejemplo,

formar un sindicato

escoger libremente la ropa interior

o repetir el primer orgasmo frente a las cámaras

-Aquel suave orgasmo que tuve arrescostada a la corteza de un árbol mientras Jaime me besaba sin tocarme-

de que nunca sabremos, por ejemplo,

el dolor de las niñas lituanas, eslovenas o polacas

que repiten nuestras escenas de 1000 dólares

a cambio de agua, pan y drogas.  

Himen

Hace veintidós hombres y unos meses que no me pongo el himen donde debo.

Antier salí de la casa en miniseta y lo coloqué sobre mi ombligo.

El himen como las cosas gastadas, lo guardaba en el cajón sintético del closet.

En otras ocasiones lo había usado de diadema o arete,

                                        pero ya soy grande 

así que lo planche y lo use sobre las carnes.  

Un himen es así, impecable

 y se luce            

como los regalos maternos.  


Silvia Elena Guzmán Sierra (1991) es Máster en Derechos Humanos y Educación para la Paz. Es también parte de la Colectiva Jícaras.
Ha publicado artículos, poemas y cuentos en diferentes revistas y antologías nacionales y latinoamericanas, tales como Repertorio Americano, Íkaro, Revista Toxicxs, Revista Catarsis y Liberoamérica. Es autora del libro de poesía Juana (Editorial Eva 2020) y Enfermas de Juventud de narrativa corta ( Editorial Bosque 2021). Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés y al portugues.
Ha participado en diferentes festivales poéticos nacionales y centroamericanos tales como la Fiesta Nacional de la poesía en 2017, Feria Internacional del Libro 2018 y 2019, Encuentro de la Espera Infinita 2020 y Festival Internacional de Poesía Costa Rica 2020, II Encuentro Centroamericano de Escritura de Mujeres Ojo de Cuervo: Deshilar las Costuras de la Nación.
Actualmente es asesora en género, diversidades y juventudes para agencias de Naciones Unidas en Costa Rica y el Programa Integral Transfronterizo (Argentina-Bolivia). También es investigadora en temas de género y derechos humanos, y coordinadora de la revista Repertorio Americano en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional.

Poesía costarricense actual: Carlos Manuel Villalobos

Ars curandera

Para sembrar esta luz
hay que abrir los ojales de la sombra
y coser con la palabra.

Para alumbrar esta semilla
hay que aruñar adentro
y aporcar el ama
con los arados de la metáfora.

No se nace sin la tijera
que corta los cordones
ni se vuelve a nacer de otro modo.

Nadie es héroe sino se sale victorioso del infierno.

No hay vuelo sin que duela la caída

Este antiguo y sanador este ritual.

Pero hay que entrar descalzo
y alumbrarse con la jaula de la herida.

Diana

No. No fue la primera oscuridad de Dios.
No fue la herida que llamó a la muerte.

Diana fue la primera luz de los profetas,
la primera sed que da la sal cuando amanece.

No fue fácil esconder la sangre de mujer en los silencios.
No fue fácil negarle el deseo al labio de la piedra.

Lucifer, su hermano, lo supo demasiado tarde.
Quiso matarla con las misas de la culpa,
pero Diana fue siempre más astuta.

Ahora ella es el ojo de un felino,
el caldo de las ollas,
y la yema de las llamas.

Es ella la que corta yerbas para amar.
Es ella la que sube por los montes en busca de la llaga.

Los hombres que cortejan a la muerte la buscan para hacerla suya,
pero Diana es siempre más astuta.

Los barcos de los mares puritanos
prefieren la deriva que los puertos donde duerme Diana.

Los curas de los templos ebrios
la buscan con los perros más borrachos.

Pero Diana es siempre más astuta.

De su lengua de partera es hija Aradia.

La niña también sabe cocinar
las uñas de la noche,

también sabe vestirse de sueño
cuando llegan los que duermen.

Madre e hija son la misma abeja
y el mismo hilo de las ruecas.

Son las hojas de un árbol que lo sabe todo:
El evangelio de las brujas.

Ixquic

Esto que está aquí es el semen de un árbol muerto.
Aquí cuelga la cabeza del sol oscuro.

Miras el cráneo que se pudre como una brasa.
Ahora es un fantasma de saliva que sueña con la luna.

Esta jícara es su corazón
y este liquen es la boca que se estira para besarte.

Lo llaman Hunahpú:
el niño de maíz que será un guerrero.

Con tus manos de amasar la llama
le arrancas el ojo a penumbra.

Hunahpú se asoma por el hueco de la sed que crece.

Dejas que te escupa cuentos en tu vientre.

Dejas, bella Ixquic, que un nuevo sol
grite el alba en tu regazo.

Tiamat

Al principio solo había un sigilo que reptaba,
y entonces, Madre,
amasaste tu vientre con la sal de las palabras.

Pero no todo fue calma
en este nido de acepciones y gusanos.
Hubo perros de discordia
a la orilla de tu cueva.
Hubo razas de odio que vinieron
a saludar tu corazón.

Pero tú, Madre, untada de mar
te abriste el vientre
como se abre una ventana
y así, así Madre,
nació el Cielo
y este pecho tuyo
que se llama Tierra.

Fotografía por Anel Kenjekeeva


Carlos Manuel Villalobos, Costa Rica, 1968.
Ha sido ganador del premio nacional UNA-Palabra en el género de cuento, y en poesía ha ganado los premios: Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica, el premio Editorial de la Universidad de Costa Rica y el Arturo Agüero Chaves. Entre sus publicaciones literarias están Altares de ceniza, El cantar de los oficios, Trances de la herida, El ritual de los Atriles, Insectidumbres, Tribulaciones, El primer tren que pase, El libro de los gozos y Ceremonias desde la lluvia. Es doctor en Literatura Centroamericana, máster en Literatura Latinoamericana, y licenciado en Periodismo. Se desempeña como docente en la Universidad de Costa Rica, donde imparte Semiótica y Teoría Literaria.

Poesía colombiana actual: Fadir Delgado Acosta

Sala neonatal

El enfermo no tiene dientes
tiene dentro de la boca un desierto oscuro
Ahora es como un recién nacido
que se retuerce en la cama de un hospital.

Pregunta del niño

Madre

¿es la lámpara
  la jaula de la luz?

Quirófano

Creo que soy un muro al que le trazan un agujero para que salga la luz
Quién lo creería
También soy una cruz en el quirófano

Lo sé:

Este lugar es brutal
No escucho la sangre que se pega a la herida de los cuchillos
El cuerpo es un pez con los ojos congelados que aún tienen el salto del agua
Estaré en este hospital hasta que las aletas revienten el hielo

Lo sé:

Los hospitales son neveras llenas de desinfectantes que buscan la blancura que
no existe
No le pongan gasas a mi temblor

Escuchen los glaciales que bajan por mis piernas
Mis piernas que ahora son dos hipocampos muertos en la orilla

Mi carne está agujerada
Me amarran como un animal rabioso
Y todo mi cuerpo convulsiona
Dicen que me calme
Y siento que un cielo de pólvora va a explotarme por dentro

Han atado mis brazos
Han partido mi vientre

Quién lo creería
En la luz de este quirófano
veo el bisturí con el que abrirán mi destino.

Sangre en el vientre

La piel se abre como tierra
como la cabeza deforme de un dios
y su tristeza

No tengo auxilio
No puedo encender
el fuego porque este incendio no es mío

No son mías
las palabras
No son mías
las espinas
ni las piedras
ni las larvas del jardín

No son mías las ventanas
Ni siquiera es mío el salto

Ni siquiera es mía
la herida
tampoco la sangre que limpio de este vientre

No son míos
los muertos de esta casa.


Fadir Delgado Acosta: Escritora de Colombia. Magister en creación literaria. Autora de los libros: La Casa de Hierro, El último gesto del pez, No es agua que hierve, Escritura del precipicio (Colombia), Lo que diga está lleno de polvo (Ecuador), Sangre seca en el espejo (Costa Rica), La tierra que se tragó el cuerpo y La temperatura exacta del miedo (España).
Premio Internacional de poesía Tiflos de España 2021. Premio internacional de poesía Universidad Nacional de Costa Rica 2020. Premio de poesía del Portafolio de Estimulo de Barranquilla (2017). Premio Distrital de Cuento de Barranquilla (2018). Ganadora de la Beca de Circulación Internacional para creadores (2019) que otorga el Ministerio de Cultura de Colombia. Mención especial del Premio Internacional de poesía de Puerto Rico, 2020. Primera mención del Premio Nacional de poesía Tomás Vargas Osorio, 2020, Finalista del VII Premio Internacional de Poesía Jovellanos de España, 2020. Premio en Poesía del Concurso Internacional de literatura de la Universidad de Buenaventura (Colombia). 2014. Ganadora de la Residencia Artística en Montreal por parte del Ministerio de Cultura de Colombia y el Consejo de Artes y Letras de Quebec, en el área de literatura. 2013. Ganadora de la convocatoria internacional de la Oficina de la Juventud de Québec para participar en un intercambio literario en esta Provincia. 2010. Su libro El Último gesto del pez fue traducido y publicado al francés por la editorial Encre Vive de Paris en el 2015. Sus textos han sido publicados en diferentes revistas literarias nacionales e internacionales. Invitada a distintos festivales y encuentros culturales en Europa, Latinoamérica, Canadá y Egipto. Sus textos han sido traducidos parcialmente al inglés, al árabe, al francés, al italiano y portugués. Se desempeña como tallerista literaria y es coordinadora de la Fundación Artística Casa de Hierro de Barranquilla.