Ensayo: La Feria de la Barbarie, por Fernando March

Autor:  FERNANDO MARCH (PERÚ)

Desde la antigüedad, los pueblos gobernados por las tiranías más abyectas, solían reclutar intelectuales que fueran afines a sus gobiernos provisionales y que armonizaran con sus estilos deplorables de dirección de Estado. No faltaban los pensadores o aristócratas ilustrados que se ofrecieran secundar los motivos más perversos posibles, en aras de una confraternidad con los poderes de turno. Esos motivos rastreros motivados por una ética torcida y nada ejemplar se vio en casos lamentables como el caso de los poetas y escritores rusos en los años de entronización del poder de los Soviets. Nombres como Boris Pilniak, María Tsvietaiéva, Mijail Shólojov, Vladimir Mayakovski, Osip Mandelstam, Boris Pasternak, Anna Ajmátova y una serie de artistas que pusieron su producción individual al servicio de un sistema de gobierno que se iniciaba como una “promesa”, como un sistema antagónico del capitalismo e imperialismo más asfixiante. El poder de seducción de los dogmas del Politburó duró hasta que alguien decidió pensar de forma diferente, y empezaron las persecuciones y las reeducaciones en los gulags de Siberia. Entonces empieza el ciclo de novelas de Alexander Solzhenitzyn y sus abrumadoras historias sobre torturas y lavados de cabeza. Pese a todo ello y a pesar de que hubieron casos como el de Boris Pasternak, que se metamorfoseó, luego de haberle cantado al surgimiento de la U.R.S.S. en su oda El año 1905 (1927), y que terminó despotricando en verso, de los intoxicantes sistemas de inteligencia soviéticos en su Doctor Zhivago, con brillantes páginas que son épicas. Pese a todo eso hubieron casos de adhesión incondicional, como el caso de Mijail Shólojov. No es que no considere su obra como lo que es: una joya. Sólo que está fundamentada sobre el más puro comunismo y sus guiños al politburó son intoxicantes. Lo único que salva su obra y la revitaliza es su dirección tolstoiana y su virtud de ser una versión totalizadora de su tiempo. Shólojov era uno de esos escritores que, toda su vida, fue incapaz de decirle a los jerarcas del comunismo ruso la barbarie que estaban realizando, en el corazón de la sagrada Rusia. Colaborador de un régimen atroz, fue promocionado como el símbolo intelectual de la U.R.S.S. Y ni qué decir de lo aberrante que resultó el estigma de la cultura procastrista en manos de inteligencias indiscutibles como: Regis Debray, Luis y Juan Goytisolo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Pablo Armando Fernández y otros monstruos sagrados como Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Antón Arrufat y León Brouwer, que retornaron de su exilio para ponerse al frente de sus actividades intelectuales, avalados por la Revolución. Todos congeniaban con los principios de un movimiento que “creían” renovaba los fundamentos y las acciones de la Revolución Rusa, aquí, en Latinoamérica. Hasta que llegó el Caso Heberto Padilla (1) y todo lo desintegró, excepto la fidelidad incondicional del más grande: Gabriel García Márquez. Casos lamentables, como aquellos, ejemplifican la intención soterrada de muchos sistemas políticos de querer tener a su servicio a intelectuales diversos, pero afines a sus políticas, para justificar las sinrazones de sus decisiones y hacer apología de sus principios absurdos o absolutistas.

El Perú no ha sido una excepción. El rastrerismo cultural se vio expresado, en su punto más alto, durante la dictadura de Velasco. Numerosos intelectuales de alto nivel y prometedoras figuras de la nación colaboraron, de la manera más descarada posible, con las utopías y devaneos de una política cultural y educacional mal dirigida y, a todas luces, condenada al fracaso. El celebrado y polémico ex guerrillero Héctor Béjar, es un ejemplo de a lo que puede llegar alguien, que se autodenomina “intelectual pro libertario”, al poner sus capacidades totales en favor de un proyecto descabellado, como fue:  la confiscación de los diarios nacionales. No hace falta decir que Don Héctor participó en el festín: salió como flamante director de un diario. Los testimonios gráficos sobran. Y así podemos mencionar a grandes pensadores de la talla de José B. Adolph o Rafael Roncagliolo, quienes se vieron, casi obligados, a colaborar con el disparate velasquista. Otros, en cambio, lo hacían por vocación destructiva: Guillermo Thorndike, Héctor Cornejo Chávez o Augusto Zimmerman Zavala, este último, el propagandista del Plan Inca. En esta época postmodernista, y de cara al bicentenario, el nuevo gobierno del Perú a través de su Ministerio de Cultura, y bajo la dirección de Ciro Gálvez, ha dado una bofetada a los representantes más celebrados de la cultura nacional, quienes ya habían sido convocados, con anterioridad, para asistir a la Feria de Libros de Guadalajara. Este hecho, que podríamos suponer no tiene mucho que ver con lo anteriormente citado, sí conlleva un rasgo tangiblemente absolutista y denigrante.

Para empezar: ¿quién era Ciro Gálvez? La respuesta es una sola: un candidato frustrado a la presidencia del Perú que jamás había gozado de algún poder en los órganos del Estado.

Inclusive en la última elección del 2021 se presentó con su partido: Renacimiento Unido Nacional (RUNA). Huancavelicano de nacimiento y cultor de la lengua quechua, así como autor de Huayno y poemas, Ciro Gálvez, es la personificación de la brutalidad que anega de rencor y frustración su corto paso por un ministerio que debería ser todo un emblema de la dignidad y la cultura nacional.

Su única medida más recordada (y la más brutal) será:  haberse parado con la relación de los representantes del Perú a la próxima FIL GUADALAJARA 2021 (ya confirmados por el saliente Ministro Alejandro Neyra) y agarrar un plumón para tachar nueve nombres, por criterios personales o motivaciones egocéntricas, que dicen demasiado la clase de persona que es.

Los nueve desbancados fueron: Renato Cisneros (simpatizante del gobierno actual), Katia Adaui Sicheri (escritora de la pérdida familiar), Jorge Eslava (poeta y educador), Nelly Luna (editora), Marcel Velásquez Castro (Doctor e investigador de CONCYTEC), Carmen Mc Evoy (historiadora), Gabriela Wiener (escritora feminista), y los casos más lamentables de Karina Pacheco (insigne antropóloga y escritora, difusora del Perú profundo) y Cronwell Jara Jiménez (un símbolo de la literatura peruana, piurano de nacimiento, y maestro vivo del relato corto).

El dichoso ministro se ufanaba de su acto imperioso y arrogante, y pretendía haber sido salomónico e “inclusivo”, expresando que “se está dando oportunidad a nuevos valores de provincia, escritores emergentes que, por falta de recursos, no han podido hacerse visibles. La cultura tiene esa obligación de apoyar a todos los peruanos, en especial a los que necesitan”. Esta expresión que, a simple vista, es una razón poderosa para “desbancar gente”, en realidad va precedida de una expresión socarrona y malintencionada: “Son escritores muy reconocidos y mis cordiales saludos, porque ellos son dignos representantes de la literatura peruana…” Entonces, cabe la pregunta pertinente: ¿por qué los desbancaron?

Mucho me temo que, en la política peruana, jamás existe un equilibrio conciliador. Las polarizaciones son frecuentes y atosigantes. Los devaneos de los postergados del poder, cuando ascienden a un cargo público, en el Estado, crea “super poderosa soberbia” en esos individuos que empiezan a manejar sus ministerios como “sus chacras”, o sea, con criterios altamente personalistas y mezquinos.

Más allá de la increíble falta de respeto para con sus intelectuales más preciados, el ministro coronó su vejamen con la convocatoria, a nivel nacional, para “ciertos tipos de escritores” que se acomoden a sus directrices torcidas. O sea, existe dinero para mandar a más gente cuyos méritos son una interrogante, pero, sin duda, para el ministro era una decisión destinada a “cambiar las viejas estructuras y las viejas costumbres de preferir solamente lo de Lima”.

La comunicadora Rosa María Palacios dejó clara su posición en una emisión de su programa SIN GUIÓN llamado: “Los Dinámicos y la FIL” (24-09-21). Para ella, sin duda, fue: “un desastre y una vergüenza pública”, y no le faltaba razón. La actitud soberbia de Ciro Gálvez no tiene perdón. Mucho menos si se es un ministro y se representa a la cultura de un país. A todas luces fue una revancha personal contra los talentos más importantes y descollantes del Perú. Algo que Ciro Gálvez, no está dispuesto a aceptar, ya que, por sus méritos propios, no se acerca, en lo mínimo, a quienes tuvo la ligereza de desbancar. Demostró una actitud nada cordial ni democrática. Demostró cuanto pesa el orgullo de tener el poder, un individuo cuyo celebrado mérito sólo es ser bilingüe y haber escrito muy poco.

Esta crítica carecería de razón si no se hubiera llenado los espacios con especialistas, en otras ramas, como el celebrado antropólogo Rubén Darío Apaza Añamuro. Celebrado sólo en su región y con una limitada difusión nacional. Rubén Apaza es autor de su tesis: El Siku en la cosmovisión aymara. Una obra de especialistas y para especialistas, que se limita a esa aparición, y la única vez que ha logrado trascender es por haber sido candidato por Perú Libre al Parlamento Andino. Más allá de eso, no ha escrito nada más. En la otra orilla se encuentra Karina Pacheco Medrano, una autora fecunda y de alto nivel artístico literario. Sus obras son maravillosas y trascienden en el espacio y el tiempo. De ningún modo estoy minimizando la obra del autor Apaza. Sé que es buena y merece un lugar en la FIL; pero ¿por qué en base a desbancar a Karina Pacheco? Esta es la pregunta que resuena y hasta ahora nadie quiere responder.

El otro caso lamentable es el de la extraordinaria Gabriela Wiener. Con Gabriela no nos une una relación amistosa. Una vez cuando defendí a Mario Vargas Llosa, al ser atacado por extremistas feministas, fue mi impresión (equivocada o no) que Gabriela tomó a mal mi defensa lógica y me bloqueó en redes sociales. Yo jamás suelo bloquear a nadie. No es mi interés callar la voz de nadie, aún si no comparte mis limitados puntos de vista. Pero, por encima de todo eso, reconozco que ella es una extraordinaria investigadora del alma libre de la mujer y de las opciones que ellas tienen para ser felices. Y la respeto. Por eso deploro, sinceramente, que haya sido desbancada sin razón aparente. Una explicación aventurada podría ser cierto rechazo, por parte de la ideología política del ministro, a las opciones feministas que ella predica. Sus novelas son fruto de esa investigación, y aunque confieso que aún no las he leído, sé que merecen todo mi reconocimiento y mi apoyo, incondicional.

Aquí, llegamos al insulto más lamentable de todos los que ya lo son: la anulación de Cronwell Jara Jiménez. El destacado y universal escritor piurano es una ausencia deplorable e injusta. El no es de Lima. Es piurano. Y su literatura es una manifestación huracanada de los vientos que asolan su tierra. Es una versión transformadora de los sucesos que acompañan al hombre del norte. Es un testimonio de lo maravilloso, lírico y conmovedor que puede ser el alma de los pueblos costeños y andinos del Perú. Maestro del relato corto, después de Julio Ramón Ribeyro, Cronwell nos ofrece una innovación literaria, sin par, en la literatura peruana. Debería estar, y con todos los honores, en la FIL Guadalajara. Lamentablemente, un plumón negro y mucho resentimiento, hicieron aquello, imposible. La falta de respeto hacia estos enormes talentos literarios ha dejado un sinsabor entre los intelectuales que se respetan, así mismos, y a sus colegas literarios.

Alonso Cueto, el famoso y celebrado autor de La Pasajera y La Hora Azul, es además una maravillosa persona, un autor cuya palabra vale quilates, porque es consecuente con su pensamiento. El prefirió salir de esa lista “aberrante” (no por los autores que están allí, sino por la mente que la diseñó) y hacer causa común con sus hermanos de letras. Así, como él, otros se han ido sumando a la lista de renunciantes: Juan Carlos Cortázar (que fue el primero en renunciar), Mariana de Althaus, Micaela Chirif, Rafael Dummet, Victoria Guerrero y Gustavo Rodríguez. Aquello es, sin duda, un acto que enaltece la cultura literaria nacional. Un acto de solidaridad con quienes representan a los “sin voz” en el Perú. Un acto que hecha por tierra el vejamen ministerial.

Todo artista, que hace de las letras su medio de expresión, es un creador que merece todo el respeto y la consideración posible, dado que está aportando para la conciencia y el alma del país. Sus aportes son los que su propio pensamiento y sensibilidad le permiten expresar. Parte de él se ofrece y se funde con el ideario colectivo de su nación. Rechazar a un creador por sus expresiones o sus idearios es una falta muy grave que acarrea animadversión. Acallarlo es un crimen irreparable. El señor Ciro Gálvez no solo se ha hecho acreedor a nuestra animadversión, sino que ha consolidado su imagen de “cínico politicastro” al pretender “crear argollas” y palabrear con recursos trasnochados y verídicamente segregacionistas a un público anhelante de revanchismos soberbios y fatuos.

La gran “mayoría” que se infesta de “democracia” cuando se haya en el lado del oscurantismo populista gobernante, aplaude, con orgullo, la barbarie de un “pseudo ministro”, sin percibir que sus aberraciones son sólo producto de un alma enferma de odio y revanchismo. Ese revanchismo que alienta y alimenta nuestra deplorable alma, día a día, y que haya excusas para no mejorar por nosotros mismos, sino por la desgracia y la caída de otros.

Esas políticas, a todas luces divisionistas, traen sólo resentimientos y una falta de valoración por los que día a día trabajan por expresar el sentimiento de una nación. Dividir a los escritores de un país por demagógicos criterios racistas, homofóbicos o clasistas no es la mejor manera de crear cultura en ese país. No es ni remotamente la mejor forma de aportar a la unidad de la nación. YO SERÍA CÓMPLICE DE TANTA BARBARIE sino levantara, ahora, la voz, para condenar semejante desfachatez. Yo no podría considerarme un escritor peruano, sino fuera capaz de decirle a mi país y a cualquier lector en el mundo que con resentimientos y aborrecimientos particulares no se hace Patria.

No cuando los segregados son personas que han dado mucho y siguen dando todo por su país.

No cuando ellos representan lo mejor que tenemos.

No cuando el criterio clasista y repudiable de un pseudo ministro Ciro Gálvez se atrevió a crear
disparates para justificar su brutal egocentrismo.

Elaborar una lista para la FIL Guadalajara con esos criterios bárbaros es mancillar nuestra representación en ella con la más pura “DEDOCRACIA”. Muchos no lo sentirán. Más bien se envanecerán de tal disparate. El problema no es “la falta de dinero”, y lo digo con suma sinceridad. Cuando el gobierno quiere gastar en sus afiliados políticos, en sus rastreros ideológicos, se agencia de recursos, como por arte de birlibirloque. Lo único real y detestable es la intención de crear una anticultura divisionista y populachera. Y eso se lo debemos a los jerarcas que hoy dominan en el Perú. Puestos allí por una interpretación torcida de “lo que es mejor para el país”. Y lo que es mejor, supuestamente, es promocionar la división cultural, la división de la conciencia nacional. Promocionar el repudio a quienes representan lo mejor de nuestra cultura peruana no nos hará más cultos, ni nos hará una nación más unida en un sólo espíritu. Alentar los egoísmos revanchistas dice mucho de nosotros, como individuos, propios de un país que se conforma con muy poco. Ni aquellos que nos han representado bien, en el extranjero, son bien considerados. Nos dejamos representar por individuos de pésimo nivel cultural, y les hacemos barras gratuitas a sus disparates.

Ahora resalto lo que dijo mi admirada Mariana de Althaus cuando declinó su participación en esa delegación menoscabada: “…me apena todo el trabajo de los organizadores y el desprecio que se dirige a los escritores que han construido una carrera sólida durante años.” En algo en que siempre estaremos de acuerdo es que la política anticultural, destructiva y populista, en nada contribuye a mejorar la conciliación nacional, más bien, crea abismos irreconciliables. La Feria de Libros de Guadalajara 2021 será recordada como el momento justo en que se desplegó una conducta irrefrenable de puro clasismo ridículo y soberbio. Ciro Gálvez será el “destructor de argollas literarias” para los peruanos revanchistas y nada edificantes. Todo un símbolo de la barbarie más chicha. Forjador de una “lista de desprecio reivindicante” que enorgullece a espíritus de muy bajo nivel ético y humano. Para quienes contemplamos sus “hazañas” luctuosas siempre será aquel pobre hombre que se autoerigió en el “árbitro infalible” de un país con una cultura esplendorosa, masiva, enriquecida con las expresiones míticas más diversas. Una cultura multiforme y multicolor que es el orgullo de sus herederos, que somos nosotros; pero por desgracia paupérrima, en lo más importante que necesita para hacerla un vehículo de identificación y hermandad absolutas:  unión y equidad.

FERNANDO MARCH

17 de Octubre de 2021

Ciudad Coloma.

Biodata de Fernando March:

Escritor peruano del Big Bang Literario 2020.

Escribió su primera obra teatral a los 14 años.

Ha ganado el Tagesschule de San Gerardo de Loja con sus obras de micro teatro: DESAHUCIADO (2016) e IMPUDICIAS VIRTUALES (2017)

Fue segundo finalista en el concurso de relato corto de la EDITORIAL ANGELS FORTUNE (Barcelona, España) y publicó en Europa: El trovador menesteroso de la calle del Encanto (2019). Finalista del concurso de cuento auspiciado por la Colonia China Peruana con su relato: CALETA PANTEÓN (2021)

Nota de Prensa: “El hábito de la subversión” Volumen I. (Lima, Setiembre 2021)

Resumen

  • El hábito de la subversión. Manual para la acción. Volumen I, libro de Max De La Rosa, es la primera entrega de un ensayo que busca empoderar al lector con respecto a su cualidad de ciudadano y llama la atención a este sobre su rol preponderante para mantener el orden democrático y republicano que tanto ha costado instaurar tras el vencimiento de órdenes monárquicos y tiránicos. Asimismo, el texto explora en la filosofía política las causas que motivan a quienes buscan subvertir el poder constituido y reflexiona sobre los peligros de los totalitarismos tanto del progresismo como del conservadurismo.
Título: El hábito de la subversión. Manual para la acción. Volumen I
Autor: Max De La Rosa
Precio: S/. 40
117 páginas /14,8 x 21 cm /Tapa rústica con solapas
Fecha de publicación: Setiembre de 2021
Ficha Técnica del libro
  • El enfoque del texto parte de los Derechos Humanos, del rechazo al terrorismo, del uso de los grandes medios de comunicación como herramientas para mantener un pensamiento hegemónico en el peruano promedio quien suele informarse-educarse mediante estos canales de radio, televisión o periódicos instalando la opinión de los editores que obedecen a las/los oligarquías/plutócratas de turno, sobre una ciudadanía usualmente distraída, aletargada, teledirigida cuasi-autómata.
  • Comentario de César Urviola

Al recibir el mensaje de mi amigo Max De La Rosa para escribir unas palabras respecto a su libro: El hábito de la subversión, mi sorpresa fue mayúscula al no compartir muchas posiciones políticas semejantes, salvo una: el utilizar la crítica como elemento principal de nuestros argumentos. Precisamente haciendo honor a ese principio crítico que nos une, debo dar algunas impresiones sobre este libro:

1.         Es de resaltar la valentía del autor por escribir este ensayo en un ambiente intelectual que parece, cada vez más, acercarse a la unidireccionalidad. Plantear por lo menos la discusión sobre el viejo concepto de la Subversión es arriesgado, más aún bajo la sombra de un pasado que en nuestro país ha estado marcado por el terrorismo. La confusión entre terrorismo y subversión tiene una delgada línea, justificada muchas veces por los grupos que pretenden el poder por la toma violenta e impuesta de una cúpula y no por la construcción y ejercicio del poder. Este libro nos ayuda con pequeños argumentos a desentrañar el concepto de la subversión y cómo en gran medida es la base de esta sociedad fruto de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII. Este libro también nos lleva por conceptos filosóficos que van desde Rousseau a Platón, de Aristóteles a Freud, de Hobbes a Žižek, y valga la crítica aquí, muy poco o casi nada de Marx. Quizá mi buen amigo Max lo esté guardando para el segundo volumen que espero leer lo más pronto posible.

2.         El que yo no comparta muchas de las posiciones de Max De La Rosa, no ha sido impedimento para que él se arriesgue a invitarme a escribir unas líneas sobre su libro. Y el que yo aceptara escribir estas líneas demuestra también, que, si queremos o pretendemos entendernos como país, como sector social, como ciudadanía o como clase, es fundamental el debate y enfrentamiento de ideas. Si queremos entender el fenómeno terrorista vivido en el Perú en los años ochenta y el concepto de subversión es necesario discutirlo desde todas las visiones y posiciones políticas. 

3.         Comparto con Max la idea que es transversal a todo el libro: La desigualdad y la injusticia son las causas de la subversión. No creo que con esto se diga una verdad que antes no haya sido planteada a lo largo de la historia y particularmente en el Perú. Nuestra más cercana y violenta experiencia subversiva como república han sido los años ochenta y noventa, pero venimos de experiencias subversivas aún más antiguas como la gran tempestad encabezada por José Gabriel Condorcanqui, que intento subvertir el orden de cosas establecidas desde la corona española. Y si retrocedemos aún más (al contrario de lo que plantean algunos que edulcoran el Tahuantinsuyo) encontraremos actos subversivos y rebeldes en Chancas, Huancas y Cañaris. La desigualdad y la injusticia son el motor, los resortes que impulsan la violencia contra el orden de cosas establecidas. Y si planteamos que la sociedad es desigual e injusta per se, entonces ya tenemos los ingredientes ideológicos que le faltaban al coctel perfecto para dar inicio a la subversión.   

4.         Considero que el debate aún está abierto y este libro refleja el gran interés que existe por debatir y replantearnos lo que normalmente se asume. Los términos: subversión, terrorismo, democracia, libertad, no pueden seguir tomándose a la ligera, ni repetirse de paporreta por periodistas leyendo un teleprónter. Es necesario que se vuelvan a plantear los viejos, pero aún vigentes debates modernos (por más que Max crea en el fin de los metarrelatos). Considero que son necesarios más libros como el que presenta Max, son precisamente estos libros los que contribuyen al pensamiento crítico desde la intelectualidad, desde la cultura. Debo remarcar, en aras de profundizar lo antes mencionado, que el fenómeno terrorista no solo se vence con las armas, si esto fuera así ya se hubiera acabado en 1992. El terrorismo como arma política debe ser derrotado también en el campo de las ideas, en el cual es aún más difícil vencer. El estado peruano jamás derrotó al terrorismo, todos sabemos que aun anda por allí usando saco y corbata o esperando agazapado el momento de aparecer. La subversión y el terrorismo tienen un hilo muy delgado que los divide y las justificaciones para uno y otro dependerán de la ideología con la que se les analice. La subversión es casi consustancial a la sociedad humana, como dice el título del libro es casi un hábito. Pero los actos terroristas son también recurrentes en la historia humana (pero no por ello justificables). Las violaciones de mujeres dentro de las iglesias y su posterior quema durante la rebelión, sublevación de Tupac Amaru II podemos catalogarla como actos terroristas. Recuerdo ahora un documental sobre la CNT y la FAI en España en el cual aparecía un pequeño extracto de un video con Juan García Oliver, reconocido anarquista quien decía: “Lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar, los reyes de la pistola obrera de Barcelona… hicimos una selección: los mejores terroristas de la clase trabajadora, los que mejor podían devolver golpe por golpe…”. Vemos una alabanza de los actos terroristas en plena Guerra civil española. O lo que en Francia revolucionaria se conoció como La Terreur, el terrorismo de estado y la imposición violenta de la justicia ciudadana deliberada. Por ello el debate es imprescindible para identificar hasta qué punto las ideas políticas y los afanes de justicia e igualdad se transforman y degeneran.       

5.         El tema racial es también crucial en este Perú que aún no logra salir de su anacronismo. Si bien es cierto podemos encontrar mayor movilidad social que en el virreinato o al inicio de la república, podemos decir que la verdadera movilidad social en el Perú se origina recién en los años ochenta. Que un ciudadano tenga actualmente mayores oportunidades por el apellido o por su color de piel, es otro ingrediente más a ese coctel de desigualdades e injusticias, y quizá este sea un ingrediente mayor, porque involucra el origen, antepasados, familia, etc. Muchas veces se ha dicho que el Perú es una bomba de tiempo, una olla a presión, quizá Velasco Alvarado liberó un poco de presión a esa fuerza que ya aumentaba de manera imparable.

6.         Finalmente, solo puedo agregar que este libro contribuye al debate político nacional en momentos tan complicados en los que parece que pedir un concepto lógico, un argumento bien elaborado, una idea política con base teórica es imposible. Este libro demuestra que el debate aún está abierto y que todavía parte de la intelectualidad quiere cumplir su función social: La crítica como propuesta.                 


Titulado en Derecho y Filosofía. Magister en Gestión Pública.  Como escritor ha publicado cuentos y poemas en antologías y revistas en Perú, México, Chile y España.

  • Comentario de Stella Russell

Desde las primeras páginas se percibe una exquisita y refrescante fragancia a divergencia.

Un libro que todo peruano debería leer, por su denso contenido y bien elaborada argumentación, cita las frases célebres precisas que tornan aún más interesante y entretenida la lectura. Una pizca de poesía y mucha dura realidad.

No es solo un escrito informativo, es una obra pedagógica, llena de elementos aleccionadores y detallismo en la explicación. Asombra, enseña y te sumerge en la reflexión de una realidad completamente distinta a la que vemos en los medios tradicionales.

No recomendar y aplaudir éstas páginas sería un crimen, ¡Que la pluma de Max De La Rosa ilumine los pensamientos apagados e incite a la transformación! ¡Buen provecho!

Activista medioambiental y en contra de la explotación animal. Setiembre 2021

Max De La Rosa nació en Lima. Historiador del Arte por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Cursa el pregrado de Derecho y Ciencias Políticas. Posee estudios en las áreas de Derechos Humanos y Legislación del Arte y la Cultura. Es autor de la novela lírica Los últimos días del plástico. La necesidad inmarcesible del silencio ataráxico. Actualmente se desempeña como asesor legal y se encuentra desarrollando El hábito de la subversión. El viendo soplaba, afuera, anunciando tempestad. Volumen II.

Lima, Setiembre de 2021// SE AGRADECE LA DIFUSIÓN

Enlace de libre descarga:

https://drive.google.com/file/d/1qiOPgRFRpPs7CF2TPT07lFQCy2_RbsYX/view?usp=sharing

Puedes adquirir su novela lírica Los últimos días del plástico. La necesidad inmarcesible del silencio ataráxico en el siguiente enlace:

Max de la Rosa

Reseña del poemario “El cuerpo del silencio”, de María Agustina Pardini

por Sandra Peralta


A pesar del impacto que ha tenido la pandemia en el mundo editorial, se han publicado joyas como “El cuerpo del silencio”(2020), vio la luz a finales del año pasado en la editorial Buenos Aires Poetry. Este primer poemario de la traductora y escritora argentina, María Agustina Pardini, nos revela una naturaleza invadida por el mundo “civilizado”; un mundo natural que resiste a las manos humanas en silencio, como las raíces que se cuelan por debajo de la puerta de una casa vacía, reclamando su espacio. En sus páginas, también habitan animales enjaulados que rememoran la libertad mientras aspiran su último aliento; y ballenas que tiñen con su sangre el océano de rojo

“Enjaulado en la inmovilidad, en el olvido 
abriendo sus alas como un prisionero 
midió el tamaño de la jaula”.

El silencio es un arma de doble filo, los cuerpos que han sido acallados avanzan y sobreviven en silencio. El silencio es la muerte, pero también la vida. Los poemas de María Agustina Pardini nos transportan a lugares remotos, donde yacen ocultas reminiscencias de antiguas civilizaciones, territorios donde la naturaleza y la humanidad coexistieron en una especie de simbiosis. El poema “Sigiriya” nos coloca en las alturas de Roca del León, en Sri Lanka, India, un espacio natural intervenido por las manos humanas.

Los poemas que encontramos en este libro discurren por olas, aguiluchos, árboles, caracoles, hojas, océanos, cardones, gorriones, olivos, ríos, colibríes, rosas, venas y cuerpos; son un recorrido por las diferentes estaciones, el paso inminente del tiempo, la puesta del sol y el ocaso. Una naturaleza que permanece y aguanta en secreto, y como telón de fondo ve pasar a la humanidad.

“El cuerpo del silencio” es una propuesta lírica que nos conduce necesariamente a reflexionar sobre nuestra relación con el medio ambiente y la naturaleza animal, visibiliza a esos cuerpos que han sido desplazados y que reivindican sus territorios.

Sandra Peralta Espinosa. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México.  Es especialista en marketing digital y actualmente participa como community manager en la Editorial Almadía. También se desempeña como correctora de estilo y copywriter para diferentes marcas y proyectotos. Ha colaborado en la Revista Folios,el Cardenal Revista Literaria y la sección cultural de Arena Pública

Perros de arbitraria edad

por Patricio J. Gómez Garcés


De haber ocurrido en un auditorio de pompas académicas, con luces sobre el sabio en turno y de fondo risas que de tan predecibles sonaran pregrabadas, la conversación se habría quedado en apunte de libreta, anécdota rumbo a la salida y ya. Pero porque ocurrió en un vagón del Metro, específicamente en el trayecto de San Antonio Abad a Ermita, adquirió una cierta forma eléctrica. Cambia el escenario de algo, y algo se pierde. Lo mismo que habrían perdido los caballeros del Rey Arturo en Monty Python si hubiesen tenido caballos reales y no sus pies a trote y sus relinchos y a aquel loco que golpeaba cocos para emular los cascos, las pezuñas.

En fin, el Metro. Tres estudiantes de poeta hablábamos después de clase con nuestro maestro-poeta-joven. Y hablábamos de Rimbaud, por si fuera poca la miseria. No solo de Rimbaud, sino del retiro de Rimbaud. Entonces, el maestro-poeta-joven soltó lo que nadie más alcanzará a cumplir: “a los veinte años, el morro decidió que ya había escrito todo lo que tenía que escribir. ¿Se dan cuenta? Somos unos perros” (tres risas pregrabadas).

Claro que, porque en ese entonces yo tenía dieciocho años y era el más joven de mi generación de alumnos escritores, esto me sonó más bien a augurio: “perros ustedes, yo sigo siendo un cachorrito”. Claro que, porque en ese entonces yo tenía dieciocho años, no llegué a considerar que entre Rimbaud y yo existía la misma diferencia que entre un ingeniero y un ingenioso. Claro que empecé a odiarlo con perro rencor cuando llegué a los veintidós y, a diferencia de Rimbaud, todo.

Entonces, la edad no es tanto de quien la tiene como de quien la envidia. Por pura biología, la edad robustece lo que los hechos significan. Pero también viene, sinuosa, detrás de las palabras. Cualquier tontera en voz de un viejo puede ser sabiduría. Cualquier genialidad dicha por un niño, simple y llano chistorete. Incluso ortográficamente la edad es un sufijo; la colita que vuelve ansiedad lo que antes era pura ansia, obviedad lo que era solamente obvio.

Pero sigo sin saber muy bien qué es la edad. Me niego a considerarla sólo en términos numéricos y, aunque me gustaría, dudo que esto del sufijo sea tan cierto. Tomemos a Mick Jagger, por ejemplo. Hay un video de él bailando sus bailes adolescentes apenas una semana después de someterse a una cirugía a corazón abierto. En ese momento tenía setenta y cinco años, la misma edad que mi padre al morir, y parecía veinteañero. Pero tampoco mi padre −y dudo que haya hecho el pacto fáustico de Jagger− aparentaba tener la edad que tenía. Ni siquiera cuando el cáncer se volvió mayúscula en su cuerpo: lucía mucho más viejo, sí, pero no de setenta y cinco. Ya lo dijo Alessandro Baricco en labios de Mr. Gwynn, “morir es una forma particularmente exacta de envejecer”; quizá porque en la muerte la edad como sufijo se hace más presente. No es lo mismo morir enfermo que morir por una enfermedad, ni lo mismo morir de edad que morir en edad o fuera de edad.

¿Cuándo decide uno −si es que en serio es uno quien lo decide− que ya se tiene, o no, edad suficiente para algo? Al poeta francés no le importó tener veinte años y dejar de escribir en el ápice de su genialidad, al guijarro rodante sigue sin importarle tener setenta y siete y moverse como se mueve, a los Monty Python no les importó jugar a que andaban a caballo, como niños, y a mi padre no le importó morirse a mis veintitrés años.

Como Montaigne, yo tampoco puedo aprobar el modo en que fijamos la duración de nuestra vida. Y es un asunto grave esto (de gravedad). Sí, ya sé que no son los años vividos, sino la vida en los años, pero no me lo termino de creer. Nunca sentí tanto mi edad como cuando sobrepasé la de Rimbaud, o cuando bailo y aparento la edad que en verdad tiene Jagger. O cuando empecé a pagar impuestos. O en la delgadez de mi primera cana. O cuando, en las curvas de la firma con que firmé el certificado de muerte de mi padre, pagué la deuda de su firma en mi acta de nacimiento.

Hace poco transité por una calle muy peculiar. La disposición era la siguiente: en la misma avenida, en acomodo de ascendente línea del tiempo, había primero una iglesia. Amplia, piramidal, cercados sus solares por gárgolas preventivas. Unos metros después, un grupo de AA. Blanco, estéril, discreto como una caja de cartón que encierra una cabeza (What’s in the boooox?). Otro par de metros más allá, un bar. De los tres, el único con luz cálida, el único del que emergían risas, voces, negación de lo que se insiste sepulcral. 

La avenida me pareció una especie de rally, Vía Crucis anarquista, para que los adictos recuperándose descubrieran que el único modo de seguir avanzando era yendo hacia atrás.  Tal vez también la edad se trate de caminar en dirección contraria, de no entrar tan dócilmente en las edades quietas.  Como perros que sueñan que corren.  


Patricio J. Gómez Garcés (Ciudad de México, 1995). Escritor, editor, traductor y exlocutor de radio egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha colaborado con cuentos, poemas, ensayos y reseñas en La Pluma del Ganso, Punto en Línea, Literal Magazine, Letras de Chile, Shandy, Penumbria y Pez Banana, entre otras revistas electrónicas e impresas. Obtuvo el XIV Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario Juan Rulfo en 2013. Escribió el guion de los cortometrajes animados Ex Libris y Nené and Her Yellow Boots, seleccionados para la muestra nacional de Shorts México 2017 y 2020, respectivamente.