Las estaciones errantes

por Manuel Jorge Carreón Perea


Cuando la conocí, en primavera, no tenía dinero para invitarla a cenar o al cine, así que me las ingeniaba para pasar tiempo con ella sin gastar. Al principio no era tan difícil. Nos quedábamos en su apartamento viendo una película, jugando backgammon o platicando historias de la vida antes de nosotros.

Cuando sentí que su interés en mí disminuyó, opté por leerle en voz alta algunos de mis cuentos favoritos. Empecé con los de Kafka; seguí con El ruletista de Mircea Cartarescu. También los contenidos en El exilio y el reino de Camus. Hizo el mismo ejercicio que yo y gracias a ella conocí a varias autoras y autores a los que no me hubiera acercado como Odisea para el espacio inexistente, de M. B. Brozon o El desafío de Vargas Llosa, aquel autor que se ha ganado más animadversión que lectores por sus ideas políticas.

Así pasamos varias tardes de sábado y domingo, disfrutando del clima apacible de la Ciudad de México en verano, leyendo y escuchando a Cigarettes after Sex y Belle and Sebastian, disfruntando de nuestra parcela de felicidad.

El verano se fue con la celeridad de los momentos felices y empezó el otoño. Ella usaba su gorra de los Dodgers de los Ángeles para hacerme enojar y mofarse que, nuevamente en cinco años, los Giants de San Francisco no habían alcanzo la postemporada. Yo disminuía mi consumo de cigarros conforme los días de la temporada de hojas secas avanzaban.  Seguía sin dinero, pero feliz a su lado.

Compramos boletos para el primer concierto de Interpol en el país en dos años – un verdadero record –; me besó cuando pagué los tickets, prometiendo cantar a mi lado Not even jail. Otro momento de felicidad.

En invierno ella tuvo muchísimo trabajo y yo –aún cuando no estaba del todo desempleado, mi actividad laboral era mínima– la miraba trabajar en el café al cual asistíamos todas las mañanas. Los empleados nos trataban estupendamente y siempre cada tercer día traían nuevos libros para que yo me entretuviera. Recuerdo pensar que sería lindo, cuando nos casáramos, invitarlos a ellos al brindis de honor. Al final se convirtieron en personas determinantes para nosotros.

La primavera volvió, pero no las partidas de backgammon o las películas. La felicidad sí se quedó.


Manuel Jorge Carreón Perea. Filósofo. Ha publicado minificciones en Cardenal Revista Literaria y en Mood Magazine, y artículos académicos en diversas publicaciones de investigación en América Latina y Europa. Es Consejero en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.

Diez minificciones de Chris Morales

por Chris Morales


Momentos de oro

Cada día probaba sus galletas de mantequilla. El sabor, el olor, la textura hacían sentir a «Muñeca» —así le decían sus papás— una niña amada. Su mamá las horneaba; papá servía la leche y juntos las saboreaban. El deleite mayor se originó al comer muñecos de jengibre. 

   Un año después, cuando llegó un nuevo integrante a la familia, «Muñeca» quiso hacer suculenta y especial su estancia, así que, lo puso sobre la mesa. Aunque le costó mucho prender el horno y conseguir algunos ingredientes, su hermanito quedó bien tostado, crujiente, listo para probarse con leche y reforzar el amor de familia.


Por amor

No podía dejar que mi padre sufriera a causa de esa enfermedad crónica degenerativa. En realidad, todos le tememos al dolor. Lo bueno que la muerte le llegó casi de manera instantánea. Ahora él descansa y yo también, pues el día del atropello le quité las placas al auto.


Evocación

Hoy estaba pintando la recamara de mis padres cuando me topé de frente con el retrato de mis abuelos. Los miré fijamente a la cara: él, sonriente, luciendo pícaro bigote; ella, seria (hasta podría decir que un poco triste). Regresé a mi labor y terminé por pintar flores en la jardinera, gallinas en el tronco de un árbol, vacas y caballos pastando, marranos comiendo en un chiquero y mazorcas apiladas en la casa de provincia donde creció mi madre. 


Viaje sin fin

Había llegado nuevamente a la terminal sin que nadie le dijera que debía bajarse del vagón. ¿Cuántas vueltas más daría a la línea entera? No ha caído en la cuenta de que la última vez que atrajo la atención de la multitud fue al aventarse a las vías del metro cuando éste entraba a toda velocidad a la estación.


Costumbre

Tantas veces había batallado al ponerse su maquillaje. En el microbús, en el metro. En el tren suburbano se molestaba cuando no alcanzaba lugar, aun así, maniobraba para llegar siempre arreglada al trabajo. Sus rápidos ascensos le permitieron comprarse un auto.

Ahora, no le perturbaba nada, iba muy cómoda. De hecho, fue maquillada por otros para llegar hermosa al velatorio. Se le olvidó que su vehículo nuevo debía ser conducido por ella misma.


Sueño libre

Varias noches no pude dormir: tuve pesadillas. Soñé que te ibas para siempre con tu amante. Hoy, por fin se hizo verídica la acción y me quedo en la soledad de una casa grande. Más vale la certidumbre de una realidad, que un descanso perturbado.


Locura

Cuando gozo una paleta, me sabe a Dulcinea. Cuando saboreo un caramelo, me sabe a Dulcinea. Cuando disfruto de un pan, me sabe a Dulcinea. En el baño de la escuela escribí: Miguel y Dulce, una aventura para siempre.

Lucharé contra esos gigantes ─los edificios─ que nos separan día a día y llegaré a tu encuentro. Mi amigo, Pancho Panzas, me dice que estoy loco. Yo le contesto que sí, que estoy enamorado.


Retorno

Extrañaba salir al parque, sentarse ─con su andadera a un lado─ sobre una banca y alimentar a las aves.

Esa mañana escuchó un organillo en la calle. Tocaron el timbre. Entusiasmada, sacó su mano por la ventana y roció con alpiste el sombrero.


Liberación

Caminando por las calles de su nostalgia, la encontró tirada al pie de un árbol. La levantó y se la llevó a su escritorio. Redactó sobre ella sus más grandes anhelos. De tinta usó sus lágrimas. Después la liberó por la ventana, apreciando su suave y acompasado vaivén. Sabía que sus sueños —por muchos que fueran— no lo suspenderían en el aire como aquella hoja. Se estampó primero en el piso.


Doble jornada

Hoy volví a cumplir mi sueño: convertirme en agente secreto y escabullirme entre las calles de la ciudad hasta localizarte. Vi las caricias a discreción, los jugueteos y, con mis binoculares, mis pupilas pudieron colarse entre las persianas del departamento que compartes con tu amante y ver la concreción de sus devaneos ilícitos. La tarea fue muy ardua; tanto, que me desperté mucho antes de que sonara el reloj. Mis grandes ojeras me dicen que mi trabajo real estará peor que el onírico.


Chris Morales. Actor y escritor mexicano de textos dramáticos, cuentos y microficciones. Ha publicado en diversos sitios de internet, revistas y antologías electrónicas. Compiló, al lado de José Manuel Ortiz Soto, la antología Pequeficciones. Piñata de historias mínimas. Dos de sus obras de teatro fueron galardonadas por la Asociación de Periodistas Teatrales en el 2007 y 2016. Egresado de la UACM en la carrera de Creación literaria y combina las letras con las artes escénicas en la Asociación Civil JADEvolucion-arte desde hace 15 años.

Sobre la piel y otra minificción

por Edgar Nuñez Jiménez


Sobre la piel

para Raúl Alejandro Moreno

A veces una ráfaga de estrellas baja volando de mi pecho a mi ombligo y va dejando una estela brillante sobre los rastros, casi invisibles, que ha dejado el vitíligo sobre mi piel.

–No, Raúl, no estás solo –escucho que dicen. Y siento un leve cosquilleo en el brazo, a la altura del codo, en la espalda o en mis piernas y pantorrillas. 

Me remuevo sobre la cama y escucho el silencio de la noche. Desde que todos desaparecieron, sin decir a dónde, me contento con ver las estrellas detrás de las rendijas y escuchar los susurros que se desprenden de las tinturas.

Cuando la luna sube alta y deja caer su brillo sobre los escombros, es cuando me siento menos solo, mis tatuajes se remueven como un latido y danzan alrededor de mi cuerpo como en un caleidoscopio.


Gigantes en la casa

para Gildardo

Veinte hombres vestidos de rojo entraron a tropel a la casa de ladrillos. Mi abuelo los recibió en el patio y les acomodó los espejos de sus frentes.

–¿De dónde vienen, mamá, estos hombres de tierra?

–No tengas miedo, se irán pronto, solo vienen a danzar.

Se sentaron en el suelo a comer sin quitarse los penachos de papel. Enviciaron todos los rincones con su presencia.

–¿Y usted es el chunco, verdad? –preguntó un anciano imperturbable de ojos verdes.

Moví la cabeza en señal de negación.

–Sí, usted es el último, el último de la estirpe.

Mamá al fondo servía pocillos de comida. Padre atizaba los leños.

Los hombres viejos y jóvenes me miraban. Y de pronto sentí frío y vi que sobre la sierra se empujaban las nubes hasta pulverizarse.

–Quizá llueva más tarde, vendrá el norte –dijo uno de los más viejos.

–Sí, puede que llueva –corearon los más jóvenes.

Descansaron sus penachos sobre el suelo. Los espejos que los adornaban emitían destellos.

Comieron, se saciaron hasta el hartazgo, tiraron el trago sobre la piedra e injuriaron a los dioses. Al alba, antes de que la llovizna mojara las calles, me tomaron de la mano y, danzando, me arrastraron hacia afuera.

Mamá y papá no pudieron hacer nada, cerraron las puertas por dentro sin siquiera sollozar.


Edgar Nuñez Jiménez.  Nació en Copainalá, Mezcalapa, Chiapas. Ha aparecido en los libros En-saya. Antología de ensayos universitarios (Universidad Veracruzana, México, 2013), Brevísimos (Ediciones Equinoxio, Argentina, 2019), Esto solo podía pasar en verano (I Concurso Informal de Microcuentos de Verano, España, Tenerife, 2019), Perros (Ediciones Sherezade, Chile) Gatos (Ediciones Sherezade, Chile, 2019), Diversidad(es). Minificciones alternas (El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2020) y en Los excéntricos (Lapicero Rojo Editorial, México, 2020). Textos suyos también aparecen en la Antología Virtual de Minificción Mexicana (México).

Tres minificciones de Sara Mateos

por Sara Paola Mateos Gutiérrez


Siseo sibilante

¡Sal, Soledad! Susúrrame sabios sonidos, sorpresivos silencios, suaves soliloquios. Septiembre suena sarcástico, sus sombras sólo saben silbar. Sí, Soledad, siempre sueñas soleadas selvas, semillas sabor sal, símbolos seniles. Suma semanas, segundos, sirenas. Suelta soledades, saborea sufrimientos, sutura secretos, seduce solsticios, siembra sueños. ¡Sálvate!


El plagiador

—¿Quién castigará, por fin, el plagio de su vida, su Señoría? No duerme tranquilo porque a media noche siente la comezón de un lápiz y unos ojos que hurgan entre su carne para arrancarle la existencia en unas páginas apretadas que, dicho sea de paso, lo han reducido a ser un escribiente apático y grisáceo que no sabe decir más que tres palabras. 

Que uno plagie a otro constituye, según su ley, un delito; que se plagie a sí mismo resulta hasta ridículo, pero que sorba la savia de estos seres etéreos, mal llamados “personajes”,  ¿no es un acto criminal?

—¿El demandante exige algún tipo de compensación?

Preferiría no hacerlo.


Sobre la corrección de textos

En recuerdo de Montaigne.

Es la agudeza un aparejo imprescindible en la corrección de cualquier tipo de texto, por eso yo la aplico toda vez que hago una revisión. Si se trata de un escritor primerizo, con más motivo recurro a la perspicacia, hojeando el tejido con ojos frescos; luego, si lo hallo con demasiadas erratas, consulto mis prontuarios. La norma de poder corregir todo menos el estilo es una máxima del corrector, y de las más importantes. A veces procuro convertir un texto semejante al tapete del baño en el tapiz de una bella estancia, buscando qué puntadas y qué nudos lo refuerzan; otras, mi sutileza pasea su vista en un tejido tan armoniosamente colorido en que ningún matiz puede corregirse, puesto que las frases están tan bien trenzadas que no hay más alternativa que admitir su coincidencia o acertada excepción de las normas lingüísticas. En los primeros la corrección se transmuta en coautoría, se escoge el tipo de figura que mejor conviene, y entre mil estambres se prueba que este o aquel son los más resistentes. Escojo, de ser posible, el primer manuscrito que vea; todos los temas para mí son atractivos y nunca formo el designio de volverlos perfectos, pues ninguno me devela por entero su sentido y significado: no garantizan otro tanto los que escriben críticas al suponer que entendieron todos los aspectos de una obra. De tantas posibles formas de lectura que cada una ofrece, prefiero la placentera, ya para disfrutarlo solamente, ya para desmenuzar la trama, a veces para llegar hasta su armazón; reparo en la cadencia y ritmo de las frases, no con severidad, sino con toda la musicalidad que me es permitida, y las más de las veces tiendo a releerlas con el hipérbaton más improbable. Me atrevería a escribir yo sola un libro si me conociera menos y tuviera una idea errónea del valor del corrector de estilo. Rehaciendo un discurso patriótico aquí, corrigiendo un reglamento allá, como retazos separados de la alfombra de los géneros, variables, sin reconocimiento ni publicación, no estoy obligada a figurar en los créditos o eventos públicos, ni a concentrarme en escritos de una sola textura; corrijo en el telar cuando bien me parece, sumergiéndome en el murmullo y el silencio de las palabras, y a mi ambiente habitual, que es el diálogo interno.


Sara Paola Mateos Gutiérrez (Puebla, 1995) estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía en  la Universidad Iberoamericana Puebla. En 2016 fue ganadora de la beca de creación literaria del PECDA, dentro de la categoría “Jóvenes creadores: cuento”.  Ha publicado textos literarios en las revistas Contratiempo, Crítica, Cuaderno de hojarasca, Rúbricas, Argonauta y Plesiosaurio; en el boletín semanal Torpedo y en el suplemento digital de cultura Consultario. Actualmente se encuentra estudiando la maestría en Literatura aplicada.

Cinco minificciones de Gabriel Ramos

por Gabriel Ramos


Lotería

A tus 70 años nunca te habías sacado nada en ningún sorteo. Mirabas el boleto ganador con extraña alegría, mientras pensabas en la vida de sacrificios que dejarías atrás.

             Al mismo tiempo llorabas, pues no tenías con quién compartirlo.

Orfandad

¿Padre, por qué me has abandonado?

     Jesús / Kafka / Pessoa / Rulfo

Días difíciles

Haydíasenquetodoseamontona.

El monstruo

Todos tenemos un monstruo dentro de nosotros. Generalmente está dormido, pero cuando se despierta puede ponerse al mando de nuestras palabras y acciones. En ocasiones conseguimos que el monstruo de los demás salga.

               Cuando los monstruos se enfrentan alguien sufre las consecuencias.

Ayotzinapa

Cada noche veo a mis padres con rostros de desesperación, alzando sus cabezas como buscando a alguien. Me acerco a ellos y les digo: —Siento que hayan tenido que esperar tanto, pero tuvimos una reunión hasta tarde en la Normal. ¿Por qué no me contestan? ¡Soy su hijo Cutberto! Se miran entre ellos y revisan a sus alrededores, mientras los perros del vecindario me ladran. 


Gabriel Ramos. Nació en la Ciudad de México. Es psicólogo egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, escritor y promotor cultural. Su interés está centrado en la creación y estudio de la microliteratura y cuento breve. Ha publicado microficciones, cuento breve, crónica, reseña literaria y entrevistas en diversas páginas de Internet y revistas en formato físico. Sus microficciones han aparecido en las Antologías: Dispara usted o disparo yo, Corto Circuito. Fusiones de la minificción, Brevirus Microficciones en tiempo de pandemia y Pequeficciones. Piñata de historias mínimas. En 2017 publicó su libro-objeto Vivir es arriesgarse, que ha sido traducido y publicado en los idiomas serbio y árabe. Varias de sus minificciones han sido traducidas al francés en Lectures du Mexique 2. Auteurs Mexicains. Nouvelles et microrécits.

Dos minificciones de Marcia Ramos

por Marcia Ramos


Transfiguración

Un niño construye un castillo de arena, al salir hecho hombre lo destruye con pasos de gigante.


Inocencia

El cine está repleto de gente: niños que comen palomitas a puños, señoras que agarran las piernas de sus hombres con pasión y padres que huyen de la rutina. La película comienza. Una joven se avienta desde el último escalón de arriba, obsesionada con el suicidio, nadie la mira. La sangre mancha la alfombra y la gente aplaude creyendo que la función es en 3D. 


Marcia Ramos Lozoya nació y reside en Tijuana (1989). Es la Lic. en Lengua y Literatura de Hispanoamérica, Especialista en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina y Maestrante en Educación. Hizo un Diplomado en Creación Literaria, Diplomado en Docencia en línea y competencias y un Diplomado en Políticas Públicas para la Juventud. Le otorgaron la Beca Jóvenes Creadores (PECDA) y el Premio juventud en el 2018 y la Beca Interfazz en el año 2015. Tiene publicados los libros Las calles hablan (poesía) (2015), Brevedades infinitas (cuento) (2017) y Diles que no nos vean versión (cuento) ebook (2018) e impreso (2019) por La tinta del silencio. Publica en su Blogger Historias de una mente fragmentada y Liberoamérica. Fue tallerista de creación literaria en el programa Cultura para todos. Actualmente es maestra a nivel preparatoria en Centro universitario del Pacifico y maestra a nivel aniversario en Universidad Iberoamericana.

Reencarnación. Una minificción

por Miguel Ángel Galindo Núñez

REENCARNACIÓN

Nostradamus vaticinó miles de eventos fuera de nuestro control: la caída de las Torres Gemelas, la Primavera árabe, el video de “Gangnam Style”; pero una de ellas: el COVID- 19 fue uno de sus versos más destacados y en 1555 mencionó su llegada a nuestras tierras.

Cuatrocientos años más tarde, regresó en el alma de otro gran profeta francés: Así, La peste salió al mercado y predijo los cierres de fronteras, los muertos en las calles, el pánico desmedido. Era de esperarse cuando miles de Sísifos y Extranjeros viven día a día entre nosotros.


De Coronavirus. Antología de minificción. (2020). Grupo independiente de Literatura Contemporánea.


Ome Galindo (Guadalajara, Jal. México, 1986) es doctorando en Humanidades por parte de la Universidad de Guadalajara con especialidad en lo fantástico. Su obra narrativa está repartida en diversas antologías y revistas. Además, imparte regularmente varios talleres sobre creación literaria.
Del mismo modo, tiene un amplio currículum en torno a la crítica literaria, habiendo sido ponente y tallerista en diversos países latinoamericanos, así como invitado a realizar dos estancias de investigación en Argentina para realizar labores de docencia e investigación.
Actualmente es profesor de Lengua y Literatura en la Universidad de Guadalajara, así como capacitador de docentes en varias instituciones privadas.
Hace difusión cultural por medio de la Sala de lectura d20 y del podcast Las 9 noches.
Escribe en su blog personal: Ometopia (http://ometopia.blogspot.com/)

Cinco minificciones de Manuel Sauceverde

por Manuel Sauceverde

Postulado I

Escribir microliteratura exige todo el tiempo del mundo.

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Fortuna Imperatrix Mundi

Dios también juega a los dados; si nadie mira, hace trampa.

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Axioma II

La poesía es caos; el poema, orden.

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Arbitrium

El auténtico libre albedrío proviene del azar.

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Poiesis

El primer verso es fruto del azar; el último, del trabajo.


Manuel Sauceverde es Doctor en Economía por la UNAM y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Ha obtenido una docena de reconocimientos en economía, narrativa, poesía y música y ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales. Es miembro del consejo editorial de La Otra: Revista de Poesía y del Ensamble Didar: Música Clásica Persa en México; además, dirige el proyecto Cómics Poéticos: collages digitales, gifs y libro-juegos de poemas y microficciones. Sus libros publicados: Entre una estrella y dos golondrinas (Poesía, Editorial Lectio) y Universos perpendiculares (Narrativa, Editorial Lectio).