Sonata de Rakhmaninov

por Sherzod Artikov
traducido al inglés por Nigora Mukhammad
traducido al español por Dimarys Águila


Nilufar estaba encantado. Finalmente, sentada frente al piano pudo tocar la sonata de su compositor favorito sin partitura y sin equivocarse en ningún lado. Esta situación fue una noticia muy emocionante para ella. Porque no había podido hacerlo durante semanas, y no importaba cuánto lo intentara, sus esfuerzos fueron en vano. Al final, su incansable y duro trabajo valió la pena.

Ahora puede interpretar fácilmente la famosa sonata «re-menor» de Rakhmaninov en un programa de primer concierto largamente esperado sin una partitura. Según esta sonata, ya no necesita una partitura. Pensando en esto, estaba extremadamente feliz y emocionada. A veces iba a su piano rojo, a veces miraba la foto de compositores colgada en las paredes de la habitación y caminaba de un lado a otro. Incluso quería bailar de puntillas como una bailarina. Pero se avergonzó y cambió de opinión. Si sus gemelos hubieran estado allí, sin duda los habría abrazado, besado sus caras y compartido su alegría con ellos. Desafortunadamente, están en un internado de fútbol. Llegan el fin de semana. Lo lamentó. Quería compartir su alegría con alguien mientras preparaba la cena. No pudo contenerlo. Probablemente por eso miraba a menudo el teléfono negro en el estante del pasillo. Después de un rato, llegó al teléfono. Lo cogió y marcó los números requeridos. Luego se restableció la conexión y se escuchó una voz familiar en el receptor.

–Estoy en una reunión.

–¿Vienes a casa temprano hoy? –Ella dijo, encantada, sin importarle que su esposo esté en la reunión.

–¿Qué pasa? –Preguntó sorprendido su marido.

–Todo está bien –continuó ella, tratando de calmarlo al amanecer. –Si vienes, te lo diré. Ocurrió un evento maravilloso–.

–Está bien, me iré–.

La voz de su marido dejó de sonar. Supuso que la conexión se había perdido. Aunque estaba un poco molesta por esa situación y volvió a colgar el teléfono por la frustración, recordó su éxito nuevamente y estaba de buen humor. Sonrió con satisfacción mientras se miraba en el espejo colgante en el pasillo.

Nada ni nadie podría lastimarla en este momento. Porque había logrado un gran éxito por sí misma. Hasta ese día, solo podía interpretar la sonata de Beethoven dedicada a Eliza, los valses de Brahms y dos o tres de los pequeños nocturnos de Chopin sin partitura. Pero eran composiciones musicales breves que cualquier pianista aficionado podía interpretar. No requirieron entrenamiento o talento extra. La sonata de Rakhmaninov, por otro lado, era más larga y compleja en estructura, y si se descuidaba la atención a estos dos elementos, confundiría a la intérprete y la obligaría a cometer un error. Incluso cuando se realiza con una partitura.

–¿Qué pasa? –dijo su marido.

Había cumplido su promesa y regresó temprano del trabajo. Nilufar lo vio y aplaudió con alegría. Se imaginó que el día del concierto vendría de la misma manera –bellamente vestida y con un ramo de flores en las manos. Y estaba encantada de pensar que este sueño pronto se haría realidad. Con esos pensamientos, tomó gentilmente la mano de su esposo y caminó hacia la habitación donde estaba el piano. Entró en la habitación y acercó la silla marrón al piano. Ella le pidió a su esposo que se sentara en ella. Su marido, que no entendía nada, se sentó impotente en la silla. Se detuvo frente al piano.

–Tocaré la sonata “re-menor” de Rakhmaninov sin partitura –dijo, sentada en una silla. –¡Escucha cuidadosamente!

 Apuntó con el dedo índice a su marido como una niña, con las mejillas enrojecidas por la emoción. Luego se puso el dedo delante de la nariz y en tono de broma le dijo: «tss» a su marido. Luego empezó a tocar la sonata sin partitura. El misterio de la música, que durante siglos ha sacudido el corazón del ser humano, la consoló y la hizo feliz, encarnó su amor puro y su odio doloroso, se extendió silenciosamente por toda la habitación con la ayuda del piano. Esta vez, la melodía encarnaba los recuerdos del pasado en el corazón humano. La sonata siempre le recordó su infancia. Cuando era estudiante en el conservatorio, cuando estaba incluida en su programa personal en varios concursos, cuándo y dónde actuaba, recordaba su infancia. Fue lo mismo hace un rato y ayer. Es lo mismo ahora. Movería sus dedos largos y delgados sobre las teclas blancas y negras y las tocaría en plano. Y los dulces recuerdos de una infancia lejana, feliz y despreocupada vinieron a la mente uno tras otro. Envolviendo un pañuelo blanco alrededor de la frente de su madre y horneando pan caliente en el horno, su corazón se hundió por un momento como preludio de los recuerdos. Cuando era niña, su madre siempre horneaba pan en el horno los domingos. Llevaba una canasta que era más grande que ella y no podía moverse cerca de ella. Después de tostar e hinchar los panes, su madre los cortaba y los arrojaba a la canasta. Y los esparcía para que el pan se enfriara más rápido. Mientras tanto, se pondría los conmovedores empapados en leche del enano en el bolsillo de su chaqueta, tanto cálida como secretamente. Después de eso, asfixiaba a los conmovedores en el agua del arroyo que fluía por las calles y disfrutaba comiendo las tortas apoyadas en el albaricoquero. Cuando la sonata llegó a la mitad, el recuerdo de su infancia cobró vida aún más vívidamente. He aquí, ella está tocando el cable podrido en la calle y devolviendo los números. Es pequeña, como una ardilla. Su pelo es rubio. Incluso entonces, todos la llamaron «rubia». Ella estaba contando números sin parar, y sus compañeros se escondían en diferentes lugares en este momento. Después de un tiempo, los estaba buscando por todas partes. «Berkinmachoq»1, suspiró, sus manos, que se movían constantemente sobre las teclas, de repente se debilitaron.

Los días de verano no venían de la calle, ignorando las cerezas que su padre le colgaba de las orejas y agitando su cabello, que su madre trenzaba como ramitas de sauce. Ella era mucho más juguetona. Si nieva en invierno, sería un día festivo para ella. Ella haría un Papá Noel con los niños en medio de la calle o jugaría bolas de nieve con diversión sin fin. Hasta la noche, conduciría el trineo que su padre había traído.

Poco después, fue a la olla de un tío, que estaba vendiendo nisholda2 al comienzo de la calle. Cuando era niña, durante los meses de Ramadán, ese tío siempre llenaba su taza con nisholda. Cuando llegó a casa, estaba lamiendo la parte superior de la nisholda con el dedo. Tendría una muñeca sucia en brazos y zapatos con agua en los pies. «Hubiera sido tan dulce el nisholda», dijo casualmente. Luego recordó los días en que iba a todas las casas con los niños en las calles las tardes del mes sagrado y cantaba la canción del Ramadán.

Hemos venido a tu casa diciendo Ramadán,

Que Dios te dé un hijo en tu cuna…

Cantaban esa canción. Aquí, recordó. La canción fue larga. Desafortunadamente, solo recuerda el comienzo. Así es como empezaría. Lo dirían junto con los niños. Niños y niñas cantaron canciones de Ramadán al unísono, extendiendo un largo mantel en sus manos. En la puerta de cada casa… Gritando… Los vecinos a veces daban dinero, a veces dulces, frutas y pronto el mantel se llenaba con lo que habían dado. Luego, sentados en una piedra al comienzo de la calle, los niños distribuían uniformemente los artículos reunidos en ella. A menudo le daban galletas con trocitos de chocolate y manzana. Los niños se llevaron las monedas.

Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras terminaba la sonata. Se dio cuenta de que era una niña abandonada y que extrañaba mucho a sus padres muertos. No ha pasado mucho tiempo desde que sus padres murieron. De hecho, lo que le enseñó a memorizar la sonata no fue su habilidad, sino la nostalgia de su infancia. Eso pensaba ella. Últimamente había estado interpretando mucho esta sonata y con pasión porque extrañaba la extrañaba. Esta fue también la razón por la que decidió dar un concierto como artista autónoma. Probablemente, Sergei Rakhmaninov también extrañó su infancia en los Estados Unidos durante sus años de exilio. Por eso la ha interpretado muchas veces en giras por ciudades americanas y ha recibido aplausos. Merecía reconocimiento. Miró a su esposo interrogante después de tocar la pieza. Había una pregunta en sus ojos. La pregunta no era «¿Lo hice? ¿Actué bien?»; la pregunta era, «¿También te acuerdas de tu infancia?”. También quería contarle sobre su primer concierto la semana entrante en la Casa de la Cultura de la ciudad. Su marido la ignoraba. No había interés en que la sonata le avivara sus recuerdos, o su cabeza estaba ocupada con pensamientos ansiosos.

–Toco la sonata sin una partitura –dijo con la cara abierta porque su esposo no hablaba. –Quería decirte eso. También quería decirte que la semana que viene será mi primer concierto en la Casa de la Cultura–.

Al escuchar sus palabras, su esposo se puso de pie como un hombre desesperado. Se acercó a ella, rascándose la frente y aflojándose la corbata.

–Odio ese hábito –dijo, presionando las teclas del piano una o dos veces como para divertirse. –Siempre me molestas por cosas triviales. Aquí está hoy. Debido a este trabajo, no podré asistir a la presentación de nuestro nuevo producto esta noche. ¡Me estoy perdiendo un evento así, desafortunadamente! –

Nilufar suspiró y se mordió los labios con fuerza. Ella susurró como «Ojalá estuvieran sangrando», no quería soltar los labios entre los dientes. Luego se rio con sarcasmo en su cabeza y cerró el piano con indiferencia. Le temblaron las manos y los labios inyectados en sangre. Su esposo negó con la cabeza cuando vio que ella estaba en silencio y caminó hacia la puerta.

–Por cierto, –dijo y salió por la puerta. –Tengo que irme por la mañana. Habrá una boda en la casa de nuestro gerente general. Así que plancha mi traje gris. Ha estado en el estante durante mucho tiempo sin haber sido usado. Puede estar arrugado. –

Involuntariamente, Nilufar miró a su marido con tristeza. No había rastro de la alegría que llenaba su corazón. No quería levantarse, no podía moverse en absoluto, como si tuviera una piedra atada a las piernas.

–Lo plancharé antes que termines de comer –dijo con la voz quebrada.

Así que cerró los oídos con fuerza. Con eso, trató de no escuchar los sonidos que zumbaban en sus oídos. Pero fue inútil. Las voces felices, impecables y despreocupadas de ella y los niños, que habían permanecido bajo su oído como un niño, no se fueron.

Hemos venido a tu casa diciendo Ramadán,

Que Dios te dé un hijo en tu cuna…


  1. Berkinmachoq. Es un juego que los niños esconden y un niño tiene que buscarlos.
  2. Nisholda. Es un dulce que se elabora en el mes de Ramadán.

Sherzod Artikov nació en 1985 años en la ciudad de Marghilan de Uzbekistán. Se graduó de Instituto Politécnico de Ferghana en 2005 año. Sus obras se publican con mayor frecuencia en prensas interiores republicanas. Principalmente escribe cuentos y ensayos. Su primer libro «The Autumn’s symphony ”se publicó en el año 2020. Es uno de los ganadores del concurso literario nacional «Mi región de la perla» en la dirección de la prosa. Fue publicado en Rusia y Ucrania. revistas de la red como “Camerton”, “Topos”, “Autograph”. Además, sus relatos fueron publicados en las revistas literarias y sitios web de Kazahstán, EE. UU., Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania, India, Polonia, Guatemala, Israel, Bélgica Indonesia, Irak, Jordania, Siria, Líbano, Albania, Colombia y Nicaragua.

El país en la arena

por Karsten Ricklefs
traducción al español por Iliana Marx


No hacía mucho que llegaron a ese país. Venían de muy lejos, de un país remoto. Les dijeron que era verano en este país.  A ellos les parecía extraño el verano en ese país, tan distinto del verano en su propio país.

Tuvieron que caminar bastante para llegar al lago, pero mucho menos de lo necesario para llegar a ese país. El camino fue arduo: pedregoso y polvoriento.  Olía a pasto seco y a podredumbre. Podían olerlo, pero no podían verlo.

Sólo se oía el azote, el golpeteo de la piel desgastada de sus chancletas contra las plantas de sus pies, que parecía tapar todos los demás sonidos. El mayor de los dos niños miraba de vez en cuando los pies cubiertos de polvo fino de su hermano menor, atento a que pudiera seguir su ritmo. Sentían las piedras debajo de sus suelas y, a veces, podía verse un leve y sobresaltado grito de dolor en sus rostros, cuando la piedra era demasiado grande, dura o puntiaguda. Evitaban el pasto alto que bordeaba el camino. Les parecía que había demasiadas cosas ocultas allí.

Cuando sus miradas se encontraban, se sonreían mutuamente, como si quisieran ocultar  algo detrás de sus sonrisas. El golpeteo enmudeció, y el más pequeño de los dos niños se detuvo. La cadena que llevaba al cuello temblaba ligeramente. Con cuidado, dejó que se deslizara entre sus dedos. Se la habían dado sus abuelos la noche de su despedida. Ellos tenían demasiada edad para caminar tanto. Su abuelo se la había colocado alrededor del cuello y, después, le había besado, se había inclinado para besarle en la frente, con esa mirada aguada en sus ojos; sintió la larga y áspera barba del abuelo contra su piel.

No vio a su abuela. Tan solo oyó sus leves sollozos detrás de la puerta cerrada. Su padre dijo que su corazón estaba enfermo. Que ella no vendría a verlos, porque si no, enfermaría aún más.

El mayor de los dos niños alzó el brazo y señaló en una dirección. Con la otra mano, acomodó su gorra con visera. Llevaba el emblema de un equipo de fútbol de ese país. Se la habían dado en el refugio el día en que llegaron. Estaba encima del todo en la caja de la cual se podía elegir ropa. Al principio, no se animó a cogerla y esperó pacientemente a que le dieran permiso para hacerlo. Entonces, vino ese hombre gordo que trabajaba allí. Vio sus miradas vacilantes, se rio, cogió la gorra, acarició levemente sus cabellos, y se la puso. A la mañana siguiente, la gorra había dejado esa marca en su frente, y su madre le pasó dulcemente las manos por encima. Ella le acariciaba la frente más que antes, con sus manos suaves y blandas, siempre con la misma mirada vacía. La mirada de su madre le era ajena, y él no sabía si ella le veía. Solo percibía sus manos sobre su piel. Su padre dijo que los ojos de su madre habían visto demasiado durante el viaje. Que estaban cansados y tenían que descansar. Que eso llevaría un tiempo. Después, volvería a reír.

El lago estaba a sus pies, brillante, envuelto por el azul del cielo. Unos niños jugaban a la pelota en el agua; un gran perro peludo arrastraba jadeando a una niña con alas de salvavidas rojo por el agua fría. Ellos oyeron la risa, las risas de los niños, el chapoteo de sus cuerpos en el agua, el grito asustado y alegre de la niña cuando el perro se soltó, y vieron a los adultos, con sus cuerpos pálidos de color lechoso, perezosos, tendidos inmóviles como cocodrilos satisfechos al sol.

Pasearon sus miradas por los lugares ocupados en la arena, hasta descubrir esa pequeña mancha blanca, que todavía parecía estar intacta. Lentamente, volvieron a ponerse en marcha, y el golpeteo sonaba más leve, y la distancia entre los golpes parecía mayor.

Alguien montó una parrilla, y una niña pequeña trataba de abrir un paquete con globos, hasta que su hermano mayor se acercó y le ayudó pacientemente. Olía a madera quemada y a carne sangrienta. Se oía música. Sonaba extraña. No entendían lo que decía la voz que cantaba. Un niño pequeño y pelirrojo movía sus caderas al ritmo de la música. Una mujer se acercó, le tomó de las manos y empezaron a bailar juntos. Un chorro de agua salió disparado desde unas aperturas color amarillo limón y dio contra los cuerpos recalentados de las niñas, que chillaban de alegría, corrían a la orilla, metían sus pies en el agua y los levantaban como palas, para salpicar a los varones con sus pistolas de agua, quienes dejaron sus armas para saltar de cabeza al mar con gritos de alboroto.

El golpeteo había enmudecido. Ellos estaban de pie, inmóviles en la arena blanca y aún intacta.

—¿Crees que haya minas aquí? — preguntó el niño pequeño, dirigiendo la mirada a sus pies.

—No, aquí solo hay globos —respondió su hermano mayor, mientras señalaba los globos coloridos que ascendían al cielo azul; luego se alejó sin decir más nada, tomó la manta de su país, la extendió y se sentó. En la manta se veía un paisaje montañoso bordado. Algunos hilos se habían desprendido de su tejido. Pronto ya no existiría más, la manta con el paisaje montañoso. Muchas veces habían estado sentados en esa manta, de picnic en el pequeño parque de su país. El parque ya no existía. Los árboles habían caído, enterrados por los escombros de las casas. Una vez, durante un picnic, el abuelo había dejado caer sobre la manta algunas cenizas de su cigarrillo. Todavía estaba la mancha del quemado. Habían llevado la mancha consigo, a ese país. El olor a su país de la manta se había evaporado. No podían llevarlo consigo, el olor. En ese momento, la manta olía diferente, olía al nuevo país, y ya no al tabaco frío de su abuelo.

—¿Sabes dónde se encuentra nuestro país? — preguntó a su hermano mayor.

Este guardó silencio y señaló los globos en el cielo azul. Solo podían reconocerse sus entornos, sus colores habían empalidecido. Las miradas de su hermano menor parecían volar y perderse con ellos.

—¿Crees que logren llegar a nuestro país?— le preguntó a su hermano mayor.

—¡Sí, claro, lo lograrán!

—¿Y volarán por encima de la casa de ellos?

—Ellos no los verán, será de noche en el cielo de nuestro país, y cuando se haga de día, ya la habrán sobrevolado—.

El cielo azul estaba vacío. Él miró al cielo azul vacío y no se percató de que su hermano mayor había desaparecido en el lago.

El agua del lago se desprendía de su piel y dejaba pequeños charcos sobre la manta.

Estaba tendido boca abajo, sus dedos mojados jugaban con una brizna de hierba seca quebrada, hasta que, de pronto, se incorporó y dijo:

—Seré ingeniero, construiré puentes encima de ríos, mares y fronteras. ¿Y tú? ¿Qué quieres ser de grande?

Su hermano menor no respondió, se puso de pie, cogió un palo pequeño, se arrodilló y recorrió la arena con él, como si quisiera dibujar algo, hasta que se detuvo, se incorporó y, con el palo en la mano, señaló el entorno dibujado de su superficie y, susurró:

—¡Nuestro país!

Su hermano mayor alzó la vista brevemente, se apartó, volvió a tenderse boca abajo, y hundió la cabeza entre sus brazos. Sus pies jugaban en la arena blanca y caliente. Unos copos mojados, que por su color se asemejaban a trozos de lava gris fría, se habían formado en los arcos blandos de las plantas de sus pies.

Su hermano menor permaneció allí durante mucho tiempo, delante de su país, con el palo en la mano, mudo, sin moverse. Con cuidado, hundió el dedo en su país, no profundamente, sino que con la profundidad necesaria para tocar la superficie de los granos finos de arena blanca. Sus labios pronunciaban nombres en silencio, mientras conducía su dedo suavemente por la arena de su país, hasta detenerse. Sonrió al cielo azul en su país, cogió su cadena y dejó que se deslizara lentamente entre sus dedos cubiertos de arena. Al mismo tiempo, murmuraba en voz baja palabras, como si cantara, como si cantara la canción de cuna, la canción de cuna de su abuela en su país.

El cielo parecía querer atraer el mar brillante a su cueva negra. Los pies del niño mayor se frotaban entre sí, los copos mojados se desprendían de sus bóvedas blandas, y sus manos tanteaban hacia adelante buscando, en vano, la última arena caliente. Su hermano menor dio un paso hacia adelante, dudó y, luego, temblando, puso un pie dentro de su país dibujado. Solo su dedo pequeño sobresalía un poco por encima de la frontera de su país.

El niño mayor se incorporó, reflexionó un instante, y luego se dirigió lentamente hacia donde estaba su hermano menor, colocó la manta alrededor de su cuerpo tembloroso, miró hacia abajo, y puso su pie junto al de su hermano menor. Al hacerlo, ambos dedos gordos del pie se tocaron, en su país, que lentamente comenzaba a desaparecer bajo la lluvia, y abrazó a su hermano pequeño, le sostuvo en este país, y sus ojos se convirtieron en mares, en mares en este país, cuyas aguas se desbordaron, y le susurró al oído:

—Ven, vamos a casa—. Le tomó de la mano y su hermano menor dirigió por última vez la mirada a su país, para luego apartarse y dejar que su cadena se deslizara entre sus dedos cubiertos de arena.


LAND IM SAND

Sie waren noch nicht lange in diesem Land. Sie kamen von weit her, aus einem fernen Land. Sie sagten, es sei Sommer in diesem Land. Er erschien ihnen fremd, der Sommer, in diesem Land, so ganz anders, als der Sommer in ihrem Land.

Viele Schritte mussten sie gehen, um an den See zu gelangen, aber viel weniger als die, die sie zurücklegten, um in dieses Land zu gelangen. Der Weg war staubig und steinig. Es roch nach trockenem Gras und Fäulnis. Sie konnten ihn riechen, aber nicht sehen.

Nur das Klatschen war zu hören, das Schlagen der zerschlissenen Haut ihrer Flip- Flops gegen ihre Fußsohlen, das jegliches andere Geräusch zu verschlucken schien. Der größere der beiden Jungen blickte manchmal auf die von feinem Staub bedeckten Füße seines kleinen Bruders, darauf bedacht, dass sie mit seinen Schritt hielten. Sie spürten die Steine unter ihren Sohlen, und manchmal ließ sich ein leises erschrockenes Aufschreien des Schmerzes in ihren Gesichtern erkennen, wenn der Stein besonders groß oder hart oder spitz war. Sie mieden das üppige Gras, das den Weg umsäumte. Zu viel erschien ihnen darin verborgen.

Wenn sich ihre Blicke trafen, lächelten sie sich an, als wollten sie etwas unter ihrem Lächeln verbergen. Das Klatschen verstummte, und der kleinere der beiden Jungen blieb stehen. Die Kette, die er um den Hals trug, zitterte leicht. Behutsam ließ er sie durch seine Finger gleiten. Er hatte sie am Abend des Abschieds von den Großeltern bekommen. Sie waren zu alt, um diese vielen Schritte zu gehen. Sein Großvater hatte sie ihm um den Hals gelegt, und dann hatte er ihn geküsst, hatte sich zu ihm hinuntergebeugt, mit diesem wässrigen Blick in seinen Augen, und ihm auf die Stirn geküsst, und er hatte dabei seinen langen kratzigen Bart auf seiner Haut gespürt. Seine Großmutter hatte er nicht gesehen. Nur ihr leises Schluchzen hatte er hinter der geschlossenen Tür gehört. Sein Vater sagte, ihr Herz sei krank. Sie zeigte sich nicht, weil es dann noch kränker würde.

Der größere der beiden Jungen hob den Arm und deutete in eine Richtung. Mit der anderen Hand rückte er seine Schirmmütze zurecht. Sie zeigte das Emblem einer Fußballmannschaft aus diesem Land. An dem Tag, als sie in dieses Land kamen, hatte er sie in der Unterkunft bekommen. Sie lag ganz oben in der Kiste, aus der sie sich Kleidung aussuchen durften. Anfangs traute er sich nicht, sie sich zu nehmen und wartete geduldig auf Erlaubnis. Dann kam dieser dicke Mann, der dort arbeitete. Er sah seine zögernden Blicke, lachte, nahm die Mütze, strich ihm flüchtig  durchs Haar, und setzte sie ihm auf. Am nächsten Morgen hatte sie diesen Streifen auf seiner Stirn hinterlassen, und seine Mutter ließ ihre Hände zärtlich darüber fahren. Sie strich ihm jetzt öfter über die Stirn, mit ihren sanften weichen Händen, immer mit diesem gleichen leeren Blick. Er war ihm fremd, der Blick, seiner Mutter, und er wusste nicht, ob sie ihn sah. Nur ihre Hände auf seiner Haut konnte er spüren. Sein Vater sagte, ihre Augen hätten auf ihrer Reise zu viel gesehen. Sie seien müde und müssten sich ausruhen. Es würde etwas Zeit brauchen. Dann würden sie wieder lachen.

Der See lag vor ihnen, glitzernd, vom Blau des Himmels umhüllt. Da waren die Jungen, die Wasserball spielten, der große struppige Hund, der ein kleines Mädchen mit roten Schwimmflügeln hechelnd durch das kühle Nass zog. Sie hörten das Lachen, das Lachen der Jungen, das Aufklatschen ihrer Körper im Wasser, und das erschrocken freudige Aufschreien des Mädchens, als sich der Hund von ihr löste, und sie sahen die großen Menschen mit der milchigen Farbe auf ihren blassen Körpern, die wie satte Krokodile träge in der Sonne lagen und sich nicht regten.

Ihre Blicke schweiften über ihre Quartiere bis sie diesen kleinen weißen Fleck am Strand fanden, der noch unberührt zu sein schien. Langsam setzten sie sich wieder in Bewegung, und das Klatschen schien jetzt leiser, und der Abstand der  Schläge größer zu werden.

Ein Grill wurde aufgestellt, und ein kleines Mädchen nestelte an einer Verpackung von Luftballons bis ihr großer Bruder kam und ihr geduldig half. Es roch nach verbranntem Holz und nach blutigem Fleisch. Musik ertönte. Sie klang fremd. Sie verstanden sie nicht, die Stimme, die sang. Ein kleiner rothaariger Junge bewegte seine Hüften zu der Musik im Takt. Eine Frau kam, nahm seine Hände, und sie begannen miteinander zu tanzen. Wasser schoss im Strahl aus zitronengelben Mündungen und traf auf die erhitzten Körper der Mädchen, die vor Freude jauchzten, zum Ufer rannten, ihre Füße in das Wasser tauchten und sie wie Schaufeln anhoben, um die Jungen mit den Wasserpistolen zu bespritzen, die ihre Waffen niederlegten, um dann kopfüber mit ausgelassenem Geschrei in den See zu springen.

Das Klatschen der Schläge war verstummt. Regungslos standen sie in dem weißen noch unberührten Sand.

„Glaubst du, dass es hier Minen gibt“? fragte der kleine Junge, den Blick auf ihre Füße gerichtet.

„Nein, es gibt hier nur Luftballons“ erwiderte sein großer Bruder und zeigte dabei auf die bunten Ballons, die in den blauen Himmel stiegen, wendete sich langsam wortlos ab, nahm die Decke aus ihrem Land, breitete sie aus und setzte sich. Eine gestickte Berglandschaft war auf der Decke zu sehen. Einzelne feine Fäden hatten sich aus ihrem Gewebe gelöst. Es würde sie bald nicht mehr geben, die Decke, mit der Berglandschaft. Sie hatten oft auf dieser Decke gesessen und Picknick gemacht, in dem kleinen Park, in ihrem Land. Den Park gab es nicht mehr. Die Bäume waren gefallen, begraben von den Trümmern ihrer Häuser. Einmal während des Picknicks hatte ihr Großvater etwas Glut seiner Zigarette auf die Decke fallen lassen. Den Brandfleck gab es noch. Sie hatten ihn mitgenommen, den Fleck, in dieses Land. Der Geruch der Decke nach ihrem Land hatte sich gelöst. Sie konnten ihn nicht mitnehmen, den Geruch. Die Decke roch jetzt anders, sie roch jetzt nach diesem Land, und sie roch auch nicht mehr nach dem kalten Tabak ihres Großvaters.

„Weißt du, wo unser Land liegt“?  fragte er seinen großen Bruder.

Dieser schwieg und deutete auf die Ballons im blauen Himmel. Nur ihre Umrisse ließen sich noch erkennen, ihre Farben waren verblasst. Die Blicke seines kleinen Bruders schienen mit ihnen zu fliegen und sich in ihnen zu verlieren.

„Glaubst du, sie schaffen es in unser Land“?  fragte er seinen großen Bruder.

„Ja, sie werden es schaffen!“

„Und werden sie über ihr Haus fliegen?“

„Sie werden sie nicht sehen, es wird Nacht sein, in dem Himmel unseres Landes, und wenn der Tag naht, werden sie es bereits überflogen haben.“

Der blaue Himmel war leer. Er blickte in den leeren blauen Himmel und bemerkte nicht, wie sein großer Bruder im See verschwand.

Das Wasser des Sees pellte von seinem  Körper ab und hinterließ kleine Pfützen auf der Decke. Er lag auf dem Bauch, seine nassen Finger zupften an einem vertrockneten abgebrochenen Grashalm bis er sich plötzlich mit einem Ruck aufrichtete und sagte:

„Ich werde Ingenieur, werde Brücken bauen, über Flüsse, Meere und Grenzen. Und du? Was willst du werden?“

Sein kleiner Bruder antwortete nicht, erhob sich, griff nach einem kleinen Stock, kniete sich nieder und ließ ihn, als wollte er etwas zeichnen, durch den Sand fahren bis er innehielt, sich aufrichtete, mit dem Stock in der Hand auf den gemalten Umriss seiner Fläche zeigte und flüsterte:

 „Unser Land!“

Sein großer Bruder sah kurz auf, wendete sich ab, legte sich wieder auf den Bauch, und vergrub seinen Kopf in seine Arme. Seine Füße spielten im warmen weißen Sand. Nasse Flocken, die in der Farbe erkalteten grauen Lavabrocken glichen, hatten sich in den weichen Gewölben seiner Fußsohlen gebildet.

 Lange verharrte dort sein kleiner Bruder, vor seinem Land, mit dem Stock in der Hand, stumm, ohne sich zu rühren. Behutsam tauchte er seinen Finger in sein Land, nicht tief, nur so tief, dass er gerade die feinkörnige Oberfläche des weißen Sandes berührte. Seine Lippen formten lautlos Namen, während er seinen Finger sanft durch den Sand seines Landes führte, bis er hielt. Er lächelte in den blauen Himmel, in ihr Land, nahm seine Kette und ließ sie langsam durch seine sandigen Finger gleiten. Dabei murmelte er leise Worte, so, als würde er singen, als würde er das Wiegenlied, sein Wiegenlied seiner Großmutter in ihr Land singen.

Der Himmel schien den glitzernden See in seine schwarze Höhle ziehen zu wollen. Die Füße des großen Jungen rieben sich aneinander, die nassen Flocken lösten sich aus ihren weichen Gewölben, und seine Hände tasteten sich vor und suchten vergeblich nach letzten warmen Sand. Sein kleiner Bruder trat einen Schritt vor, zögerte und setzte dann zitternd seinen Fuß in sein gemaltes Land. Nur sein kleiner Zeh ragte ein wenig über die Grenze seines Landes hinaus.

Der große Junge erhob sich, hielt inne, ging langsam auf seinen kleinen Bruder zu, legte ihm die Decke um seinen bebenden Körper, blickte zu Boden, und setzte seinen Fuß zu dem seines kleinen Bruders. Ganz leicht berührten sich ihre beiden großen Zehen dabei, in ihrem Land, das sich langsam im Regen aufzulösen begann, und er schloss seinen kleinen Bruder in seine Arme, hielt ihn in diesem Land, und ihre Augen wurden zu Seen, zu Seen in diesem Land, deren Wasser über die Ufer trat, und flüsterte ihm in sein Ohr:

„Komm, wir gehen nach Hause“,  nahm ihn bei der Hand und sein kleiner Bruder blickte noch ein letztes Mal auf ihr Land, in ihr Land, wendete sich dann ab, und ließ seine Kette durch seine sandigen Finger gleiten.


Karsten Ricklefs, nació en Oldenburg, Alemania, y vive en Hamburgo. Escribe relatos cortos y una novela que todavía no ha terminado. Trabajó como voluntario en Mexico en un albergue para personas migrantes sin documentos y viajó por Centroamerica hasta Colombia hasta que regresó a su país, donde hoy trabaja como enfermero. Este relato trata de migracion en Alemania, no de migracion en Mexico como en el relato que publicó en Cardenal el año pasado, por el que ganó un premio literario. Contacto: karstenricklefs@web.de

Halley

por Alex Reyes


A Jean, uno de esos cometas que solo se ven una vez en la vida.

“Un cometa, por ejemplo, es la semilla de un mundo.” David Hume.


[Si bien es cierto que nada es un hecho, se sabe que cada setenta y cinco años, aproximadamente, este cuerpo grande y brillante, orbita alrededor del sol. Próximo perihelio: 28 de julio de 2061. ¿Viviremos para verlo? ¿Cuántos estaremos juntos?]


Amar es recordar lo que un día fue. 

La última vez que vi a Manuel estuve lejos de pensar que pasaría tanto sin volver a verlo. Le dije sí, nos volveremos a ver, no importa si pasan días o semanas, si a la tierra le crecen árboles o el invierno lo hela todo. Le dije sí, nos volveremos a ver. La cuestión era ser feliz en la tremebunda ausencia, en la soledad que se izaba como un grotesco cuervo una vez que llegaba a casa. Me acuerdo de que experimenté un naufragio arrebatado cuando lo vi alejarse en la distancia, como una ínfima estrella fugaz que robaba miradas. Allí iba él, dentro de un coche verde que empequeñecía gradualmente hasta tomar la forma de un guisante, un guisante que rodaba tardo por las calles empinadas y que pronto se perdería, como un punto colorido, entre la gama de vehículos que haría fila detrás de él. 

Esa tarde el sol descendía lento detrás de los cerros, apenas opacado por los espaciosos nubarrones que configuraban el cielo. “Las nubes nunca son de ese color si las ves desde arriba”, dijo alguna vez, luego de explicarme a través de dibujos el origen de sus tonalidades plateadas y la formación de los rayos. Me habría gustado detenerme, como era costumbre, en la dimensión de los detalles. Trazo tras trazo, dibujo tras dibujo, resultaba sino imposible, al menos sí difícil imaginar que aquello llegaría a su final. 

Lo que sucedió a continuación resultó escabroso a todos ojos, pero todo pasó así y no de otra manera. No hay otra forma de contar las historias, aunque nos empeñemos en deformar la realidad.

 En una de nuestras despedidas, poco antes de que yo subiera al ómnibus, convine en atajarlo. 

—Mira que aún te quiero —le dije—. Ya sabes por qué…

—No —dijo él, con una sonrisa que comenzaba a dibujarse—, no sé. A ver, comenta. 

—Porque todas las mañanas, cuando me levanto, aún pienso en ti. 

Pronto él sonreirá, ensimismado en lo último que acaba de escuchar. Tomará su mochila y guardará un libro, el primero que le di. Entonces, él dirá: “lo ves, esta es mi forma de quererte”. Hablará solo, aún con esa sonrisa irrevocable en su rostro, su cabello se agitará constantemente mientras haga pie a la sala de espera. Pero ya no habrá nada que esperar. Dejaré el equipaje en las manos de un hombre y recibiré un boleto. Él me dirá: gracias, ¿tiene usted una moneda? Pero yo no tendré salvo los recuerdos en las manos, apretados como si se escondiese una paloma a la que no deseara liberar.

—Notifícame cuando llegues.

Escucharé su voz cadenciosa desaparecer en la distancia. Querré sostenerla, volverla tangible y esconderla en el pecho, atesorarla porque no sabré cuándo volveré a saber de él.

—Tú también.

Vendrán a rodar unas cuantas lágrimas, cristalinas rocas que atravesarán las pestañas y caerán al suelo. Entonces, el ruido será aún más estrepitoso que de costumbre. No sabré qué es lo que escucho y estaré lejos de reconocer su voz. Se habrá ido en cuestión de minutos, dejando apenas una estela de melancolía. ¿De esto va el amor?, me preguntaré, agachando la cabeza mientras subo al ómnibus. Cuando esté sentado, escucharé su voz golpearme la memoria. Cantaré en silencio, con los labios apenas entreabiertos “Sígueme queriendo un chingo, vamos bien. Nadie nos podrá hacer pedazos nuestro amor”. 

Sentiré un leve dolor en la pierna y abrazaré el olor a tierra mojada que ofrecen las noches nubladas, junto al breve, pero airado capricho de los vientos.

En el cielo, revestido de negro, articulaciones doradas quebrarán la bruma. Dormiré, tranquilo y cansado, a la espera de la alarma. Pronto, muy pronto, estaré a más de cuatrocientos kilómetros de distancia. Sentiré un breve, pero demoledor dolor de cabeza. Algo vibrará, un dolor incipiente. Algo que hará que todo cambie. Llegará, obstinado y violento; llegará, resuelto y airado. 

Subo las escaleras con un dolor ineludible. Hay algo que no está cuadrando. El cansancio viene acompañado de una punzada en el pecho. Está aquí, otra vez, está aquí y tardará en marcharse, me digo. Llego a la puerta e ingreso la llave, pero no puedo girarla. Tiemblo, hay alguien dentro de mí que me detiene. Un espasmo, luego otro y otro. El miedo de convertirme en una roca me acecha. Recuerdo los árboles y postes, el camino que hacía hasta hace unas horas, los coches y gente que fueron quedando atrás. Lo recuerdo a él, debe pensar que estoy bien, que he llegado a salvo a casa. ¿Cómo explicarle? Su bondad ha atravesado los límites de la comprensión humana. Sentirse insuficiente resulta poco. Y creeré, creeré que hay alguien allá afuera que lo merece a él más que yo, que una psique dañada como la mía no puede sostener este amor. Le pediré que se vaya, que se aleje mientras pueda. Anda, vete, antes de que te destruya, anda, vete, antes de que no te puedas salvar de mí. Me arrastro por el suelo, las rodillas raspadas, los codos grises, coloridos por el polvo, mi vista apenas se eleva y veo la bombilla titilar. En el fondo sabré que no he amado a nadie así. No podré contarle, aunque así lo desee, que la ansiedad me consume, que el perro negro está de regreso. Hago el esfuerzo por levantarme mientras me apoyo de un banco, luego abro la ventana. Afuera, el alba despierta y se desenrolla sobre los edificios. Un azulejo planea al frente y canta, canta a solas, a la espera de nadie. Y yo me pregunto ¿cómo se puede vivir en soledad? En el móvil se asoman sus mensajes. Un emoji de corazones al lado de su nombre. Aléjate, no me escribas, desaparece, pienso, y arrojo el dispositivo al suelo. Lo amo, lo amo en el fondo, lo amo como no puedo amar a nadie más, pero hay una sólida sombra apoyándose sobre mi espalda. 

Buscaré las píldoras y encontraré el frasco. 

Luego, 

simplemente dormiré.


[El primer avistamiento fue en el 239 a.C., se cree que dos apariciones suceden en una vida humana. Dato curioso: se halla en la Nube de Oort y es de los cometas más brillantes de periodo corto.]

¿Adónde has ido?

Sigo aquí.

¿Aquí dónde?

Dentro de ti. 

La primera semana transcurrió lenta, casi interminable. Mañana tras mañana veía sus mensajes iluminar la pantalla del móvil. “Buenos días, solecito”. ¿Cómo podría explicarle lo que sucedía? No había dejado de amarlo, no había dejado de extrañarlo. En el fondo, como un fuego fatuo, ese amor seguía vivo, solo que ahora aparecía soterrado por el peso de las cosas, hundido en el abismo de mis mundos fantásticos. Un día dormiré y olvidaré que puedo despertar, me dije, y avancé a la cocina. La estufa se mostraba límpida y abandonada, hacía días en que no la tocaba. Me apuré a buscar las pastillas antes de que el cuerpo se endureciera más, antes de que no pudiera regresar a la cama. La gente me escribía, demandaban atención, explicaban su día a día, algo necesitaban, seguro querían algo, pero yo no podía ofrecer nada. 

El ánimo apenas me alcanzó para abrir la puerta de la estufa. Las manos artríticas no podían encender nada. Un ligero gas se escapaba, su aliento metálico se fundía en mis fosas nasales. Recordé, vagamente, la vida de Sylvia Plath, el cruel abandono, la renuncia ineludible del presente. Vino a mi memoria “Lady Lazarus”. Morir/ es un arte /como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien. /Lo hago para sentirme hasta las heces. / Lo ejecuto para sentirlo real/. Podemos decir que poseo el don.

Los primeros mareos comenzaron en breve. No se trataba de tener la convicción de hacerlo, había algo más, algo de por medio: la dificultad de echar a andar un cuerpo sólido, tan endurecido como las rocas que se resisten bajo el mar. Desde las cenizas me levanto / con mi cabello rojo / y devoro hombres como el aire. De a poco cerré la puerta y una serie de tosidos devino en breve frente a la ventana. 


La vecina, despavorida, vendrá en breve a preguntar qué es lo que sucede. ¿Qué le ha pasado? ¿Quiere un vaso de agua? Ella me verá, cansada, quizá podrá sentirse humillada ante mi aplastante silencio. Formularé mis palabras, una tras otra tras otra vez, pero ninguna saldrá. Aterrada por las condiciones en que me verá, convendrá en decir que me llevará al médico. Tengo depresión, alcanzo a decirle, y esto no es solo estar triste. Querré decirle que todos los años pasa, que constantemente he intentado quitarme la vida, que no hay luz artificial ni natural que ilumine esta alma ennegrecida. Haré el esfuerzo por confesarle que siempre tengo miedo a estar solo, que me veo y me desfiguro, que paso los días escribiendo un diario para salvarme, que frente a mis puertas hay una nota, un contrato de no suicidio que firmé con mi terapeuta. 

    —Yo lo entiendo. También lo vivo. 

 Siento la aproximación de las arcadas. ¿Podrá entenderlo? Imposible. Esa manía que tiene la gente por compadecer al otro me resulta repugnante. 

    —Quiero estar solo. 

    —No puede estar así. 

    —Hay algo que me salva. 

 Ella se quedará en silencio largo rato, moverá las manos como preguntándose qué es aquello que me mantendrá a raya. 

    —El amor, solo el amor puede salvarme ahora. 


En algún momento supe que no podría seguir así. La luz entraba diáfana y obcecada por la ventana y el pálido polvo levitaba calmo sobre un rayo dorado. 

Esto me está superando, le confesé a Manuel, y no sé cómo manejarlo. No puedo ni podré y no sé si estaré mañana. Claro que podrás, dijo él, no puedes dejarme aquí. No estoy preparado. Mientras compraba un boleto del ómnibus, pensé en la carga que a veces conlleva tener que lidiar con alguien así. El amor todo lo salva, escuché decir, y quizá era aquello lo que me mantenía de pie, trémulo y a veces sísmico, de pie porque mis raíces abrazaban el suelo. No sé si me pondré bien, no tengo la certeza, le dije. Y quizá era el momento de aceptar que uno podía también no ser lo mejor para el otro. Lo estarás porque siempre has podido, recordé su voz y ese ligero aire de confianza. Así como eres, eres el hombre al que amo. Puedes encontrar algo mejor, dije. Yo no necesito algo diferente, yo no quiero algo diferente, respondió al poco rato.

 El camión llegó antes de que despuntase el alba. El frío recorría, como era costumbre, las calles principales de la ciudad y la luna aún podía verse con claridad, un círculo blanco luminiscente en un cielo desnudo. ¡Cuánta soledad! No estaba seguro de hacia dónde pensaba encaminar los motivos que me habían llevado a ejecutar el viaje. 

A Manuel lo vi cerca del mediodía. Había avisado que abandonaría su jornada laboral antes de lo esperado. Instalado en el cuarto piso de un edificio, vi su coche llegar bajo una luz intensa. Aquel guisante brillaba intransigente mientras hallaba algún lugar para estacionarse. ¿Cómo podía explicarle que me había convertido en una roca inamovible? Apenas me vio nos fundimos en un abrazo. 

    —No quiero vivir así —le dije. 

    —Es solo un mal momento.

Ese mal momento, como él lo llamaba, se había repetido implacablemente durante siete años. Sabía, en el fondo, que aquello que yo buscaba, más allá de alejarlo de mí, era saberlo cerca, sentirme seguro y tranquilo. Es probable que nunca hubiese necesitado de alguien como lo hacía ahora con él. 

    —Te ves muy guapo —dijo.

    —No tienes que mentirme para hacerme sentir bien. 

 El día transcurrió lento y, sin tantos preludios, hicimos camino al consultorio de mi psiquiatra. Fármacos, más fármacos, porque no había otra cosa que pudiera salvarme. Litio, seroquel, lexotán… Me negaba a pasar otra temporada en el hospital. Reventé una vez más, por la noche, en una terrible crisis. La penumbra reinaba implacablemente en mi recámara, extendía sus brazos robustos por las paredes y el suelo, luego descendía, tranquila y sigilosa, debajo de la cama. La incapacidad para mantener la calma me superaba. Vi la noche por la ventana, la luna ahora brillaba como una luciérnaga sumida en la bruma. Al poco tiempo, convine en escribirle. Te dedico esta luna, le dije, haciéndole una foto al cielo. Él me correspondió de la misma manera. La pantalla volvió a iluminarse. Se trataba de una imagen, estaba él, recostado en la cama, con los ojos cerrados, abrazando a un oso de peluche blanco. No pude sino pensar en la fragilidad de las cosas, en las cosas convertidas en cristales, en el amor no como un regalo sino como una decisión, un compromiso. 

Probablemente nunca encontraría a otra persona que me amara tanto como él.


[A través de naves especiales, fue el primer cometa observado a detalle. No tardaron en estudiar la estructura de su núcleo cometario, como tampoco lo hicieron con el mecanismo del coma y la cola.]

Llegado el día de volver, nos vimos una vez más. Una oleada de recuerdos me atravesó la mente. Estaba seguro, sé que lo estaba, estaba seguro de que era él y nadie más a quien quería en mi vida, instalado como un roble, pero con la libertad y osadía de las aves. El cuerpo se volvió más ligero y la vida pesaba menos. Y en la distancia podía verlo acercarse, una vez más, sonriendo como siempre lo hacía. 

 —Te dije que podrías —dijo él.

Yo no pude sino abrazarlo.

Caminamos en línea recta sin saber adónde íbamos. El camino estaba bordeado de setos y abedules, los gorriones cantaban sobre los ramajes, que no eran sino extensiones del alma de los árboles, los perros cruzaban las calles buscando la sombra, mientras que nosotros, perdidos en la avalancha de vida, hacíamos pie a lo desconocido, hasta que, al cabo de un rato, decidimos volver al coche. El gélido viento nos golpeaba la piel, sobre nosotros una parvada de palomas blancas cruzaba hacia el Norte. A esas alturas de la vida, el corazón galopaba ya a velocidades inverosímiles. Me habría gustado decirle algo más, pero no pude sino reventar en un llanto más bien lamentable, llorar porque la vida, la vida renuente me demostraba que después de tantos años era cierto: algo bueno tenía que llegar. 

A través del retrovisor vi a una mariposa volar brevemente detrás de nosotros. Pensé en la fragilidad de ellas, en la vida más bien efímera a la que debían enfrentarse y, sin embargo, ella estaba ahí, sin miedo al cambio. Entonces pensé que todos, bien o mal, experimentábamos una metamorfosis interna. Me siento vulnerable, dijo, y solo me puedo mostrar así contigo. Yo apreté los labios. No puedo hacerlo con alguien más. Me importas y te quiero, y valoro que estés aquí. Le dije que lo sabía y que debía tener la certeza de que estaría ahí, incluso cuando la vida pareciera sucumbir.

 El amor todo lo puede, pensé, incluso levantar un cuerpo rígido y frío. Recordé las noches en el hospital, la vida destrozada y carcomida por el dolor y la desesperanza. Pensé en todas las personas que habían llegado y hoy no estaban, en el abandono como un arma cruel. Pero esa era, al fin y al cabo, la naturaleza de la vida. Y pensé que la vida también podía ser eso: un constante acompañamiento de sombras y luces. Yo sabía que después de esas palabras la inevitable despedida se acercaría en la distancia. ¿Lo volvería a ver? ¿Cuándo y en qué condiciones? Pensé, mientras reparaba en lo que estaba por venir, en la distancia que separaba un cometa de la vida humana. En especial aquel, esa bola luminosa que aparecía cada tantos años y que la gente se empecinaba en estudiar. Con suerte, la veríamos por primera vez en cuarenta años. ¡Toda una vida!, pensé. 

    —Debo irme —convine en decir.

    —¿Me bajo para abrir la cajuela?

Había dejado mi abrigo dentro. Un perro ladraba en la distancia con la fuerza del infierno, al cabo de un rato, cansado de mover el hocico, dio un salto para detenerse, mientras un gato oscuro brincaba sobre los setos. El perro volvió al ruedo, pero ahora aullaba, aullaba con la fuerza y la ira de quien sabe que le han robado algo. Yo le dije que sí, pero no para eso. El gato se detuvo en el centro del jardín, lamió y relamió su piel, luego maulló como si se lamentara. Como se nos había hecho costumbre, la manera de despedirnos siempre había sido efímera, reducida apenas a un mimo, un beso, un abrazo. Cansado de aullar, el perro comenzó a dar vueltas siguiendo su propia cola. Podo después, se acostó sobre el suelo y dejó caer la cabeza tras un breve y agónico aullido. Aquella vez, en cambio, la despedida fue más larga que de costumbre. Un abrazo eterno y cálido, como solo lo puede ser el de un amor real e inmarcesible. Era verdad, si había algo que podía salvarme, era eso: el amor. Pero no cualquiera, había algo en el suyo que nunca encontraría en alguien más. Algo que, quizá, me costaría toda una vida descubrir. Y es posible que el amar al otro radicara en saberse comprendido, el saber que hay alguien que, aunque camine con la existencia rota, avanza porque sabe que no hay manera alguna, que no sea esa, de enfrentarse a la vida.  El amor es, al fin y al cabo, una entrega total que no espera algo a cambio. Amar es darle el poder al otro de verte vulnerable y saber que, aunque tenga todo para destruirte, no lo haga.

Me despedí y besé su frente. 

Él sonrió. Su coche avanzó, hasta perderse en medio de la nada. Vino a mi mente la periodicidad con la que se veía a ese cometa, ahora recordaba el nombre, era el Cometa Halley, que cada setenta y cinco años podría vérsele desde la Tierra. 

Pensé que el tiempo que me separaría de él, aunque metafórico, poseía las mismas dimensiones de la próxima vez que nos volveríamos a ver. La espera siempre es larga cuando se sabe que a quien se ama yace lejos, bajo un mismo cielo, perdido en las inconmensurables extensiones y dimensiones de la abrumadora Tierra.

 Pero él podría no ser solo un cometa, sino un universo entero.


Y, sin embargo, los días sin él pasan y pasan, y vuelven a pasar, y aún hoy tengo la convicción, como la última vez, de querer esperar y decirle que no, que no solo es un cometa, sino que podría ser, también, un universo entero.

El mío. 


Alex Reyes (San Luis Potosí, 1997) es un escritor y periodista mexicano. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus cuentos y artículos de crítica literaria se han publicado en diversos medios digitales e impresos. Publica semanalmente en su columna, “La rabia y el orgullo” a través del diario El Universal, donde además comparte entrevistas de enfoque cultural. Actualmente trabaja una novela de corte distópico y un libro de cuentos. Las temáticas de sus cuentos están orientadas a desentrañar la naturaleza de la violencia humana, sus inseguridades, los deseos y motivos que empujan al hombre a volcar su vida.

Las estaciones errantes

por Manuel Jorge Carreón Perea


Cuando la conocí, en primavera, no tenía dinero para invitarla a cenar o al cine, así que me las ingeniaba para pasar tiempo con ella sin gastar. Al principio no era tan difícil. Nos quedábamos en su apartamento viendo una película, jugando backgammon o platicando historias de la vida antes de nosotros.

Cuando sentí que su interés en mí disminuyó, opté por leerle en voz alta algunos de mis cuentos favoritos. Empecé con los de Kafka; seguí con El ruletista de Mircea Cartarescu. También los contenidos en El exilio y el reino de Camus. Hizo el mismo ejercicio que yo y gracias a ella conocí a varias autoras y autores a los que no me hubiera acercado como Odisea para el espacio inexistente, de M. B. Brozon o El desafío de Vargas Llosa, aquel autor que se ha ganado más animadversión que lectores por sus ideas políticas.

Así pasamos varias tardes de sábado y domingo, disfrutando del clima apacible de la Ciudad de México en verano, leyendo y escuchando a Cigarettes after Sex y Belle and Sebastian, disfruntando de nuestra parcela de felicidad.

El verano se fue con la celeridad de los momentos felices y empezó el otoño. Ella usaba su gorra de los Dodgers de los Ángeles para hacerme enojar y mofarse que, nuevamente en cinco años, los Giants de San Francisco no habían alcanzo la postemporada. Yo disminuía mi consumo de cigarros conforme los días de la temporada de hojas secas avanzaban.  Seguía sin dinero, pero feliz a su lado.

Compramos boletos para el primer concierto de Interpol en el país en dos años – un verdadero record –; me besó cuando pagué los tickets, prometiendo cantar a mi lado Not even jail. Otro momento de felicidad.

En invierno ella tuvo muchísimo trabajo y yo –aún cuando no estaba del todo desempleado, mi actividad laboral era mínima– la miraba trabajar en el café al cual asistíamos todas las mañanas. Los empleados nos trataban estupendamente y siempre cada tercer día traían nuevos libros para que yo me entretuviera. Recuerdo pensar que sería lindo, cuando nos casáramos, invitarlos a ellos al brindis de honor. Al final se convirtieron en personas determinantes para nosotros.

La primavera volvió, pero no las partidas de backgammon o las películas. La felicidad sí se quedó.


Manuel Jorge Carreón Perea. Filósofo. Ha publicado minificciones en Cardenal Revista Literaria y en Mood Magazine, y artículos académicos en diversas publicaciones de investigación en América Latina y Europa. Es Consejero en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.

Poesía peruana actual: Gian Pierre Codarlupo

VIDA ANIMAL

Practicas un canto lejano,
reptas por el mundo
hasta encontrar un espacio para tus huesos.

La espesura se confunde con tu carne.
Extrañas voces
estremecen tus escamas,
lentamente te despojan de las hojas,
de la vida
que sostienes entre los árboles.



EL POEMA QUE ERES

No existe una palabra para definirte,
sonido lejano
o eco del mundo que huye por la ventana.
No has sido tan fuerte
para sujetarte al poema que eres,
al poema que piensas y refractas.

Hay otros lugares
donde te espera la calma
y no esta explosión de geranios.

Para recibir un verso
es necesario tumbarse en la arena,
afrontar tranquilamente el deceso,
observar la ola que revienta la roca,
reconocernos entre sus pedazos.

AZAR

Vivir tan solo
en las posibilidades,
ser un trozo de mármol,
una ventisca
que espante a las aves.

Vivir. Morir.
Ser una fotografía
que se guarda en la billetera,
una ciudad, un sueño.

Levantarse de la cama,
observar el día:
polvo, bocinas,
muchedumbre que parte
de soledad a soledad.

Avenidas que se llenan de espanto,
cerros de ventanas, no de árboles.
Globalización.
La poesía llega a todas partes,
el hambre, la fatiga, los riñones, el sudor,
la sangre que se detiene en tu cerebro y estalla.

BÚSQUEDA

Has salido
a buscar a Dios
en los semáforos:
el espíritu de las cosas
que dejaron su ausencia.

Se han deshabitado
miles de cielos
para saber
que la poesía
es un combate con la nada.
Estas hojas,
estas mismas palabras
que te salvan la vida,
mañana serán
fragmentos de una voz
estallando en el tiempo.

No pudiste hallar
la ruta que lleve a tu orilla.
Has renunciado a tu oficio.
Morir es alejarte de tu vientre,
cortar tu piel,
deshacer tus ojos,
seguir andando
de horizonte en horizonte
hasta perder la calma.

VIVIR Y MORIR

Cientos de astros.
Ninguno resistió
la exacta dimensión de tu mirada.

En la desolación de sus huesos
sembraste el reloj sin tiempo:
su ausencia rompió sobre nosotros.

Beberás lo que quede de su presencia,
en cada hospital
inventarás una excusa para buscarlo,
aunque sepas que no hay retorno
al final del pasillo,
porque aquí en el Perú,
compañero mío,
vivir y soñar
es encender una vela
y enfrentarse a la lluvia.

VIVIR Y MORIR

Cientos de astros.
Ninguno resistió
la exacta dimensión de tu mirada.

En la desolación de sus huesos
sembraste el reloj sin tiempo:
su ausencia rompió sobre nosotros.

Beberás lo que quede de su presencia,
en cada hospital
inventarás una excusa para buscarlo,
aunque sepas que no hay retorno
al final del pasillo,
porque aquí en el Perú,
compañero mío,
vivir y soñar
es encender una vela
y enfrentarse a la lluvia.

ACCIDENTE

Creíste morir en un accidente aéreo,
sin tumba
ni cartas
que hablaran
de las ciudades donde estuviste.

No es cierto,
sigues andando en soledades, bajo tierra,
buscando esta muerte inútil, verdadera:
trasnochar en estaciones olvidadas,
colgado en una viga
escribiendo un poema.

SIN PATRIA

Ya no hablaremos de viajes o fechas,
nos quedaremos fragmentados,
dispersos en el eco de una ciudad
a la que no pertenecemos.

El azar los hizo extranjeros.
No tuvieron patria,
su oficio era el caminar
en abismos,
ruinas,
restos de guerras en las que no murió nadie,
ya que nunca se supo
si se luchaba por un territorio
o por un instante de amor.


Gian Pierre Codarlupo (Paita, Perú, 1997) Integra el Círculo Literario “Tertulia Cero”.
Ha publicado el libro Caída de un pájaro en el mar (Universidad Nacional de Piura, 2018),
con el que obtuvo en Primer Premio en el II Concurso Nacional de Cuento y Poesía
“Huauco de Oro”. En 2017 fue Mención Honrosa en el X Concurso “El Poeta Joven del
Perú”, organizado por la Fundación Marco Antonio Corcuera. Ha participado en distintas
ferias y festivales de poesía a nivel nacional e internacional. Es parte del equipo editorial de
la Revista Mal de Ojo y de la Editorial Conunhueno. Actualmente radica en Madrid.

DEMASIADO HUMANO

por Rodrigo Díaz Bárcenas


Me gustan las mañanas como la de hoy… el señor Morales se levantó temprano y me preparó algo de comer, es una de las personas más buenas que conozco, y a decir verdad, es la persona más importante en mi vida; posiblemente la única que tolera mi pasado.

Hoy la mañana es muy linda, pero no puedo dejar de pensar, ni un solo instante, en el lugar de donde vengo. Sé que fue hace mucho tiempo y que el señor Morales se ha esforzado mucho intentando que algún día olvide esa vida horrible que alguna vez llevé, pero siento un poco de pena por él –y por mí- porque creo que nunca lo podrá lograr. A veces me comporto muy alegre y trato de mostrar mi gratitud de todas las formas que conozco, pero en el fondo sólo yo sé que el recuerdo sigue ahí… si el viejo Morales pudiera saber que jamás olvidaré lo que pasó, y que pese a sus energías y esfuerzos que deposita en mí con cada detalle, pienso todos los días en mi antigua vida criminal, estoy seguro que lo decepcionaría profundamente. Por eso prefiero no decir nada, de cualquier forma, aunque lo intentara, estoy seguro que nadie me entendería.

Era un sábado por la tarde cuando el suelo de cemento, del patio de aquella casa obscura, se tiñó de rojo; había pedazos de piel y cabello regados por todo el suelo, si cierro mis ojos aún puedo sentir la calidez de su sangre viscosa empapando mi pecho, mi cara, mis piernas. Mi corazón me golpeaba el pecho con mucha fuerza y comencé a temblar tanto que sentí como si me fuera a desplomar en cualquier momento, sentía mi boca pastosa y mi respiración acelerada, la voz me temblaba y el olor de las tripas regadas a mis pies, me provocaba arcadas. Estaba aterrado. Aún recuerdo cada detalle a la perfección, ya casi se ponía el sol cuando me di
cuenta de que había asesinado a mi propio padre. Había tanta sangre… yo jamás había hecho algo parecido, creo que nunca entenderé por qué lo hice. Sin embargo, por algún motivo que hasta ahora no logro descifrar, tampoco había estado nunca tan emocionado y orgulloso como me sentí aquel día. Me sentí fuerte, me sentí mayor, me sentí importante; había matado por primera vez y la hazaña de haber acabado con mi rival, siempre tan poderoso y soberbio, que
ahora yacía inerte frente a mis ojos, me hizo sentir invencible; aun así, mis hermanos me veían con una tristeza y un miedo tan profundo, que jamás lo podré olvidar. De pronto sentí un golpe seco en mi nuca, y lo siguiente que recuerdo es que mi compañero Gilberto me arrastraba por todo el piso, jalándome de los pies.
Hasta ese momento me di cuenta que mis piernas no me respondían desde que acabó la pelea con mi padre. Más tarde, aunque no pude abrir mis ojos debido a las costras y las costuras, alcancé a escuchar – al parecer a un médico- que le decía a Gilberto algo que cambiaría mi vida para siempre: yo jamás volvería a caminar.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, detrás de los barrotes de esa fría celda, y sin Gilberto a mi lado, pensé que mi vida había terminado, finalmente me lo merecía, ¿no es cierto? Me resigné a mi suerte en aquella celda solitaria, y justo cuando me dispuse a disfrutar de mi muerte y a sentir el cálido ardor de las heridas en mi maltrecho cuerpo, me informó el guardia que alguien había pagado mi fianza, era libre otra vez. La noticia no me alegró más de lo que me desconcertó; no sabía quién podía ser, yo no tenía a nadie en el mundo a quien le importara mi suerte, y aquel desconocido que me quería sacar de ahí y que interrumpía mi tormento, justo cuando empezaba a saborearlo, me pareció más mi verdugo, que mi salvador.

Ahora que estoy rehaciendo mi vida, y que el señor Morales me ha abierto las puertas de su casa, todo me parece muy extraño… el anciano es muy amable conmigo y ha intentado que me sienta mejor, cura mis heridas y me repite incansablemente que no fue mi culpa, de hecho, creo que no está tan equivocado, finalmente sólo me estaba defendiendo, mi padre había comenzado la pelea. También me han dicho que yo no podía saber que estaba matando a mi propio padre, que me abandonó hace tanto tiempo que sería imposible que me acordara de él. Yo sólo afirmo con la cabeza para que no se angustie por mí, pero la verdad es que en cuanto lo vi por primera vez, antes de que se lanzara sobre mí, lo reconocí al instante y estoy seguro que él tampoco me había olvidado, sin embargo, algo había cambiado en él, ya no era el mismo de antes.

Cuando era pequeño, recuerdo que mi padre solía jugar conmigo cada tarde, salíamos juntos al parque y jugábamos con el balón hasta el anochecer, siempre cuidaba de mí y me daba buenos consejos. De repente un día, al despertar, ya no estaba a mi lado, según me intentó explicar mi madre, lo habían reclutado para una misión muy importante. Me explicó, como pudo, que al lugar a donde lo llevaban, y con la fuerza que mi padre tenía, podríamos ganar mucho dinero y hacer feliz a mucha gente, y aunque tiempo después me enteré que así fue, mi madre y yo nunca vimos un solo peso de aquel trabajo, y estoy seguro que él tampoco lo disfrutó como le habría gustado. En fin, creo que tuve la mala fortuna de heredar su fuerza y coraje, esa misma fuerza que me sirvió para que ese sábado inolvidable pudiera hacer crujir sus potentes, pero viejos huesos, estrellándolos contra la pared hasta que dejó de respirar.

Sé que cometí un error muy grave y que tal vez nunca me perdonen por lo que hice, también sé que soy muy diferente a todos los que viven en esta casa, ellos jamás habrían hecho algo tan atroz como lo que me atormenta cada noche, pero puedo jurar que desde ese día no he vuelto a sonreír y trato de no mover mi cola cuando se acercan a mí, para no molestar. Me queda claro que no merezco ser feliz nunca más y que sólo me queda estar echado en el piso a los pies del viejo Morales, que es quien cuida siempre de mí con una gran sonrisa, y es el único que me alimenta y me lava porque yo no puedo mover mis patas traseras, a partir de mi accidente. Cada día me esfuerzo por demostrarles que no tienen que tenerme miedo, escondo mis grandes y torpes dientes con mucha vergüenza para que vean que ya no los usaré más, que no le haré daño a nadie.

Estoy seguro que las personas no son tan crueles como lo he sido yo, pero… aparte de defenderme de mi padre en una pelea, que por cierto, dejó mucho dinero, no entiendo por qué los demás me tratan con desprecio e indiferencia, ¿será porque no creo en Dios? ¿Será porque no hablo como ellos o porque no comemos lo mismo? Daría lo que fuera por librarme algún día de estas cadenas que no me dejan decirles lo que siento, decirles que muchas de las cosas que creen saber de mí no son ciertas, que no sólo ellos añoran y no sólo ellos pueden cambiar y tratar de ser buenos, yo también aprendo de mis errores y trato de no olvidarlos. En fin… creo que de eso se trata cuando hablan de algo así como la humanización de los animales… ¿o la animalización de las personas? No sé, la verdad nunca he entendido bien la diferencia.


Rodrigo Díaz Bárcenas

Amante del deporte y del mundo de las letras, es licenciado en Sociología por la
Universidad Nacional Autónoma de México y realizó estudios en la Universidad de
Barcelona (UB), en España.

Miembro fundador, editor y colaborador activo de la revista Crisol Acatlán, en la
Universidad Nacional Autónoma de México.

Participó en la investigación, revisión crítica y publicación del libro Richard
Sennett: Cuerpo, trabajo artesanal y crítica del nuevo capitalismo; respecto a la
obra del sociólogo estadounidense.

Actualmente se desempeña como asesor legislativo y docente de ciencias
sociales, artes y humanidades.

Las palomas de papá

por Sherzod Artikov
traducción al español de Daniela Sánchez


–Este es el lugar del que me habló– me dijo el conductor.

El taxi paró casi a la orilla del camino. Miré a mi alrededor desde mi asiento en el coche. La vista, el edificio con dos cúpulas verdes, una infinidad de palomas aparecieron frente a mí. Mientras me acercaba encontré el patio lleno de palomas comiendo las semillas que las personas aventaban.

–Antes, llamábamos a este lugar “El cementerio de las palomas”– me dijo el conductor mientras me seguía. En el edificio de la esquina había un lugar de oración, hace no mucho tiempo.

Muchas personas frente al edificio entraban y salían, casi como por turnos. 

–Cientos de personas entran al peregrinaje todos lodos días– siguió diciéndome el conductor. –Aquí, las personas les rezan a los muertos, a las personas enfermas, a las parejas que no pueden tener hijos. Hacen que imam les dé su bendición mientras recitan el Corán, invocándolo. Caminan por el patio dejando semillas y peregrinando hacia dónde se encuentra el sagrado hombre.–

Mantuve mis ojos totalmente abiertos siguiendo las parvadas de palomas que volaban en el cielo, mientras lo escuchaba. Había casi las mismas personas que había descrito mi papá en sus álbumes: azul grisáceas, blancas y negras, y más gentiles y amables entre ellas, dándose miradas repletas de significado. 

–Estimado invitado, lo espero en el coche–, me dijo el conductor después de cierto tiempo, mientras se dirigía al automóvil. –Si no fuera alérgico al aire otoñal lo acompañaría más, desafortunadamente estar afuera me hace estornudar. –

Mientras se sonaba, caminó hacia el carro. Yo me acerqué un poco más hacia las palomas que permanecían ocupadas, picoteando las semillas que quedaban en el piso. En este caso, cómo los humanos, un grupo frágil a las orillas.

Había una mujer, vieja y flaca, vendiendo granos y semillas a un costado del templo. Al principio no la vi, pero cuando lo hice decidí comprarle algunas semillas. Las personas tomaban las semillas en bolsas de celofán. Las semillas seguían regadas en el piso, y yo estaba rodeado de palomas. Las que volaban en el cielo bajaron y se reunieron con las otras. En un instante, estaba rodeado de innumerables palomas. Olvidé el miedo, algunas picoteaban las semillas al igual que mi mano, mientras otras se posaban sobre mis zapatos. 

La bolsa se vació, ya no había más semillas. Me senté cansado, el cementerio reposa detrás de mí. El santuario y el cementerio estaban separados por un muro y era visible por el resquicio, a la mitad de los ladrillos. Creo que había una mezquita junto, porque la luna de cobre, creciente, estaba inclinada hacia el este. 

Me senté en una banca mientras veía a las aves, tomé mi cámara y saqué muchas fotografías de ellas. Después abrí mi maletín y saqué el álbum de mi papá. Comparé las palomas que me rodeaban con las fotografías que tenía. Vi las fechas y las notas escritas bajo las imágenes. Debajo de cada una había una pequeña nota y la fecha. Por ejemplo, junto a la foto de una paloma gris estaba la fecha “04.06.1995” y tenía la nota “Mi amor, hoy mi niño fue a su primer día de clases.” Debajo de esta foto había otra de una paloma blanca con la fecha “02.11.2001” y tenía escrito “Ayer, miré las estrellas por la ventana. Sentí como si estuviera viéndote, Blancanieves.” Entre ellas, la que más atrajo mi atención fue una foto a blanco y negro, una paloma regordeta. Mi padre escribió “07.06.2006”, y debajo las palabras “Compré un poco de chocolate de la tienda, tiene la imagen de una paloma en la envoltura, justo como tú, Fluffy.” 

Cuando ya no quedaba nadie frente al templo que el conductor había mencionado antes, me levanté y entré. Adentro, el imam* con su turbante y una barba blanca estaba sentado en el cuarto, el Corán** y las cuentas de preocupación estaban sobre la mesa cubierta con terciopelo azul. 

–Acérquese, señor. – El imam me dijo dándome una cálida bienvenida. 

–Quisiera que recite el Corán en honor al espíritu de mi papá– le dije cuándo vi su mirada inquisitoria.

Él comenzó a recitar el Corán. Mientras lo escuchaba pude ver a mi padre; evoqué sus últimos días en la sala de oncología en el Hospital del Noroeste de Chicago. En ese entonces, me quedé con mi padre, que estuvo en cama los últimos días de su vida con cáncer cerebral, perdió todo su cabello. Estaba demacrado y sus ojos estaban hinchados. Él siempre sostenía mi mano, cuando le daba una cucharada de agua o de sopa me miraba mientras me guiñaba un ojo. Él siempre quiso decirme algo, pero nunca pudo hablar, el tiempo lo había vuelto mudo.

Un día, su estado empeoró. Como nunca me alejé de él, en cuanto me di cuenta tomé el control remoto de la televisión y cambié los canales para distraerme. En algún momento, mi papá comenzó a resoplar, suavemente, levantó su mano como si fuera a gritar. Las palomas estaban en la televisión. Primero pensé que quería que cambiará el canal, pero cuando lo hice se puso muy nervioso y comenzó a mover sus manos más rápido. 

–Cambia el canal de regreso, al canal dónde estaban las palomas–, me dijo mi mamá y se acercó a tratar de callar a papá. 

Después de regresar al canal anterior, mi padre se calmó inmediatamente, pero sus manos seguían temblando. Su mandíbula también temblaba, tanto que parecía estar colgando si no la sostenía mi mamá. 

–Ramadan, ¿extrañas a las palomas?– le preguntó mi mamá sosteniendo fuertemente su mandíbula como si quisiera leer su mente. 

Las lágrimas cayeron por las mejillas de mi papá, trató decir algo, pero no pudo decir nada más que un suspiro. 

–Creo que tu padre extraña las palomas, – mi mamá me dijo volteándome a ver.– En Marghilan, donde tú naciste, había un lugar llamado “El cementerio de las palomas”. Tu padre pasó ahí la mayor parte de su infancia, y parte de su juventud. Había muchas palomas ahí. Tu padre adoraba ir a verlas y pasar mucho tiempo con ellas. Me llevaba mucho a ahí, también. Cuando íbamos siempre alimentábamos a las palomas esparciendo los granos, nos sentábamos ahí por horas. 

Mi padre estaba acostado, escuchaba silenciosamente a mi madre. En algún momento comenzó a ver cómo su boca se movía, escuchaba sus palabras y parecía entender la mayoría.

Tal vez fue por eso por lo que lloró desconsoladamente y trató de levantarse de la cama. 

Cuando terminó de recitar, el imam abrió sus manos en suplica. Yo lo seguí. 

–No hay nada malo con pedir–, dijo el imam viéndome directamente. –Hijo, eres un extranjero.– 

–Soy de los Estados Unidos– dije presentándome, –pero soy uzbeco. Mis padres nacieron ahí. Vivieron en Marghilan por un tiempo y después migraron durante “los años de reconstrucción–.*** 

–Se mudaron antes de ganar la independencia, ¿verdad?– preguntó. 

Afuera estaba más oscuro, las nubes flotaban, azules. Las hojas amarillas caían de un árbol cercano sobre la puerta. Me recordaron a mi infancia en Chicago, cuando jugaba con ellas y las pisaba. Mi padre me había dicho que yo aún no había nacido cuando llegaron a Estados Unidos. Mi padre tenía un cariño profundo por mí, él había crecido en un orfanato. Todos los fines de semana íbamos a los partidos de basketball para ver a los “Chicago Bulls”, al museo de historia natural o al cine. Por las noches hacíamos pijamadas y escuchábamos historias. Siempre que estuviera libre del trabajo me llamaba a su cuarto y me contaba acerca de Uzbekistán y me enseñaba a jugar ajedrez. En ese entonces me impresionaba se aire despreocupado. Porque, sobre todo, era muy juguetón. 

Aún después de haber crecido, nunca pude notar algunos sentimientos comúnmente humanos como tristeza, nostalgia o dolor en él. Aunque muchas veces cuando caminábamos de regreso de los partidos de los Bulls o tomábamos té en el patio en el verano, su corazón se hundía mientras miraba a las aves pasar. Pasaba tan rápido que él caía en un silencio tal que parecía que hubiera perdido su lengua. Podía estar contando un chiste o una historia y paraba de repente, su alma cambiaba y permanecía así por varios días. Algunas veces vi a mi papá abriendo la ventana y sus ojos perseguían el distante horizonte. Aún en ese momento, las aves volaban, y mi padre las veía moverse y lloraba.

Cuando mi padre murió encontré este álbum y lo ojeaba todos los días. Dándose cuenta de que aún no había apagado la luz todavía, mi madre entraba a mi cuarto y lo mirábamos juntos, sus ojos se llenaban de lágrimas. Las notas u fechas debajo de cada foto eran aún más tristezas que las fotos en sí. Entre más las leía, más sentía como las memorias corrían por mis venas. 

–Creo que tu padre quería regresar a su tierra natal– me dijo mi madre. –Quería volver a ver las palomas. 

Comenzó a caer una ligera llovizna. Octubre es aquí como en Chicago, nublado y lluvioso. Cuando comenzó a llover, las personas comenzaron a dispersarse. Las personas desaparecieron poco a poco y las palomas se entristecieron.  Las palomas miraban a su alrededor como si no supieran qué hacer, como si no entendieran y observaban a las personas irse. Justo en ese momento, el cielo se abrió y yo caminé hacia el coche estacionado con la parte este del santuario, no quería resfriarme. El conductor estaba dormido en el coche, esperándome. En cuanto llegue, se despertó y abrió la puerta.–

–¿Dónde estabas?– me dijo, frotándose los ojos. 

De camino, la lluvia empeoró. Los limpiabrisas del coche eran incapaces de remover toda el agua. La lluvia me recordó a las palomas y me preocupé por ellas. Pensé que se habían quedado en la plaza, mojándose. Después de un rato, me dije que seguramente había un lugar donde se pudieran resguardar, pero no podía dejar de pensar en ellas. Otro pensamiento cruzó mi mente, si habría un refugio especial para ellas. 

–¿Olvidaste algo ahí?– me preguntó el conductor cuando le pedí si podíamos regresar. 

Cuando llegamos, otra vez, al santuario, salí corriendo del coche. Me apuré para llegar al patio que se había convertido en un refugio para palomas. Pero no había una paloma ahí, ni en la tierra ni en el cielo, como si hubieran desaparecido sin dejar rastro. Me quedé parado bajo la lluvia sin saber muy bien qué hacer. 

–¿Olvidaste algo?–

El imam estaba cerrando la puerta del salón para rezar. 

–¿A dónde se fueron las palomas?–

El imam miró a su alrededor como si no entendiera. 

–No se fueron–, me dijo con voz suave, –mira hacia el techo. Ahí tienen sus nidos.–

Mire hacia arriba, hacia el techo. Al principio, no vi el refugio, pero después de un rato, vi un largo pasaje. El pasaje estaba cerrado excepto por algunas salidas de luz. Las palomas estaban dentro de esas salidas observando la lluvia afuera, con la cabeza mojada por las gotas. 

–¿Caben todas las palomas ahí?– le dije mientras lo volteaba a ver, buscando cierta claridad, aunque mi preocupación ya había desaparecido. 

–Claro que sí– dijo y se limpió las gotas de lluvia de la cara con un pañuelo. 

–Han vivido aquí, en familia, por años.–

Cuando regresé al hotel, mi ropa estaba completamente empapada. Cuando me vio entrar, uno de los botones me dio una toalla. Mientras me secaba, le pedí al gerente que llamará a Estados Unidos. Inmediatamente marcó a el número de teléfono que le indiqué y me conectó con mi madre. 

–Mamá– le dije cuando la voz familiar contestó. –Fui a ver las palomas de papá. Se ven exactamente igual a las fotos del álbum.

Mi madre quería saber algo, pero no lograba articularlo. Sólo se escuchaba su llanto desde el otro lado de la línea. 

Octubre, 2019.


Comentarios:
*Imam: Líder religioso musulmán.
** El Corán: El libro sagrado del Islam.
*** Los años de reconstrucción:  la época en la Unión Soviética entre 1988 y 1990.


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, Uzbekistan. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana en el año 2005. Sus trabajos son publicados de manera recurrente en la prensa nacional. Su primer libro de narrativa “Sinfonía de Otoño” fue publicado en el 2020. Fue uno de los ganadores del premio nacional de literatura “Mi Perla Regional” en la categoría prosa. Publicó en revistas electrónicas de Rusia y Ucrania como “Camerton”, “Topos” y “Autográfo”. Así mismo, sus historias han sido publicadas en revistas y páginas electrónicas de Kazajastan, USA, Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistan, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania y la India.

Diez minificciones de Chris Morales

por Chris Morales


Momentos de oro

Cada día probaba sus galletas de mantequilla. El sabor, el olor, la textura hacían sentir a «Muñeca» —así le decían sus papás— una niña amada. Su mamá las horneaba; papá servía la leche y juntos las saboreaban. El deleite mayor se originó al comer muñecos de jengibre. 

   Un año después, cuando llegó un nuevo integrante a la familia, «Muñeca» quiso hacer suculenta y especial su estancia, así que, lo puso sobre la mesa. Aunque le costó mucho prender el horno y conseguir algunos ingredientes, su hermanito quedó bien tostado, crujiente, listo para probarse con leche y reforzar el amor de familia.


Por amor

No podía dejar que mi padre sufriera a causa de esa enfermedad crónica degenerativa. En realidad, todos le tememos al dolor. Lo bueno que la muerte le llegó casi de manera instantánea. Ahora él descansa y yo también, pues el día del atropello le quité las placas al auto.


Evocación

Hoy estaba pintando la recamara de mis padres cuando me topé de frente con el retrato de mis abuelos. Los miré fijamente a la cara: él, sonriente, luciendo pícaro bigote; ella, seria (hasta podría decir que un poco triste). Regresé a mi labor y terminé por pintar flores en la jardinera, gallinas en el tronco de un árbol, vacas y caballos pastando, marranos comiendo en un chiquero y mazorcas apiladas en la casa de provincia donde creció mi madre. 


Viaje sin fin

Había llegado nuevamente a la terminal sin que nadie le dijera que debía bajarse del vagón. ¿Cuántas vueltas más daría a la línea entera? No ha caído en la cuenta de que la última vez que atrajo la atención de la multitud fue al aventarse a las vías del metro cuando éste entraba a toda velocidad a la estación.


Costumbre

Tantas veces había batallado al ponerse su maquillaje. En el microbús, en el metro. En el tren suburbano se molestaba cuando no alcanzaba lugar, aun así, maniobraba para llegar siempre arreglada al trabajo. Sus rápidos ascensos le permitieron comprarse un auto.

Ahora, no le perturbaba nada, iba muy cómoda. De hecho, fue maquillada por otros para llegar hermosa al velatorio. Se le olvidó que su vehículo nuevo debía ser conducido por ella misma.


Sueño libre

Varias noches no pude dormir: tuve pesadillas. Soñé que te ibas para siempre con tu amante. Hoy, por fin se hizo verídica la acción y me quedo en la soledad de una casa grande. Más vale la certidumbre de una realidad, que un descanso perturbado.


Locura

Cuando gozo una paleta, me sabe a Dulcinea. Cuando saboreo un caramelo, me sabe a Dulcinea. Cuando disfruto de un pan, me sabe a Dulcinea. En el baño de la escuela escribí: Miguel y Dulce, una aventura para siempre.

Lucharé contra esos gigantes ─los edificios─ que nos separan día a día y llegaré a tu encuentro. Mi amigo, Pancho Panzas, me dice que estoy loco. Yo le contesto que sí, que estoy enamorado.


Retorno

Extrañaba salir al parque, sentarse ─con su andadera a un lado─ sobre una banca y alimentar a las aves.

Esa mañana escuchó un organillo en la calle. Tocaron el timbre. Entusiasmada, sacó su mano por la ventana y roció con alpiste el sombrero.


Liberación

Caminando por las calles de su nostalgia, la encontró tirada al pie de un árbol. La levantó y se la llevó a su escritorio. Redactó sobre ella sus más grandes anhelos. De tinta usó sus lágrimas. Después la liberó por la ventana, apreciando su suave y acompasado vaivén. Sabía que sus sueños —por muchos que fueran— no lo suspenderían en el aire como aquella hoja. Se estampó primero en el piso.


Doble jornada

Hoy volví a cumplir mi sueño: convertirme en agente secreto y escabullirme entre las calles de la ciudad hasta localizarte. Vi las caricias a discreción, los jugueteos y, con mis binoculares, mis pupilas pudieron colarse entre las persianas del departamento que compartes con tu amante y ver la concreción de sus devaneos ilícitos. La tarea fue muy ardua; tanto, que me desperté mucho antes de que sonara el reloj. Mis grandes ojeras me dicen que mi trabajo real estará peor que el onírico.


Chris Morales. Actor y escritor mexicano de textos dramáticos, cuentos y microficciones. Ha publicado en diversos sitios de internet, revistas y antologías electrónicas. Compiló, al lado de José Manuel Ortiz Soto, la antología Pequeficciones. Piñata de historias mínimas. Dos de sus obras de teatro fueron galardonadas por la Asociación de Periodistas Teatrales en el 2007 y 2016. Egresado de la UACM en la carrera de Creación literaria y combina las letras con las artes escénicas en la Asociación Civil JADEvolucion-arte desde hace 15 años.

Dos textos de Giovanna Enríquez

por Giovanna Enríquez


CASA

La casa es el lugar al borde de la piel
donde se rompen vajillas a destiempo
y se aprende a decir partes en lugar de v u l v a.

Cada mes, cuando al tiempo le da prisa,
una sólida serpiente de mar me escurre entre las piernas.
Toca, entonces, reposar bajo la lluvia de la mañana, 
para que el animal se cuele por la coladera.
Toca, pues, cerrar la cortina de la ducha
y apretar los dientes para detener el vuelo.
Desprender las alas bajo el agua hirviente
siempre lo creí necesario.

El tecnicismo, como le dicen, es endometriosis:
como si la técnica fuera arte y oficio,
a mí me suena a mala broma, 
a lenguaje enfermo, de hospital, de bisturí 
e histeroctomía; otro tecnicismo.

La casa es el lugar al borde de la escalera
donde espero sentada a que seque 
el agua trapeada a mediodía, 
porque no llegué al inodoro, 
y decidí
que el rellano era un buen lugar para cerrar las piernas
llevar las manos al vientre, 
apretar
esperar.

La casa es el lugar al borde de la tierra
donde se siembra en verano 
lo que no se logrará en invierno.

Los botones que no son flor se arropan,
las madres salen a buscar a sus hijas, 
los endometrios crecen desesperadamente,
las cactáceas se nombran igual en toda Latinoamérica,
la educación sexual se vuelve piedra de tropiezo,
las piedras siguen acurrucadas en los vientres ajenos,
los analgésicos se compran sin receta.

La casa es el lugar al borde de las vulvas
donde las partes del cuerpo son sólo mías,
donde cuerpos en partes se descomponen
en las carreteras, 
donde un cuerpo se abraza a otro cuerpo, 
en espera de que todas vuelvan,
donde todos los cuerpos mudan a cuerpas,
y cambian de estación cada tanto, 
cada siempre,
cada que es necesario nombrar una casa,
darle forma de labios, vello y clítoris,
de útero que se pronuncia: 
casa de plasma y plaquetas 
casa de lábaro matrio,
casa sin niños 
casa sin piernas cerradas.

Marzo, 2021
CDMX


SOBRE MOJADO

I

−Hoy es su día, maestros, una sonrisa, carajo…pues muchas felicidades, ahí agárrense una chela… que sin ustedes nomás no hay nada. Ahora sí que les debemos todo, maestros. ¡Salud!

El arquitecto llevó una lata de cerveza al aire.

¡Salud!, ¡Salud, inge!, ¡Arqui, salud!, ¡Salud, maestro!

Un pelotón de manos se embistió al centro de un círculo improvisado para chocar latas heladas de cerveza barata. En una radiograbadora chapoteada de pintura multicolor, sonaba un CD rotulado con plumón negro: “viva cristo rei” en letra temblorosa, al lado de una cruz demasiado larga. Pedro Infante cantando muy alto “En tu día” desde las bocinas desgastadas. Bocinas de batalla, como le decía Don Emiliano, ‘que se escuchen perro pa’ no dormirse’, decía. 

Celebremos, señores, con gusto. Sí está bien bueno ese queso, inge. Este día de placer tan dichoso. Páseme una tortilla, doña Mari. Que tu santo te encuentre gustoso. ¿Otro taquito de chicharrón, arqui? Y tranquilo tu fiel corazón. ¿De cuál le pongo, de la que pica o de la que no pica?

II

−Y le dije, te me vas calmando, Mari, a la próxima: si te digo huevos rancheros, son rancheros, no volteados, no fritos, no revueltos, rancheros. −Armando se llevó una mano a la frente, arrastrando en su palma un jirón de sudor que terminó sobre un ladrillo raspado. Entre él y Gabriel cargaban bloques de adobe, uno a uno, para armar una línea perfecta que rematara los arcos de la entrada principal. Armando tiraba el primer jalón y Gabriel le continuaba montando cada módulo, uno sobre otro, para darle sentido a una forma que ambos, sin decir nada, entendían perfectamente. ‘Pura pinche lógica…’, como decía Don Emiliano, ‘…es lo que tenemos los albañiles. Qué plano ni qué ocho cuartos’, remataba.

 −¿Y te los chingaste o qué? yo que tú no me los hubiera chingado, ¿qué no?

−¿Los qué?, Ah, ¿los huevos?, pues sí, ¿por qué no me los iba a comer? A ver, pásame el reventón, que se ve medio chueca esta madre.

−Pero estuvo chingón, ¿qué no?, digo, el inge siempre se rifa. El arqui es medio gandalla, y sólo nos trae barbacoa ese día, pero pues yo sí me la pasé rebién. Yo pensé, la neta, que íbamos a seguírnosla, y hasta le había avisado a Susana, le dije, mija, hoy no llego, te voy avisando desde ahorita, y hasta se sorprendió porque llegué temprano y dije, le dije, hoy te fue bien, eh, ¿qué no?.-

−Ey, sí. Allá en mi casa, llegué y todo como siempre. Pero igual hubiera estado bueno, ¿no?, un pulquito ahí de los que ofreció Don Emiliano, que en la casa de su compadre, dijo, ¿no?, sí dijo. Pero ya luego. Ahorita nomás échate la lechereada y ya estamos.

−Ya estás, te doy aventón, pero espérame.

−Te topo afuera.

Armando se sacudió las manos en los muslos, dejando en sus pantalones pátinas blandas de mezcla, sobando la mugre prendida a la tela. Se fregó de las manos a los codos con agua de un bote, antiguo contenedor de pintura, y de la misma agua hizo un buche que escupió sonoramente. De una mochila verde sacó una playera y un desodorante. Antes de ponérsela, en un gesto ensayado, roció del aroma a ‘vibra tropical’ su playera en cuello uve. De donde lo dejara Gabriel, se iría caminando hasta la panadería, compraría unas teleras, un medio de leche y agarraría camino a casa sin detenerse en la casa de su sobrino. Ya le habían dicho que era absurdo querer entrar a un negocio familiar que no tenía ni pies ni cabeza, “¿para qué entrarle a eso, si ni me va a dar todo el gane completo?” pensaba Armando cada que pasaba por la casa del escuincle de veinte años, dueño ya de una moto que se había comprado con esos “ahorritos del negocio familiar”.

III

−Me cae que ni manera hay de hacerla entrar en razón a tu hija, Pedro. Si se te va a ir, que se te vaya, pues. Si ya se agarró del chamaco ese, pues que se vaya. Después va a venir regresando a pedirte perdón por haberse ido. Así son, así es mi Carmela. Le dije, no te vayas a vivir a la casa de tu suegra, niña. ¿Y qué crees que hizo?, pues sí, pues no aguantó, y volvió por ahí de marzo a decirme, ay, papi, es que allá no me dejaban hacer nada y les tenía que hacer de comer.

 −¿Y la dejaste volver, güey? Es que ahí está, ahí está, por eso no quiero que se vaya, pero ella insiste que nomás en lo que se alivia y ya luego se regresa acá, pero yo ya le dije también que ese chamaco lo va a tener en nuestra casa, bueno, que después de que se alivie va a vivir con nosotros. Yo no sé qué mañas tenga su noviecito, güey, pero no me gusta para ella, ya te digo yo.

−Yo ya te dije. Órale, dale al repellado.

Al poco, el arquitecto llegó. Desde la puerta de entrada hasta el final de la barda inmediata, recorrió las paredes con las puntas de los dedos, como si en el acto pudiera reconocer un trabajo fino, como decía cada que entregaba las obras. Los días de inspección eran tres a la semana.  Se sabía que cuando el ‘arqui’ llegara, la botella de refresco de limón debía estar helada.

−Entregamos en cinco días. ¿Cómo vamos? Maestro, ¿vamos bien?

Don Emiliano se acomodó el casco.

−Vamos bien, arqui, ahí ya casi está.

−Yo esperaría que por ahí del viernes ya estemos levantando para entregar el sábado. Su pago sería el lunes que es quincena, nada más sí me esperan esos dos días, ¿no? Ya saben que no les fallo.

−Sí, mi arqui, no hay problema. ¿Un refresquito?

−Hoy nada más vengo de pasada. Les encargo, entonces, señores.

A la salida del arquitecto, Don Emiliano lanzó su silbido y la cuadrilla de hombres retomó afanosamente el mediodía. Con el sol metiéndose en sus cabezas, algunos arremetían, pala en mano, contra la pasta grisácea calculándole el agua al tanteo; otros cargaban estructuras de madera perfectamente ensambladas, andamios que estaban listos para mudar de lugar, una vez más. Al fondo, resguardada de la intemperie, bajo el ángulo de la escalera, la radiograbadora sonaba una voz masculina ahogada en el eco del espacio.

Al entrar la tarde, llovieron gotas absurdamente gordas. Se encharcó el cemento recién echado de la entrada, el piso de la terraza se ahogó desbordando las juntas de los azulejos, trozos del pasto artificial sobrepuesto flotaban sobre los centímetros del agua estancada del patio trasero. Don Emiliano había dicho claramente que era necesario adherirlo bien, nadie hizo caso. Un día más de abril, una lluvia más, un retraso más.

IV

−Yo ya le dije a Gabriel que si no acabamos para mañana, ni me eche a mí la culpa. Yo voy bien, pero pues nada ayuda. Ya vio usted, Don Emiliano, se atrasaron para traer la pintura, ¿así cómo? ni con la ayuda de Dios.

−Mira, Pedrito, aquí somos todos, y no hay manera de que no acabemos. Pues si ya casi estamos, ya nada más les toca a Armando y a ti levantar hoy. Nos vamos a ir en la camioneta para la siguiente obra, pero primero hay que dejar todo listo hoy, ya para nada más venir a limpiar temprano y entregarle en la mañana.

 −Pues me jalo, entonces−.

Pedro se puso el chaleco, el uniforme de coronel le decía Don Emiliano, y se encaminó hacia la esquina de la construcción, donde se amontonaban materiales, ropa sucia, bolsas con basura, botellas con pegamento, latas vacías de cerveza, cascos, una caja con cds de música, el cuaderno de cuentas, un garrafón de agua.

El rincón estaba más desacomodado que siempre. Pedro lanzó un silbido, se quitó la gorra, otro silbido, y la aventó al suelo al tiempo que soltaba un ‘me lleva la chingada’ para sí. Armando llegó a los pocos segundos, y no tardó en entender qué pasaba.

−Nos chingaron, carajo, mira, está todo hecho un desmadre. Le dije a Gabriel que cerrara bien ayer, se me hace que ni el candado puso.

En un gesto confundido, atropellado, Pedro comenzó a revisar torpemente todo cuanto tocaban sus manos toscas. Mientras más trataba de acomodar, más abultado parecía el montón de objetos que, más allá de estar listos para ser recogidos, parecían estar dispuestos para quedarse ahí el tiempo que fuera necesario. Una pila antropológica de cosas a punto de convertirse en una pila ceremonial.

−Huele medio de la chingada, ¿no? ¿Qué haces, güey? ¿Eh, Pedro? A ver, espérate, mejor no le muevas mucho. Háblale a Don Emiliano.

Pedro se levantó lentamente, sin hacer ruido, sin importarle la mirada juzgona de Armando, quien, parado al pie del cúmulo pestilente, miraba a su alrededor. Los demás compañeros le notaron el gesto y, uno a uno, se acercaron para preguntarle qué pasaba. Se reconocían familiares los murmullos entre los hombres congregados alrededor de la escena, como no queriendo estar, pero prestos para lo que ocurriera.

Don Emiliano llegó detrás de Pedro, quien le señaló debajo de un rimero de ropa arrugada.

−Ahí es donde le dije, pero no quiero levantarle, mejor le hablamos a alguien, ¿no?, porque se me hace que sí hay algo ahí.

−¿Qué le vamos a hablar a nadie ni qué nada? ¡Órale!, los demás regrésense a trabajar, chingao. ¡Órale, ya! A ver, Armando, ¿qué haces ahí parado tú también?, muévele ahí a ver qué hay. Se me hace que se nos metieron.

Armando se subió la camiseta a la nariz, apenas dejando ver los ojos; la mirada pasmada, tanteando la ropa. Siguió moviéndola, metiendo la mano debajo de las telas, hurgando insistentemente. Lo sintió, estaba frío; al hundir sus dedos, tocó la superficie hinchada. Se le ahuecó la garganta, siguió subiendo la mano, los dedos apenas tocando la piel, el corazón ciñéndosele en el pecho, hasta que sintió una oreja perforada en el lóbulo, un arete largo pendiendo de ella.   

V

Sábado con la mañana recién entrada. El arquitecto entró por la puerta principal, llevando las yemas de sus dedos al aplanado perfecto. Un balde de hielos, refrescos de limón y cervezas, al centro del patio principal.

−Yo creía que no acabábamos, maestro. Pero miren… qué bonito trabajo. ¿Ya está todo limpio, cierto?

−Sí, arqui, ya estamos. Nada más le entrego cuentas y ya queda.

−Muchas gracias, señores. Pues nos tomamos alguito y nos vemos el lunes, entonces. Salud, ¿no?, ¿o qué? ¿Todo bien? Los veo ojerosos.

−Sí, nada más tuvimos un inconveniente que nos retrasó, pero ya todo bien −respondió Pedro−. Nos llovió también ayer sobre mojado, como dice Don Emiliano. Sobre mojado.

Octubre, 2020
CDMX


Giovanna Enríquez es artista visual mexicana e historiadora de arte con práctica literaria y fotográfica. Su trabajo consta de texto, cuento y poesía, fotografía, audiovisual e imagen autoral y apropiada. Es egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de escritores de la SOGEM, del Diplomado en Fotografía en la Academia de Artes Visuales con especialidad en Creación de fotografía y discurso, y de la licenciatura en Historia del arte en el Centro de Cultura Casa Lamm. Ha publicado cuentos, fotografías, poemas, audiovisuales, crónicas y notas de periodismo cultural en medios electrónicos e impresos. Ha participado en intercambios fotográficos y culturales con la School of Visual Arts de Nueva York y la Neue Schüle fur fotografie de Berlín. Administra la web http://www.giovannaen.com (en recuperación) en la cual publica proyectos de imagen y texto; la cuenta Vimeo: https://vimeo.com/giovannaenriquez y el Behance donde alberga su proyecto más reciente: http://www.behance.net/giovannaenriquez